Espejo de villanos: Publicado en La Nueva España

"Hijos de puta, si os dejo con vida es por que habréis de amortajárme como a un ángel"
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sábado, 15 de octubre de 2011

De Jefferson a Pasolini

«Si el pueblo americano permite un día que los bancos privados controlen su moneda, los bancos y todas las instituciones que florecerán en torno a los bancos privarán a la gente de toda posesión, primero por medio de la inflación, enseguida por la recesión, hasta el día en que sus hijos se despertarán sin casa y sin techo, sobre la tierra que sus padres conquistaron». Thomas Jefferson.

El viejo perfume a dólar de la isla de Manhattan se pudre en las cloacas de la crisis, mientras bulle toda la populosidad joven y peligrosa de la basca contestataria que ha tomado Wall Street, como una tribu india acampando en la Gran Manzana. El viento rojo de Madrid llega a las esquinas de los rascacielos USA, humanizando toda esa geometría acristalada, inverosímil y fugaz, que es la mejor metáfora de la economía ficticia y funeral de este siglo que principia. El viento rojo, ya digo, se extiende desde Washington Square hasta el barrio de Malasaña, pasando por un Tánger con pipa de kif, una Roma putana o un París que se acerca tibiamente otra vez hacia la socialdemocracia de François Hollande.

Esta juventud robusta y engañada que reclama una democratización de la economía y de la gobernanza llama a los ciudadanos a reapropiarse de la política y asegura que ya son 71 países los que saldrán a la calle el próximo sábado. Hasta la última crisis económica, la democracia era el reino de este mundo, pero sintetizada, empobrecida, resumida a un simple balance de cuentas, de manera que ya no equivalía a una opinión ni a un voto, sino a un eslogan generalmente malo y generalmente repetitivo, similar al que propagan estos días nuestros políticos en vísperas de las próximas elecciones generales. Las masas gritaban no hace muchos años guerra o no guerra en la era Saddam, pero nada decían de la democracia que debiera resolverlo todo. Por fin, después de tanto tiempo, encontramos al viejo pueblo de la calle, gritando más democracia, frente al poder desnudo de la economía, que sigue levantando su carnívoro cuchillo como un rascacielos de cristal.

Con la juventud en la calle, vuelvo a Pasolini, a su soledad interrumpida, real, elegida como un bien, la misma soledad por la que nada tenía que perder y nada que ganar, por la que podía reclamar un discurso nuevo para la juventud en sus alucinadas «Cartas luteranas», aquellas tribunas periodísticas de los setenta que cobran hoy tanta actualidad como entonces, cuando en Italia, pobre, sucia y abandonada, gobernaba la democracia cristiana. «Una vez condenados nuestros hombres de poder democristiano (al fusilamiento, a presidio o a una multa de una lira, con la que, a fin de cuentas, se contentaría cualquier ciudadano), se desvanecería cualquier confusión debida a una falsa y artificial continuidad del poder democristiano. La dramática interrupción de esa continuidad pondría en claro para todo el mundo no sólo que un grupo de corruptos, de ineptos y de incapaces ha sido quitado democráticamente de en medio, sino, sobre todo, que ha acabado una época y a partir de eso debe empezar otra».

Cascos y la rebaja cultural

A Cascos siempre lo veía en Arco, paseando a su mujer monumental, María Porto, que siempre fue una mujer con un Pollock de fondo, entre academias y galerías. En Arco se exponían cuadros de la Malboroug que yo veía porque siempre tenían alguna figura retorcida de Francis Bacon, lo más parecido a Goya, tan moderno como Goya, y algún Pelayo Ortega, que comenzaba a valorarse, hace más de diez años, en las calles de Madrid. A uno, entonces, le llamaba la atención ese interés de FAC por el arte y la rubia, por Bacon y Pelayo, por eso que los intelectuales llaman arte de vanguardia y que es un arte para la inmensa minoría. Con el paso de los años, todo ha cambiado y María Porto, que entonces era un misterio rubio, terminó cerrando galerías e inaugurando sedes políticas en cada pueblo de este extraño país.

Que la cultura ha sido la gran celestina en los despachos y las alcobas de los gobernantes no es nada nuevo. El caso es que la nueva derecha de FAC ha llegado con la recortadora y lo primero que va a trasquilar, señora, son los museos, los festivales, las televisiones, que costaban un Potosí y eran el legado de un socialismo que gastaba sin mirar el bolsillo. A partir de ahora, lo que va a promocionarse en esta santa región es el arte local, así que van a demoler, una por una, cada torre de marfil. El argumento pretende ser montuoso y contumaz. Si no recortamos la televisión, recortaremos en hospitales, escuelas y por ahí todo seguido, hasta que usted se vea obligado a abandonar a su abuela en una gasolinera.

El otro día, Francisco Álvarez Cascos se presentó a los asturianos como un carnicero dispuesto a sajar el presupuesto y dejarlo en los huesos de tanto recortar millones de una y otra partida. La RTPA, el Festival Internacional de Cine, Laboral Centro de Arte y el Centro Niemeyer son algunos de los objetivos que FAC tiene en el punto de mira de su plan de austeridad. La semana pasada decíamos, tras conocerse la muerte por asfixia del Centro Niemeyer, que Cascos quería desmantelar cualquier institución que significara una reminiscencia del pasado de los asturianos. El arecismo ha muerto, parece anunciarnos FAC, en cada comparecencia pública, por más que pretenda negociar a continuación sus reformas en el parlamento, donde sabe que los diputados están esperándole para tirarle una piedra.

Sin embargo, más allá del deseo de liquidar todo lo que construyó el socialismo asturiano en los últimos doce años, lo que se esconde es la pulsión de destruir todo aquello que FAC no puede tener entre sus manos y, de paso, levantar una nueva Consejería de Cultura, sin el lastre de tantos enemigos. En definitiva, aquí de lo que se trata es de controlar la Consejería de propaganda. Y si no se puede, destruirla.

Cada palabra de FAC es como una piedra donde está grabada la voluntad de dejar una huella. Todo el mundo quiere dejar en este mundo algo por lo que se le recuerde: un libro, un árbol, una lápida, una medalla, algo. En el caso de FAC, seguramente nos quedará un retrato en la sede del Gobierno. Todos los retratos presidenciales son malos, desgraciadamente siempre se les queda a todos un aspecto rancio.

A los mecenas del Renacimiento, la Iglesia entre ellos, les sucedió la burguesía consumidora de cultura, desde la Revolución Francesa (lo que más mueve la cultura son las revoluciones), y desde entonces, abolido el príncipe, el artista es el príncipe de sí mismo, como Sartre dijera de Baudelaire. Príncipe o mendigo, el artista, el intelectual, el escritor no debe confundir la inspiración ni la musa con una beca del Ministerio. El señor Vallaure, con su violenta pajarita, no es la musa, sino solamente un funcionario que se pasó siglos encerrado en un museo. Pero la derecha reinona caerá en la tentación de repartir talento y cobrar halagos desde la Consejería de Cultura y la RTPA. Como si les estuviera viendo.

Vallaure y la derecha cañí

El consejero de Cultura, Emilio Marcos Vallaure aseguró hace unos días que el Centro Niemeyer es un proyecto que carece de futuro, en el que se ha invertido una pastizara para algunas exposiciones que, como la de Cristóbal Gabarrón, «no se puede considerar cultura». El Consejero, sin despeinarse la calva, se jugó su reputación ironizando sobre la obra de Carlos Saura, Jessica Lange y Julian Schnable. Toma ya, qué tío.

Sin embargo, tanto catetismo político no debiera asustarnos, a la luz de las ocurrencias que la nueva derecha de FAC está explicando estos días. Marcos Vallaure, que no ha salido de los muros del Museo de Bellas Artes en los últimos cinco siglos, expresaba muy bien esa ignorancia y vesania al enfrentar el Centro Niemeyer con la política conservacionista del prerrománico, que viene a ser lo mismo que mezclar las churras con las merinas.

Mientras tanto, Francisco Álvarez-Cascos se pasea por Madrid. Más resuelto que nunca, nuestro ínclito presidente, el Mahoma de la nueva derecha astur-mesetaria, ha debido pensar que si la gloria no viene a él, será él quien camine hacia la gloria, y todos los días propone un nuevo recorte, un nuevo partido y un parlamentario nuevo, aunque todavía no sabemos cuál, qué ni, mucho menos, quién será el tipo que tenga los arrestos de presentarse por el Foro de Madrid a diputado del Congreso.

Para algunos, la aventura madrileña de FAC es la puesta en marcha de un laboratorio de extrema derecha; para otros, una bravuconada que le inyecta épica a la aburrida historia política de Asturias, más convulsa que nunca, dicho sea de paso, desde que Cascos ganó las últimas elecciones. Creemos que FAC vive una segunda juventud, pues toda juventud necesita una épica que justifique sus pecados. La épica del amor, de la guerra, de la política, y también, por qué no, del rencor. Ya hemos dicho aquí, en otra ocasión, que la política es la épica del siglo XXI, una épica de hombres vestidos de traje gris marengo sin más atributo que el de disponer de las vidas y haciendas de todo el personal. El problema de FAC es que lo suyo, en Asturias, se está convirtiendo, sencillamente, en un desmantelamiento de todo lo que signifique el pasado; y en Madrid no pasa de ser una fanfarronada castiza, cutre y cañí.

El casticismo español es una fiesta que huele a puro y a boñiga de toro, una expresión exagerada del localismo que no conduce a nada, por estar siempre dispuesta a todo. Seguro que Emilio Marcos Vallaure está encantado con la Asturias cañí que nos propone. En cambio, por aquello de mejorar un poco el nivel, se me ocurre que Francisco Álvarez-Cascos, en vez de hacer de florista por las calles de Madrid, debiera recitar «Ricardo III» a las puertas del Niemeyer. El actor Kevin Spacey ofrece esta semana su versión «belle époque» de la tragedia isabelina subido a las tablas del teatro Palacio Valdés. Es probable que Marcos Vallaure crea que eso no se puede considerar tampoco cultura, pero lo cierto es que sí lo es y a muchos asturianos, incluso, les despierta el deseo de contemplar a Cascos gritando aquello de «Mi reino por un caballo» para después recitar las palabras de Richmon: «Ha muerto un perro sanguinario». Pero eso sucede en el último acto, y aquí la sangría sólo ha comenzado.

El nuevo orden

Hace más de treinta años que el franquismo desapareció. Debería estar olvidado o, al menos, desprestigiado. Un nacional-catolicismo como el de 1939-1975 ya no podría tener ningún éxito en España sobre la idea de «Orden» tal como era entonces concebida, al servicio de Dios, la Patria y la Familia. El viejo «Orden» de entonces ha dado paso sucesivamente a otros nuevos hasta llegar al actual, erigido sobre la idea del déficit, como consecuencia de la crisis económica. En Asturias, además, este nuevo «Orden» aparece ligado a conceptos como el de identidad y, más que al de identidad, al orgullo de ser asturianos y, cómo no, al de ser también españoles, lema cansino que Francisco Álvarez-Cascos no deja de repetir en cada uno de sus discursos y pasquines.

El presidente del Gobierno se presenta diariamente ante los asturianos como un hombre demoledor, un fanático de la disciplina y el método, poseedor de convicciones inquebrantables, empujado por la necesidad de ser de una sola pieza. Podría parecer un hombre aferrado a lo absoluto, pero lo cierto es que, en pocos meses, ha convertido Asturias, a fuerza de orgullo y entereza, en una mala caricatura de sí misma, arrojada hacia el abismo. Nos encontramos ante un nuevo «orden», sí, de rostro amable y bonachón, que trata de ser implacable, sin tanques ni sangre, pero que exuda cierta violencia verbal contenida, trufada de clamorosas contradicciones e intencionados malentendidos, que no concede entrevistas ni ofrece sustanciosas declaraciones, pero es prolija en advertencias que suenan a frías amenazas.

El nuevo «Orden» ha resurgido sobre la voluntad del pueblo, concretamente, sobre la voluntad del ciudadano medio, el «qualunquismo», el hombre corriente que mira la política con desconfianza, porque todos se han vuelto cómplices e izquierda y derecha son, sencillamente, etiquetas intercambiables. Sobre la base de esa desconfianza generalizada, determinados actores políticos se han lanzado a ejecutar acciones informativas dirigidas a desprestigiar al contrincante que, en estos momentos, es su principal apoyo.

Hay besos que duelen como dentelladas. Efectivamente, la derecha gijonesa se disputa el electorado y utiliza cualquier arma, incluida la octavilla, que siempre ha sido una hoja volandera que había que perseguir de sombra en sombra y de esquina en esquina cual si de bendita chacra marroquí fuera. La octavilla se caracteriza por criticar a los gobiernos desde los márgenes de la vida, de la calle y de la ley. Las hordas rojas supieron manejarse muy bien con la octavilla. Lo curioso es que sea la derecha gobernante la que abuse de ellas para amedrentar a la otra derecha, la del PP, que busca votos como truchas, en vísperas de unas generales.

Ciertamente, no sé que pensará Carmen Moriyón de todo esto, que vive en una asepsia política tan intensa como la de sus quirófanos, tras verse desautorizada por su secretario general, a la par que senador, Isidro Martínez Oblanca, pero yo comenzaría a sospechar que hay alguien que gobierna esta ciudad, y no es, precisamente, una cirujana. Aunque a Moriyón, ciertamente, creo que eso poco le debe de importar. Ay.

Un cierto aire de familia

El mejor punto de partida para una reflexión es saberse fuera de lugar. Un buen pintor o un director de cine asume la necesidad de distanciarse de su obra para poder dar con el mejor encuadre sobre el lienzo o la pantalla, y ese plano siempre es aquel capaz de vislumbrar al diablo en el más insignificante de los detalles. Cuando el hombre se despierta y se encuentra «en su lugar», su espíritu resulta indiferente y su gesto adormecido. Sólo un sentimiento de frustración, usurpación y privación de lo que anteriormente era suyo le convienen y estimulan, porque la lucidez aparece con todo aquello que se pierde. Me gusta pensar que la FSA adquiere conciencia de la realidad desde que las últimas elecciones convirtieron al partido en un organismo político exiliado. Todo exiliado es un visionario de las circunstancias, indeciso en la espera y el miedo, al acecho de acontecimientos que aguarda y teme. En su seno se discute sobre el futuro y el desencanto, buscando acomodo para ocupar, en el largo viaje que le espera, el mejor asiento de un vagón de segunda clase, desde el que se puede tomar distancia, ver el paisaje y ejercer la oposición acertadamente.

Pero mientras la oposición busca acomodo y articula un nuevo discurso que le sirva para recobrar el crédito perdido entre los electores de la izquierda, descubrimos que los antiguos exiliados de la derecha han tomado el poder local y autonómico con decisión y una cierta neurosis que les impide llegar a ejercer eso que los políticos han denominado diálogo con el resto de partidos políticos y otros agentes sociales. Uno tiene la sensación de que los muchachos del Foro ejercen el poder desde la neurosis que provoca toda represión manifestada con altas dosis de soberbia y escasa voluntad de mantener con los otros partidos algo tan esencial como el acuerdo político. Hay que reconocer que la derecha de esta ciudad ha vivido reprimida durante tres décadas y que su salida a la calle, después de julio, no se iba a expresar exclusivamente con más gomina en el pelo.

A la neurosis del reprimido que logra, por fin, hacerse con el poder se suma la neurosis del eterno amateur, consciente de que no podrá estar a la altura de sus predecesores, acusados de ser descarados y perversos políticos de profesión antes que por vocación. Contra ellos se dibuja el perfil de un hombre nuevo que ejerce honestamente la política desde la impericia. La ingenuidad, la inexperiencia y un arraigado sentido del deber hacia los demás, elevaron a los «vocacionales» hasta el poder. Eran vírgenes y prístinos, puros y limpios. Sin embargo, desde el exilio, lo que nos interesa saber son los rasgos que definen a ese nuevo hombre virginal, un hombre cuya mayor virtud es no tener ninguna, o sea, un político blanco y sin atributos, cuyo reloj político comenzó a contar desde el minuto cero hace unos meses.

Curiosamente, para la nueva derecha asturiana, el auténtico político de vocación es aquel que ejerce una actividad profesional paralela. Y esto es como si la nueva derecha se definiera políticamente por lo que hace al otro lado del foro y no por lo que piensa, dice o ejecuta en los salones del poder. Para la derecha, se es buen político si además de ocupar un cargo público, se ejerce de abogado o de médico, aunque esto suponga una flamante incompatibilidad. El éxito de este planteamiento radica más en la contundencia de su acción política que en los principios morales de imparcialidad e independencia que a lo largo del pasado siglo los constitucionalistas y el Estado de derecho han tratado de incluir en el estatuto de cualquier cargo público, en aras de una mayor transparencia y legitimidad del ejercicio del poder. Contundencia, qué palabra. Quizá sea la que mejor define, por el momento, el efecto político del FAC.

Jorge Espina, portavoz municipal del grupo de IU, ha tildado de facha en alguna ocasión a Carmen Moriyón, la nueva alcaldesa de la ciudad. Me gustaría saber qué entiende Espina por facha, aunque si se refiere al fascismo como un movimiento caracterizado por su falta de ideología, aunque no por su tibieza, el tiempo parece haberle dado la razón en apenas cuatro meses. Arrastrado al ostracismo por la contundencia política del joven político amateur, Espina descubre la palabra exacta que define a la nueva derecha asturiana.

La esencia del fascismo es que no conserva ninguna. El fascismo es un totalitarismo difuso, una colmena de ideas y contradicciones que tan pronto sirve para denunciar a los políticos profesionales como para consagrar a los profesionales que comienzan a vivir, además, de la política y elevar a los altares de los dioses a aquellos que fueron calificados desde sus orígenes como auténticos animales políticos. Ciertamente, el FAC se presenta, desde el poder, como un organismo que conserva el culto a la tradición, mantiene ciertas sospechas sobre la cultura moderna, tachada de peligrosa e izquierdista, busca aliados entre las élites y las aristocracias, atisba un complot planeado contra él por el resto de fuerzas políticas, que el tiempo y el poder han corrompido, barriendo de sus palabras el más mínimo atisbo de credibilidad y, finalmente, trata de conectar su discurso con una gran clase media frustrada como consecuencia de la crisis económica.

A diferencia del nazismo, que era un movimiento totalitario y monolítico, el fascismo, por carecer de una idea política esencial, se ha podido adaptar a cualquier circunstancia. Y es que el término «facha» se adapta a todo porque es posible eliminar de su definición uno o más aspectos, sin que por ello, dejemos de reconocerlo. Si eliminamos de su contenido el colonialismo, le imprimimos un capitalismo radical, un conservadurismo estético, un catolicismo moderado y un regionalismo nacido a la sombra de Pelayo, es probable que obtengamos un nuevo movimiento político de derechas que conserva cierto aire de familia.

Expulsar la socialdemocracia

Para algunos analistas, la Historia ha verificado que las diversas crisis económicas que ha sufrido la civilización occidental sólo se han resuelto a través de una guerra o una revolución. Occidente, desde el Renacimiento hasta hoy, se construyó a partir de un concepto que la Iglesia católica, hasta entonces, había proscrito: el crédito. Hasta entonces, quienes concedían crédito a los ciudadanos, básicamente judíos, eran considerados usureros. Es a partir del Renacimiento cuando el crédito y su reverso, la deuda, anunciaban la posibilidad de un porvenir y, por lo tanto, un futuro. Las diferentes revoluciones y guerras que ha vivido Occidente han acelerado ese porvenir hasta tal punto que planificar nuestra vida para los próximos dos años carece de cualquier crédito. Y sin embargo, necesitamos créditos para salvar otros tantos que debemos. El dinero es más rápido que la vida y esto hace que todo sea impredecible. Acumulamos tantas deudas, que de nada sirven las promesas.

En este contexto, no es una guerra ni una revolución, sino una reforma constitucional propiciada por el PSOE y el PP, la que busca ganarse el crédito de los mercados que amenazan cada día con arrojar nuestro sistema financiero al agujero de la ruina. En cambio, esta reforma nos acerca cada vez más al modelo chino, ese que hemos venido llamando capitalismo autoritario, por dos motivos. El primero, porque la reforma se hace a espaldas de la ciudadanía. El segundo, porque introduce un principio capitalista en la norma fundacional de 1978 que impide cualquier tipo de política keinesiana en el futuro.

Los portavoces de uno y otro partido han tratado de explicar la celeridad de esta reforma desde la urgencia económica, cuando la ciudadanía sólo reconoce el chantaje cometido por los mercados internacionales. Sin embargo, de la medida aprobada en su fase final por el Senado esta semana se desprenden varias consecuencias: la negación de la política y la exclusión de la socialdemocracia -realmente- existente del sistema político español. La limitación del déficit en la Constitución se ha tratado de explicar desde la economía como una medida técnica que trata de generar confianza en los mercados. El Gobierno de la nación ha vaciado el nuevo artículo 135 de todo contenido político y lo ha defendido como la mejor acción política para proteger a nuestro país de una intervención económica.

La sorpresa veraniega de José Luis Rodríguez Zapatero ha sido una sorpresa radical, pues radical es su abandono de la socialdemocracia. El presidente del Gobierno podría haber escrito en el frontispicio de este artículo el famoso lema de Deng Xiao Ping de los años sesenta, según el cual «poco importa si el gato es blanco o rojo, con tal de que cace ratones». Sin consultar a nadie, el presidente del Gobierno ha instaurado en su partido el Nuevo Laborismo de Toni Blair. Desde entonces, al igual que el Partido Popular, los dirigentes socialistas no se cansan de explicar la pertinencia de la reforma y la necesidad de prescindir de los prejuicios ideológicos, vengan de donde vengan, con tal de evitar que el bono español alcance los 400 puntos que lo abocarían a una intervención similar a la de Grecia o Portugal. Sólo las ideas que funcionan son las buenas y esta, según parece, debe funcionar.

Aquellos dirigentes del socialismo español que aún conservan cierta conciencia social se atreven a predecir que la reforma no afectará al gasto público en educación, sanidad y servicios sociales, pero lo hacen desde una constelación buenista y en el marco de un sistema que los excluye, pues será el déficit y no su conciencia o la necesidad el que decidirá cuándo se gasta demasiado en estas políticas.

Decimos que esta medida supone la negación de la política, porque el verdadero acto político no se circunscribe a cualquier medida que funciona en el contexto de la situación económica existente, sino aquella que transforma la realidad económica para que las cosas funcionen. La verdadera política es aquella que modifica los parámetros de lo que es posible.

Para muchos votantes de izquierda y, sobre todo, del PSOE, la reforma ha significado una violación de los valores de la socialdemocracia. Habían aceptado una ideología que garantizaba un modelo económico basado en un pacto entre el capital y las fuerzas del trabajo y hoy entienden que ese pacto ha sido traicionado. Realmente, más que una traición, lo que se ha producido este verano es una expulsión. La socialdemocracia está fuera del juego político, ha sido excluida del sistema o, lo que es lo mismo, de la Constitución, a través del nuevo artículo 135 y eso puede entenderse como una traición, como una expulsión o también, por qué no, como una liberación. Desde hace unas semanas, los socialistas tenemos más argumentos para estar más cerca de los movimientos asamblearios nacidos el 15 de marzo que de las instituciones que representan la soberanía de los españoles. La socialdemocracia, como ideología, ha perdido rango legal, pero quizá ha conseguido un buen motivo para abrazarse de nuevo al porvenir, que siempre estuvo en la calle y su ciudadanía.

jueves, 28 de julio de 2011

«Lo importante es contar la historia más honesta, no la más bella»

«La lucha de clases es un tema universal que a mí me interesa; los que detentan el poder siguen siendo los mismos y contra ellos es contra los que luchan mis personajes»

 

Entrevista a Dennis Lehane por Víctor Guillot 

 

Fotografía de Juan Plaza 

 

Las novelas de Dennis Lehane hablan de Boston, de crímenes bajo los que subyacen los traumas y fracasos de una clase obrera empobrecida de raíces católicas e irlandesas. «Shutter Island», «Mystic River» y «Cualquier otro día» podrían conformar una tesis de la América urbana que comienza en los inicios del pasado siglo XX y llega hasta hoy. A estas tres grandes novelas uno debe sumar la serie negra de cinco novelas protagonizada por los detectives Kenzie y Gennaro o su colaboración en la emblemática serie de la HBO «The Wire». Lehane es un escritor apasionante, lleno de fuerza, tragedia y cruda ironía. Llega a la «Semana negra» para hablar de su país, de sus historias, de los lobos que atormentan las calles de Dorchester.

-Se ha dicho de usted que su obra nos devuelve a Chandler, a Ross McDonald, a Parker. En cambio, uno descubre que su obra ambiciona contar no sólo una trama policiaca, sino el panorama real de un tiempo y un país, una América, la bostoniana, y una fiebre, la de su clase obrera.

-Creo que no estoy escribiendo la gran novela americana. Empecemos por ahí. Lo que sí me gustaría escribir es la gran novela urbana. Y, en todo caso, preferiría escribir una buena novela urbana antes que la gran novela americana.

-En sus novelas abunda de un modo intenso y recurrente en el concepto de la culpa, que en su discurso nos devuelve una cultura irlandesa y católica donde la muerte tiene un cariz liberador.

-Esto es algo que todavía no tengo muy claro, pero como cualquier artista que se ha criado en una cultura católica, la idea de la redención me fascina en un mundo, en una sociedad, de caídos.

-El desenlace de «Mystic River» dejó perturbado al lector durante mucho tiempo, quizá porque no acababa de entender que la justicia se pudiera resolver de un modo tan cruel y, sin embargo, equitativo.

-Discrepo. Para mí, «Mystic River» se centra en una idea, según la cual los seres humanos realmente son más peligrosos cuando tienen una certeza. El héroe de esta novela es un hombre atormentado, Dave, que finalmente es asesinado por la persona equivocada.

-Pero Dave acumula tantos monstruos en su cabeza que su muerte, aunque sea fruto de un error, resulta bastante liberadora.

-Creo que Dave encuentra la redención enfrentándose a los monstruos y no a través de una muerte injusta.

-En «Abrázame oscuridad» remite a un epígrafe de Graham Greene donde dice «deberíamos estar agradecidos por no ver los horrores y la degradación que acompañan a nuestra infancia, en alacenas y estanterías, en todas partes». Da la impresión de que todas las tragedias nacen de una semilla negra que comenzó a germinar en la infancia.

-En mi obra definitivamente subyace la fragilidad de la inocencia, que tarde o temprano llega inevitablemente a su fin.

-Suele ser habitual que los escritores de novela negra se descubran con un estilo periodístico. En cambio, su obra casi está más cerca de la poesía que de la narrativa.

-Creo que en mi trabajo hay algo de esto. Los escritores que más me han influido tienden a ser más líricos. James Crumley y James Lee Burke escriben una prosa bellísima que se adapta a los problemas y los traumas que viven los personajes de mis obras.

-¿Escribe desde la dramaturgia y la poesía antes que desde la narrativa?

-En cierto modo es así. Mi oficio, tal como yo lo entiendo, consiste en profundizar hasta donde pueda en las premisas dramáticas que me encuentro con cada personaje. Algunas veces el oficio es desagradable, en el sentido de que uno debe encarnar ese dolor que luego trato de traducir en palabras y pensamientos.

-¿Es usted un escritor cuyo horizonte literario es, además del dolor o la redención, el lenguaje?

-Para nada. Cada día estoy menos enamorado de mi propia voz. A lo mejor hace diez años podía ser cierto. Pero hoy creo que lo más importante para un escritor es contar la historia más honesta, no la más bella.

-Honestidad y belleza no tienen por qué ser contradictorias.

-Desde luego, pero en el pasado habría desechado un momento honesto por un momento bello.

-En Dos Passos, Bellow, Roth, Mailer o Don Delillo abunda la épica. En su caso nos habla de vidas anónimas que sufren traumas universales, sobre los que subyace el fracaso. ¿Sus protagonistas, los que hacen a «Cualquier otro día» una gran novela americana, son los traumas de esos personajes, son los traumas de América?

-La tesis central de este libro, ahora que podemos hacer cierta retrospección, es que la vida se divide entre aquellos que tienen y los que no tienen. A finales de la segunda década del siglo XX, los que no tenían comenzaron a reivindicar y a luchar por sus derechos, mientras los que tenían seguían ganando. Hoy en día vivimos una situación parecida. De manera que la lucha de clases es un tema que se presenta como universal y que a mí me interesa. Los que detentan el poder siguen siendo los mismos que escriben los cheques y redactan las reglas. Contra ellos es contra los que luchan mis personajes.

-En otras entrevistas ha reconocido la necesidad de escribir desde que era un crío. ¿Ha temido en alguna ocasión que esa pulsión desapareciera? ¿Ha sucedido? ¿Le atormenta?

-(Golpea con los nudillos una mesa de madera) No (risas). Me tomo la literatura como un oficio, en un momento en el que el mundo narrativo se está desmoronando. No tengo miedo a quedarme sin historias ni tampoco lo he sentido. A veces, es verdad, he sufrido la falta de inspiración, pero la he superado currando. Es una situación terrible. Tienes ganas de clavar un clavo en la pared con tu cabeza.

«No estoy escribiendo la gran novela americana, pero sí me gustaría estar escribiendo la gran novela urbana»

sábado, 23 de julio de 2011

Verano para matar (II)

Historia novelada de un encuentro con hampones


Hace dos noches recibí una llamada. Un encuentro, una dirección, el nombre de Ava Lane y la voz cavernosa de una mujer que me citaba a las afueras de Gijón.

Los faros de mi coche iluminaron una mansión indiana, alzada sobre un acantilado que se abría más allá del dique Torres. Se trataba de una rubia alta, tuerta, nerviosa y esbelta. Fumaba un cigarrillo apoyada en el quicio de la puerta, mientras contemplaba desde la puerta cómo me acercaba. Por la expresión de su rostro supe que yo no era el hombre que esperaba.

-Eres más bajito de lo que creía.

-Si tuvieras dos ojos, te parecería más alto.

Dibujó una mueca en su cara. No era hermosa, ni siquiera guapa, pero daba la sensación de que a su lado siempre sucedían cosas.

-Rubia, no he venido aquí a limpiarte los zapatos. Qué diablos significa esa llamada.

-No es a mí a quien tienes que ver. Dentro, te espera un hombre.

-En ese caso, no me interesa.

Antes de que me diera la vuelta, sentí que del otro lado de la puerta un hombre tosía con rabia mientras trataba de gritar mi nombre. La mujer enderezó su cuerpo, como si le hubiera dado un calambre en la espalda. Tras ella, iba cobrando forma la figura de un viejo de aspecto moribundo y señorial que se acercaba lentamente hacia la entrada del caserón. Una bata morada cubría el pijama y trataba de apuntarme temblorosamente con una pistola.

-No se vaya. No hemos hablado todavía.

-Ni creo que lo hagamos. No me van los viejos y, menos aún, si no tienen puntería.

-Guárdese su sarcasmo para otra fiesta. La cosa es más seria de lo que usted piensa.

-Últimamente no pienso. No sé lo que me pasa.

-Si no quiere acabar como su amiga, siéntese en el salón y bébase lo que quiera.

Después de cruzar la puerta tomamos asiento en el sofá de un salón que aparentaba ser un hogar con pianola y una buena librería. El viejo tenía la piel amarilla. Estaba lo suficientemente podrido como para saber que no seguiría mucho tiempo vivo.

-Muy bien, ya estoy sentado. ¿Dónde está ese whisky?

-Mariana, por favor, tráenos una botella.

La tuerta se fue hacia la cocina, mientras el viejo dejaba el revólver lentamente sobre la pianola.

-Sé muy bien quién es.

-Entonces ya sabe algo más que yo. Ilústreme.

-Aún no comprendo qué pudo ver Ava Lane en un tipo como usted.

-Yo tampoco. ¿Cómo dijo que se llamaba?

-Todavía no he dicho nada.

-Qué lástima.

Me levanté, dando signos de que aquella conversación había terminado.

-Oiga, todavía no sé con quién diablos estoy hablando. ¿Es siempre así de duro o sólo cuando lleva puesto el pijama?

La rubia se acercó con el hielo, los vasos y la botella.

-Gracias, princesa, pero creo que no pinto nada aquí. Al final, vas a ser más simpática de lo que creía. Lástima que tengamos que dejarlo para otra ocasión.

El viejo continuó hablando.

-Me llamo Gonzalo Jiménez Montalbo. Como sabe, tengo unos cuantos prostíbulos en la ciudad.

-No le culpo. A su edad, seguro que yo también desearé morirme en uno.

-Abandone esa estúpida ironía si quiere continuar vivo. Quería mucho a Ava y antes de que la mataran estuvimos juntos en más de una ocasión. Trabajó un tiempo conmigo. Éramos buenos amigos. Me dijo que le amaba.

-Ava sabía mentir muy bien.

-Hay otros tipos que le buscan. Saben que pasó una de sus últimas noches a su lado. El caso es que la chica robó algo que les pertenecía y ahora rastrean sus pasos.

-Muy bien. Ava robó un libro a unos tipos, los tipos se cargan a la chica. La chica aparece muerta. Fin de la historia. Yo no pinto nada.

-No es tan fácil. Mis amigos creen que usted tiene...

-Espere. Todavía no sé de qué estamos hablando.

-Antes de que se conocieran, la chica pasó una temporada con un traficante llamado Oswaldo Pérez, alias «Garrote». A «Garrote» no le sentó nada bien que usted se la beneficiara. Nada fuera de lo normal. Para entonces, ya no mantenían ningún tipo de relación. Sin embargo, las cosas se complicaron cuando Ava empezó a necesitar dinero. Yo le di bastante pasta, pero cuando ya no pudo exprimirme más, se vio empujada a hablar con el colombiano. Quiso chantajearlo. Le pidió dinero a cambio de silencio.

-¿A qué silencio se refiere?

-«Garrote» cree que la chica se hizo con un libro de cuentas donde aparecen registrados todos sus negocios. El dinero que circulaba, la cocaína que vendía y los clientes con los que trataba. Si apareciera ese libro y cayera en manos de la Policía, Garrote estaría acabado.

-¿Y qué pinto yo en toda esta historia?

-El colombiano cree que lo tiene usted ahora.

-Bueno, pues dígale a ese tipo que Ava y yo simplemente nos acostábamos, que me robó el corazón y que no lo devolvió cuando se la cepillaron.

-No será suficiente. Antes de que yo pueda decir algo, también seré otro cadáver en esta ciudad. Hágame caso, será mejor que se vaya.

-¿Y por qué tiene tanto interés en que siga vivo?

-Porque a mi sí me interesa ese libro.

-Quiere hacer un negocio con mi cabeza.

-Más o menos. A mi edad ya no hay tiempo para hacer buenos negocios y los pocos que se hacen difícilmente se recuerdan. Este es un buen negocio para irse feliz a la tumba.

Bebí de un sorbo mi whisky y lo miré con cierto desprecio.

-Viejo hijo de la gran puta. Ya le he dicho que yo no tengo ese condenado libro.

-Usted no lo tiene, pero lo tendrá. Lo tendrá para mí.

-Lo más probable es que Ava fuera de farol con ese tipo. No recuerdo que escribiera ningún diario. De hecho, no recuerdo que escribiera nada. Aparecía y desaparecía como un fantasma. Tal vez ese «Garrote» se lo tomara a mal. Es posible que un disparo en la cabeza reforzara sus argumentos, pero qué sentido tiene que busque a un periodista que ya no escribe.

-La gente se siente más atraída por los trenes que descarrilan que por aquellos que llegan a su hora. Garrote teme que usted o cualquier otro lo publique o se lo entregue a la Policía.

-Y para evitar que cante la gallina aparece usted y su amiguita.

-No tenemos mucho más de lo que hablar. Ya sabe todo lo que necesita y lo que le interesa. Encuentre ese libro, démelo y desaparezca.

La rubia pidió un taxi para mí. Al cabo de cinco minutos me fui de la casa sintiendo el aliento del verdugo en mi nuca. Al abrir la puerta de mi casa, observé que alguien ya había estado allí. Todo estaba desordenado. El nordeste golpeaba las ventanas abiertas. Ava había resultado ser más peligrosa muerta que viva. Mi vida corría peligro. Estaba claro que debía huir, antes de que llegara el fin del verano.

viernes, 15 de julio de 2011

Verano para matar

Primera entrega de un serial veraniego en tono de novela negra.

La muerte hace sus propias elecciones. Y la última noche que pasamos juntos, decidió que Ava debía morir una vez más. La Policía encontró su cuerpo desnudo y maniatado, tendido sobre la arena de la playa, con un disparo en la cabeza. El policía escribió en su informe que el viento silbaba por la herida y también dejó escrito que la bala no logró borrarle la sonrisa de la cara. Cuando leí la noticia, pensé que su muerte había sido tan confusa como el resto de su vida.

Ava llegó a Gijón con una preciosa cara de muñeca, un ángel tatuado en la espalda y cincuenta kilos de ambición. Entonces yo sólo quería saber el precio de sus carnes y si era capaz de superar todos mis fracasos. No tardó en convertirse en un mito de la noche encerrado en la mente de todos los hombres que se habían sentido eternamente abandonados por la suerte. Al principio se esforzó en enseñarme a bailar sin bailar, casi quietos los dos en un rincón del casino, mientras el vejamen se pisaba los pies a ritmo de chachachá. Ava tenía momentos de un misterio profundo y otros llenos de un profundo amor que se balanceaba como un péndulo entre el remordimiento y la resignación.

Se lo dije a Chandler. Ava llegó al club fumando hash envuelto en bolleré. Apareció cubierta de humo, llena de fulares de humo que espesaban la noche en la ciudad. Se acercó a la barra y después de echar un par de tragos a mi cerveza, me invitó a unas caladas. No tardamos mucho en ir a su casa, sin decirnos nada, como si lo que allí nos deparaba fuera la ejecución de un crimen.

El resol del mediodía se clavó en mi sien mientras una leve brisa agitaba la hierba. Entró despacio en su habitación, caminando de puntillas como una ladrona que no quiere despertar a los vecinos. Se quedó quieta a los pies de la cama, mostrándome el tatuaje de su espalda, esperando a que mis manos la desnudaran. Tuve la sensación de que aquel cuerpo se reinventaba en cada segundo, en cada hora, todos los días, como si sus hombros, sus brazos, sus espaldas estuvieran moldeados constantemente por la luz, las sombras y el azar.

-Siempre has sido un tipo serio.

-Ser feliz es una fatiga que sólo unos pocos se pueden permitir. Me faltan fuerzas para sostener todo el día la misma sonrisa.

-Es mejor que estés callado. Conmigo no hables como si fuera el tema de tu columna.

-Todo lo que vivo suena como algo desechado por un auténtico escritor.

-Lo que pasa es que nunca has estado enamorado.

-Tu tampoco y, sin embargo, aquí estamos, tratando de hacer algo que merezca la pena.

-Ni siquiera sabes adónde ir.

-¿Tú sí?

-Pues claro.

Aquellas palabras lograron que me sintiera como un cadáver despeñado desde un barranco.

A la mañana siguiente se lo estaba contando a Chandler, sentado en la mesa de su despacho: me gustaría ser como esa chica, tener por una vez algo claro en mi vida. Soy un periodista sin estilo, Chandler.

-Entonces es que estás muerto, muchacho.

viernes, 17 de junio de 2011

Vivir la oposición

El Grupo parlamentario Socialista asturiano apoyó al PP en la investidura del conservador Fernando Goñi como presidente de la Junta del Principado. Qué barbaridad, clama la izquierda, que no comprende todavía los vaivenes políticos de la FSA.

Lo ha dicho Justo Braga, secretario de la UGT asturiana: «Es la primera vez que una fuerza de la izquierda le da su apoyo a una de la derecha como mal menor, ellos sabrán qué es lo que han planteado; yo, desde la UGT, no tengo más que ser respetuoso con eso, pero personalmente no lo comparto».

Ciertamente, la mayoría de los socialistas no comparte esta decisión que explica cómo el socialismo asturiano ha perdido el rumbo desde que supo que sería el grupo parlamentario mayoritario de la oposición. Lo cierto es que parece no haber asumido el papel que le corresponde y camina desorientado desde el pasado 22 de mayo, sin brújula que oriente el papel que debe jugar los próximos cuatro años. Valga como ejemplo lo sucedido en Cangas del Narcea el sábado pasado, cuando cuatro concejales socialistas votaron al candidato del PP con tal de impedir que el municipio tuviera un alcalde de IU. A las pocas horas, Jesús Gutiérrez anunció los respectivos expedientes y unos días más tarde, justificaba una votación en el Parlamento con un discurso escasamente coherente con todo lo anterior.

Lo cierto es que la irrupción de Francisco Álvarez-Cascos ha roto la dialéctica que enfrentaba a la izquierda y la derecha a través de los dos partidos mayoritarios durante estos últimos treinta años. La llegada de un tercero ha cambiado las reglas del juego y ahora el PSOE no sabe quiénes son sus aliados ni sus enemigos. De alguna manera, de la votación en la Junta uno debería entender, querido y desocupado lector, que la derecha es ahora Cascos y que el PP se ha convertido, por efecto de los votos y del desplazamiento en los asientos de la Junta, en un partido moderado con el que la izquierda, quién lo diría, podrá alcanzar acuerdos de esta envergadura. La idea sería hasta cierto punto razonable si no hubiera otros partidos de izquierda en el Parlamento y, sobre todo, si no fuera porque Javier Fernández, secretario de los socialistas asturianos explicó durante la campaña electoral hasta la extenuación que Foro Asturias y Partido Popular eran la misma derecha pero con dos cabezas.

La pregunta más inmediata que la izquierda debe plantear a los socialistas asturianos es, después de esta votación, hasta donde pretende llegar el PSOE junto al PP con tal de reducir el poder y la influencia de Foro Asturias en las instituciones. Realmente, ¿existe un límite político a esta componenda en apariencia improvisada y fuera de cualquier lógica? Clara Costales, diputada socialista, justifica desde su muro, en Facebook, que la decisión adoptada ha sido puramente táctica. El Grupo parlamentario Socialista trataría de evitar que Foro Asturias controlase sin límite alguno los asuntos que deberían discutirse en la asamblea, colocando a un diputado del PP en la Presidencia de la Mesa. El razonamiento podría parecer válido si no fuera porque la lógica invita a pensar que debería ser un diputado socialista el que presidiera la asamblea de los asturianos, a tenor de la representación alcanzada por la FSA. Dicho de otra forma, de algo han de servir los votos que convirtieron a la FSA en la primera fuerza más votada. Desde el burladero, parece que esa legitimidad ha quedado reducida a una anécdota.

De todo lo visto y oído hasta ahora, concluimos que la organización desea un Gobierno inestable y que no descarta empujar a Francisco Álvarez-Cascos a la convocatoria de unas elecciones dentro de unos meses. De ser cierta esta reflexión, el socialismo podría estar abriendo, sin quererlo, la puerta a una mayoría absoluta en la Junta; pero no sería precisamente la suya. Ay.

jueves, 9 de junio de 2011

«Necesitamos resucitar la memoria, reconquistar la verdad del pasado»

La siguiente entrevista con el político y escritor Jorge Semprún, fallecido anteayer en París, fue realizada hace tres años, durante su estancia en Gijón, para participar en la «Semana negra». Se trata de un texto en su mayor parte inédito, del que apenas se entresacaron unos minutos para su emisión en un programa audiovisual, en el que Semprún reflexiona sobre la memoria y sobre su vocación literaria.

 

Gijón, Víctor GUILLOT

El III Ejército de Patton abrió las puertas de Buchenwald un domingo de abril. Ese día un joven estudiante español de 22 años volvía a ver la luz tras dos años recluido en el campo de reeducación alemán. Ese día nació un escritor que forjaría una leyenda como resistente en el frente francés, comunista clandestino, intelectual de la izquierda europea y ministro de Cultura en el Gobierno de Felipe González. Vivió a caballo entre la escritura y la muerte, de la que sólo lograba escabullirse cuando lograba evadirse de su máquina de escribir. Hombre lúcido, vitalista y resistente.

-Usted reconoce en su libro «La escritura o la vida» que tardó mucho tiempo en descubrir a Marcel Proust; en cambio, de la lectura de su obra dedicada a la memoria de Buchenwald, el lector extrae la conclusión de que Proust le ha servido para evocar lo que ha sido su propio pasado familiar y sus pasos en los campos de concentración.

-Cuando digo que he tardado mucho en leer a Proust no es ninguna broma. Desde la adolescencia, su indagación en la memoria no me interesó mucho, quizá porque me resultaba excesivamente familiar. Tenía la impresión de que al describir a aquella familia, también estaba contando historias de mi propia familia. De modo que había demasiada proximidad entre mis historias familiares y las suyas. Lo que me resultaba extraño entonces era que todo el mundo creía que yo me inspiraba directamente en Proust y quizás esto se deba al tipo de descripción que hace de la familia y, sobre todo, a ese tipo de frase proustiana tan extraña en la tradición literaria francesa y, en cambio, tan próxima a la tradición española.

-No creo que los franceses se tomaran a bien que alguien insinuara que Proust escribe como un español.

-No sé si alguien ha indagado en los orígenes de esa frase interminable de Proust, llena de incisos y subproposiciones, que es una forma de escribir prosa típicamente española. A mí, desde luego, no me parecía tan novedosa como sí les resultó a tantos jóvenes escritores franceses del momento. Por entonces, después de publicarse «El largo viaje», se estaba escribiendo una tesis húngara sobre mi literatura que hablaba de la influencia proustiana en Jorge Semprún. Yo no había leído a Proust todavía. Lo que está claro es que debe haber una simpatía o semejanza en mi forma de escribir y la forma de Proust. Sin embargo, desde que la influencia de Proust se hizo consciente en mí, después de leerlo y estudiarlo ya nadie me dice nada, salvo porque ambos trabajamos la literatura desde la memoria.

-¿Y cuál es el motor que le impulsa a escribir y a recordar sus dos años en Buchenwald?

-Por definición o por necesidad, en mi literatura, ya sea política o puramente novelesca, la memoria tiene un papel fundamental, porque es sinónimo de identidad. Para alguien que ha tenido tantas identidades y tan diferentes como yo, que ha estado dudando si era español o francés, si era escritor o político, la única forma de permanencia de su identidad, de estar seguro de lo que era, se expresaba a través de la memoria. Puedo ser español o francés, pero soy aquel que recuerda que en 1931 sucedió esto y en 1936 esto otro. En la memoria encuentro el clavo al que me aferro para alcanzar la identidad.

-¿Qué valoración hace de los intentos de recuperar su memoria histórica en España?

-Todos los países de Europa tienen un problema con su propia memoria, porque la historia de Europa en el siglo XX es una historia trágica y sangrienta y, por consiguiente, tienen la necesidad de olvidar. Francia tiene un problema de memoria histórica porque no ha asumido plenamente lo que fue el Gobierno parafascista de Vichy. En cambio, la memoria histórica del pueblo estadounidense no tiene esos problemas. Continuamente se hacen películas sobre la guerra de Vietnam y no tardarán en hacerse sobre la guerra de Irak. En EE UU no hay ese recelo. Sin embargo, en España hemos tenido durante mucho tiempo la necesidad vital de la desmemoria, si no de la amnesia. No podíamos estar recordando cada día lo que fue la Guerra Civil y la represión porque teníamos que construir algo en común entre todos, entre los hijos de unos y los hijos de otros. 

viernes, 3 de junio de 2011

«Los Izquierdos», ¿te suenan?- I parte

Más de doscientas personas se pusieron a gritar cuando «Los Izquierdos», la nueva banda del Padre Karras y Txolo, comenzó a tocar sobre el pequeño escenario del Savoy Club. Ninguno de los dos había experimentado una recepción igual desde que se despidieran de los escenarios con la «Tuscany Valley Experience», aquel magnífico proyecto musical liderado por el guitarrista Rafa Kas. El grupo no se veía perfectamente conjuntado, pero al graderío no parecía importarle mucho. Los amigos y los fieles del Savoy querían escuchar a cuatro de los músicos más genuinos y carismáticos de Gijón, abrazados intensamente al sonido punk.

Al finalizar el concierto, el Txolo abandonó entre aplausos el escenario fingiendo ante el público que todo había salido bien. Se acercó a la barra y vio que Karras, empapado en sudor, alargaba la mano para aceptar una cerveza fría. No tardó mucho en vaciarla de un trago. Después, silencioso y dubitativo, se perdió entre el gentío. Hubo que esperar diez meses para volver a escucharlos, esta vez en El Barucu, en un concierto semiclandestino, dos días antes de que grabaran junto al productor Paco Loco su primer disco en El Puerto de Santa María, Cádiz. Cuatro meses después, mañana, viernes, presentan su primer elepé, «Que trabajen las máquinas», en la sala Albéniz. Apenas quedan entradas.

En alguna entrevista el Txolo asegura que «Los Izquierdos» nacieron en un bar producto de la promiscuidad musical del Tamar -guitarra líder de bandas como «Black Horde» y «Pantano»- y la tenacidad escénica del Padre Karras y él mismo -bajo y voz, respectivamente, y antiguos miembros de la mítica «Tuscany Valley Experience», y anteriormente de «The Trilobeates»-. En sus inicios, hace dos años aproximadamente, la formación se completaba con Paulino F. Berdiales, baterista de grupos como «The Gang», «Tuscany» o «Fe de Ratas». Su puesto sería posteriormente ocupado por Manu Maroto, un músico legendario de formaciones como «Kashmir» y «Banda Nocturna».

No era extraño que «Los Izquierdos» derivaran en una banda punk. Desde su adolescencia, tanto Marcos Manuel Cocaño Blanco, alias «Padre Karras», como Juan Miguel Álvarez, «Txolo», se habían sentido identificados con el costado impopular de la calle, la misma que gritaba sobre los escenarios de los años ochenta una rebeldía que provenía de la nada y no tenía conexión con ningún otro tipo de música. «Quizá fueron los años más felices, aquellos años de instituto. Éramos conscientes de que manejábamos un lenguaje propio, uno códigos que sólo nosotros comprendíamos. No es que viviéramos al margen de la realidad, simplemente comenzábamos a ser conscientes de una singularidad propia que a los demás les era ajena. Tocábamos sin plantearnos que aquel sonido podía gustar o no. Sin darnos cuenta, resultó que sabíamos tocar una guitarra. Aquello comenzaba a sonar», recuerda Txolo.

Marcos Cocaño Blanco, más conocido popularmente como el «Padre Karras», nació en Gijón en 1971. Hijo de un delineante de la Duro Felguera y de una ordenanza de geriátricos, su vida transcurrió en el barrio de El Llano. Alumno del Colegio Rey Pelayo primero y del Instituto Jovellanos después, consiguió graduarse en la Escuela de Peritos y hoy imparte clases de Diseño de Estructuras en la Universidad Laboral. La vida de Karras había transcurrido desde la infancia junto a su amigo Juan Miguel, al que todos han llamado desde entonces «Txolo Gioberti», en homenaje a su padre, Zoilo Álvarez Tejón, fallecido en el año 73, cuando Juan Miguel apenas tenía dos años.

A sus cuarenta, Txolo, hijo de una cigarrera, relata una adolescencia marcada por «la necesidad vital o el impulso de experimentar la realidad como un adulto». Su vida es mucho más espontánea que la de su hermano mayor, Alejandro, que ocupa el rol de hijo responsable, prudente y ordenado, según describe Txolo. Al finalizar el Bachillerato, los estudios de Veterinaria le trasladan a la Universidad de Lugo y durante cuatro años dedicará el tiempo a conocer el mundo.

Es probable que exista un hilo de oro que comunique la vocación musical del Padre Karras con la afición de su abuelo, saxofonista en la banda municipal de Sama y en la orquesta «Luna». En cualquier caso, a los 16 años comenzó a tocar el bajo influido por grupos como «Dead Kennedys», «The Clash», Elvis Costello, «Los Ilegales» o «Siniestro Total». En 1986 Txolo y Karras fundaron su primera banda: «Los W.C.». «Éramos colegas. Nos lo cocinábamos sin ayuda de nadie y nos lo pasábamos muy bien. Aprendimos a tocar sin lecciones de ningún tipo, cómo funcionaba un bajo, una guitarra o un ampli. Era un trabajo completamente autodidacta», asegura Karras.

En 1989, con la salida de Txolo de la banda, tras iniciar sus estudios de Veterinaria en Lugo, Karras inicia una nueva andadura en «Los Vendidos», una banda con pretensiones musicales más serias que versiona éxitos del rock and roll más puntero de la época y también interpreta sus propias canciones. César Moreno, Martín Campo Amor, «Johnny MePeino», y Jesús Rodríguez Lafuente, «El Patuqui», serán buenos maestros de los que Karras trata de aprender al máximo. Su etapa en «Los Vendidos» no pasará del año 92, cuando el nieto del saxofonista conoce a Gustavo Campos, «El Alacrán», «un genio capaz de conseguir cualquier cosa de una guitarra». Karras se une a su banda, «The Presence», de la que no se separará durante tres años. «Gustavo era un músico de verdad, que nos enseñó a aprender a través de la intuición».

El regreso de Txolo sin el título de veterinario marcó el comienzo de una nueva etapa. Unido durante un breve espacio de tiempo a los «Gin Lemon», no tarda en engancharse al Padre Karras, que toca en el grupo «The Trilobeates» canciones propias con un estilo enérgicamente pop. Simultáneamente, Karras es miembro de otra banda conocida como los «Be Noise», junto a un baterista procedente de la formación «Fe de Ratas» llamado Paulino, y un virtuoso de la guitarra eléctrica, melena y barba rojas al que todos conocen como Rafa Kas. Juntos versionan canciones hard rock de «Led Zeppelin», «Black Sabbath» o «AC/DC». Cuando «The Trilobeates» se disuelve Txolo se une a Paulino, Rafa Kas y el Padre Karras. «Be Noise» se convierte en la memorable «Tuscany Valley Experience», y su primer concierto tendrá lugar en la «Semana negra».

Rafa Kas es un tigre del rock, un guardián de la armonía. Respira la música, la domestica cada noche desde los escenarios. Es un obrero de la música y, sobre todo, un artista. «Nos enseñó lo que vale y lo que no sobre las tablas», recuerda Karras. «Estar con Rafa noches seguidas en el Savoy supuso dar un salto cualitativo muy importante, porque nos vimos tocando delante de 300 o 400 pollos que venían a nuestros conciertos por Rafa antes que por nosotros».

A finales de 2009 la «Tuscany Valley Experience» se extingue y sus cuatro miembros no volverán a coincidir juntos sobre un escenario salvo en momentos puntuales y con un sentido nostálgico. En los últimos meses de vida de la banda, el Padre Karras y Txolo comienzan a experimentar la necesidad de tomar otro rumbo. «La pena de Rafa ha sido su actitud hacia este negocio. Se le echa de menos una banda estable que le sirva para dar rienda suelta a sus proyectos. No sabemos por qué no acaba de hacerlo. Debería luchar por sus canciones, las que él ha compuesto a lo largo de los años», indica Karras. Estamos hablando de un guitarrista que tocó en el top de la música española en los años ochenta con bandas como «Los Ilegales», «La Unión» o «Toreros Muertos», al que parece que siempre le ha interesado más la música en directo que la grabación de un disco. A juicio de Txolo: «Karras, Paul y yo teníamos ganas de hacer algo nuestro, con canciones propias. En su momento, nos pareció inviable con el formato de "Tuscany", una banda pensada para el directo, para el Savoy o la "Semana Negra". Estábamos convencidos de que un repertorio propio no nacería con la misma facilidad».

Comienza un desafío

La óptica del mundo, desde esta ciudad, ha cambiado completamente; la realidad ha dado la vuelta en el último año y se resuelve políticamente con una salida ultra-conservadora. En una democracia moderna se puede engañar a la mayoría de la gente la mayor parte del tiempo, pero hay que pagar un precio. Tras la última reforma laboral, el PSOE ya sabe cuál es.

Según los últimos sondeos, una gran parte de los gijoneses tenía una opinión favorable de sus servicios públicos. En cambio, en cuanto se les propone privatizarlos con el fin de ahorrar dinero e incrementar su eficiencia, curiosamente, se callan.

Nueve concejales de FAC y cinco del PP en el Ayuntamiento de Gijón demuestran que ha triunfado una derecha que presenta a gestores antes que a políticos, que convierte la política en un vicio y la gestión neutra en una virtud natural. Hablamos de la misma ideología que consigue reducir la administración pública a un aparato personalista, alejada del papel decisivo que juega en la política cultural, social y económica de los pueblos.

La crisis económica ha jugado un papel determinante en la debacle del PSOE en toda Asturias y, especialmente, en Gijón, pero no es menos cierto que el PSOE debe hacer una reflexión profunda de todos sus planteamientos políticos, ideológicos y organizativos. En Gijón se hace necesario un congreso local que, en puridad, permita al partido rearmarse para jugar un papel decisivo en los próximos años, ya sea con un gobierno en minoría o, directamente, en la oposición.

Tengo la sensación de que el PSOE suprimió el debate genuino que ha vivido la izquierda durante los dos últimos años. Cómo gestionar una crisis desde la izquierda es difícil y la mayoría de los vecinos de Gijón ha castigado al partido porque no se siente partícipe de este debate. Se le dice qué pensar y cómo hacerlo. Se le hace sentir incompetente en cuanto entra en detalles cuando no se le hace creer que los problemas ya fueron resueltos hace tiempo o no tienen solución, invocando el sacrificio.

Definitivamente, se hace necesario un congreso extraordinario, donde la militancia se mire a los ojos y acepte el reto de responder si está preparado para asumir cuatro años de oposición, si tiene cuadros suficientes, si debe democratizar sus estructuras internas, si está dispuesto a abrirlas a la sociedad civil. Me pregunto qué marco moral puede proponer para explicar sus objetivos y justificar sus metas y encuentro que la respuesta está en un congreso. Siento que comienza un desafío y es en el corazón de la izquierda.

Democracia y suicidio

Es probable que, después de estas elecciones municipales, la izquierda española deba replantearse completamente los presupuestos ideológicos sobre los que se asienta. La marabunta de jóvenes parados asentados en la Puerta del Sol expone que las grandes masas de obreros y las élites progresistas se han quedado aisladas en este nuevo mundo del poder, donde los bancos son realmente quienes toman las decisiones: un aislamiento que aunque por una parte ha preservado cierta claridad y limpieza mental, también las ha vuelto conservadoras. Por tanto, comenzamos a observar un conformismo de izquierdas.

Entre los partidos de la izquierda y la joven sociedad española se ha abierto un abismo insuperable que se concreta en el manejo de lenguajes diferentes. Ni unos ni otros lograrán comprenderse, porque la representatividad de los primeros sobre los segundos, en estos momentos, está rota. El conformismo oficial, nacional, el del sistema, se ha vuelto más conformista a partir del momento en el que el poder financiero ha ido tomando las riendas de nuestras vidas. Es un poder infinitamente más eficaz que cualquier otro anterior. La nueva-vieja opción que plantea la juventud española que se declara de izquierdas es la abstención. Ningún partido los representa. Han determinado cuáles son sus problemas y reprochan a los partidos la ausencia de soluciones. Se expresan en régimen asambleario y no aceptan ninguna jerarquía. Nadie está delante ni detrás de sus decisiones. Sin embargo, contrasta este entusiasmo anarcoide con la realidad de su tiempo; de modo que al tiempo que reclaman una democracia más real, entre pancartas y proclamas, dibujan a su alrededor un inmenso vacío, el vacío de una generación perdida que no distingue, en su lucidez, ningún atisbo de horizonte.

La abstención es un suicidio político, en ningún caso una protesta. La abstención entendida como suicidio, y en el mejor de los casos, mutilación, no deja de ser un modo de ejercer la venganza sobre un régimen partitocrático que paulatinamente degenera en sistemas de corrupción legalizada. En estas elecciones, como proclamaba «El País» en uno de sus titulares, también se presenta la corrupción. De modo que los jóvenes apostados en la plaza Mayor, más que una reivindicación, han decidido suicidarse, ejercer la venganza más antigua, casi eterna, un gesto deprecativo del vencido que vierte su sangre sobre el vencedor. Ay.

martes, 10 de mayo de 2011

Gerónimo

Los cables secretos de Wikileaks desvelaron hace unos meses la principal obsesión de los asesores del presidente de la Casa Blanca: matar a Osama Bin Laden. Los mismos cables publicados por la organización de Julian Assange constataban la presencia del líder talibán en Pakistán y la desidia de los servicios secretos paquistaníes en la búsqueda y captura del hombre que encabezaba hasta hace unos días la organización terrorista más peligrosa del planeta. Curiosamente, los mismos cables también registraban la opinión del embajador americano en Nueva Delhi o la convicción de algunos asesores militares en Tayikistán. Todos ellos concluían que más que desidia, el ISI, el siniestro servicio de inteligencia paquistaní, permitía a Osama Bin Laden vivir en libertad.

El pasado lunes, la humanidad conocía la muerte del terrorista saudí. Diez años después de la caída de las Torres Gemelas, el mayor atentado terrorista de la historia, Bin Laden era ejecutado de un disparo en la mansión de Abbottabad, situada a sesenta kilómetros de Islamabad, convertida hoy en lugar de peregrinación. La llamada «operación Gerónimo», desarrollada por veinte soldados SEAL estadounidenses y helicópteros Black Hawk, concluyó con un tiroteo, según informó John Brennan, el consejero para la lucha antiterrorista del presidente de los EE UU, que pondría fin a la vida de Osama. Según Brennan, el cuerpo sería hundido en el mar conforme al rito funerario islámico.

La Casa Blanca anunciaba el miércoles que no publicaría las fotos que certifican el cadáver de Bin Laden porque no las considera necesarias para verificar su muerte y porque al Gobierno de Barack Obama no le gusta enseñar sus trofeos. Al instante surgieron las primeras preguntas: ¿cómo diablos murió?, ¿planteó resistencia? o por el contrario ¿fue una ejecución? La maquinaria de desinformación del Gobierno norteamericano comenzó a funcionar desde el primer minuto. Osama Bin Laden no tuvo oportunidad de defenderse con ninguna arma, pero planteó la suficiente resistencia como para justificar su muerte, explicaba el portavoz de la Casa Blanca, Jay Carney: «La resistencia no requiere de un arma de fuego». Por el contrario, su ambigüedad, el tono con el que siempre se extiende la desinformación, no ha sido esta vez la suficiente para ocultar lo que «The New York Times» confirmaba ayer: la «operación Gerónimo» no dio opción alguna al puñado de guardaespaldas de Bin Laden para plantear batalla frente a los veinte soldados de élite americanos.

El relato de lo que fue Gerónimo es ambiguo y muta al paso de las horas, pero encierra el deseo de muchos americanos que fue vertido, como decíamos antes, en los cables de Wikileaks: la venganza. En cualquier caso, la muerte de Bin Laden pone de manifiesto otros hechos de estremecedora relevancia. El ejercicio continuo de la tortura en cárceles secretas para acceder a confesiones o declaraciones de escaso valor en la lucha contra el terrorismo islámico continúa siendo una rutina en el primer Gobierno de Barack Obama, la opacidad informativa transmitida desde el despacho oval del presidente negro sigue siendo tan ominosa como la de su predecesor. La acción militar al margen de los procedimientos legales se rige bajo la premisa de los hechos consumados. Desgraciadamente, sobre esta pauta, resulta muy difícil aceptar la legitimidad de la muerte del enemigo número uno del mundo. Desde el lunes, ya no podemos saber qué habría pasado si Osama Bin Laden hubiera sido apresado y sometido a un juicio, como sucedió, al menos, con Saddan Hussein o con tantos monstruos nacidos al albur de la pesadilla nacional-socialista, en los tribunales de Nuremberg. En España sabemos muy bien que descabezar una organización terrorista no implica necesariamente su destrucción.

Finalmente, la muerte de Osama Bin Laden también ha servido para reconocer cuál ha sido la actitud del resto de países que participan en Afganistán en la lucha contra el terrorismo islámico y, en especial, la de España. El hombre que lidera la alianza de civilizaciones, José Luis Rodríguez Zapatero, expresaba su posición de forma contundente: «Es muy probable que el destino de Bin Laden sea un destino buscado por él mismo después de su sanguinaria trayectoria». Con este tipo de declaraciones, tiene razón Gaspar Llamazares, nuestro Presidente está irreconocible.

Me gusta José Mourinho

Me gusta Mourinho, quizá porque es un mal perdedor, o un gran perdedor, quizá porque es capaz de comportarse como un hombre vulgar, o porque es incapaz de digerir la derrota, y al mismo tiempo se comporta como un ser extraordinario, cruel y mordaz. Mourinho es un hombre solitario y su orgullo consiste en que uno le trate como un hombre sin orgullo si no quiere lamentarlo. Habla como el hombre de su época, con tosco ingenio, sentimiento de lo grotesco, repugnancia por los fingimientos y desprecio por la mezquindad. Si hubiera bastantes hombres como él, el fútbol sería más honesto y lo suficientemente ameno como para que mereciera la pena hablar de él.

Me gusta José Mourinho, quizá porque aporta al deporte una mirada realista que rompe con el estereotipo del entrenador erudito y carente de emociones (Guardiola), un tipo más humano y cercano al forofo (Inda), capaz de convertir tus pensamientos en un montón de cenizas. Sobre ese sentido realista del fútbol, Mourinho es capaz de tejer una trama política y violenta, urbana y criminal.

Me gusta José Mourinho, su aspecto rudo y gris, porque convierte en oro sus remordimientos y no le teme a nada ni a nadie. Le tiene sin cuidado que los demás sean más elegantes, le resulta indiferente que sus modales sean detestables, y aunque después lo lamente, en el fondo, no le importa que le expulsen del campo porque sabe que el fútbol se juega en las gradas y no en el césped.

Me gusta José Mourinho porque es un revolucionario sin claveles capaz de doblar con su mirada el tronco de un fusil. Me gustan sus gestos y sus palabras, sí, porque crean un marcado contraste entre la humilde apariencia y la integridad personal, porque su ironía revuelve los estómagos de los buenos deportistas, porque consigue amortizar con su fracaso cualquier tipo de derrota, porque convierte destila orgullo y cinismo cuando exprime su locura.

Me gusta José Mourinho porque considera que el escándalo forma parte de la vida social y el fútbol es un mundo que da nauseas. Me gusta Mourinho porque uno sólo puede llegar a pensar eso cuando el negocio consiste en estar de paso. Así que la idea del fútbol que tiene Mourinho es que se trata de un deporte que se pudre cuando tu equipo disfruta rompiendo tibias y a tu estómago se le repiten las victorias. Me gusta Mourinho, lo reconozco, porque cuando gana es un ángel sin alas y cuando pierde un perro al que le sangran las encías. Convierte cada competición en un titular que los demás creen haber leído en alguna parte y después olvidan.

Y sin embargo, a Mourinho, todo el mundo le recuerda.

Guillot: «Álvarez Viña conoció la siderurgia a la perfección y supo resistir para ganar» . Por J.M.Ceinos

El empresario Ramón Álvarez Viña (San Martín de Podes, Gozón, 1928) no pudo asistir ayer, por prescripción facultativa, al Centro de Cultura Antiguo Instituto, donde, a las ocho de la tarde, se presentó el libro que recoge y desvela su vida: «Ramón Álvarez Viña. Testimonio de una época», del que es autor Víctor Guillot Monroy. Pero su ausencia no restó un ápice para que los intervinientes se volcasen en dar el máximo realce a «un acto de reconocimiento a su trayectoria empresarial y humana», como aseveró, al comienzo del turno de palabras, Jesús Menéndez Peláez, director de la Fundación Álvarez Viña.

«Hay muchas enseñanzas que extraer de esa vida, de este libro. La más importante, para mí, es que el verdadero talento empresarial está hecho de honestidad, de constancia, de trabajo riguroso y discreto y de sensibilidad social», escribe en uno de los prólogos de la obra la alcaldesa de Gijón, Paz Fernández Felgueroso, palabras que ayer repitió en el salón de actos del Antiguo Instituto ante numeroso público, los familiares de Ramón Álvarez Viña y el alcalde de Gozón, Salvador Marcelino Fernández Vega.

«Ramón Álvarez Viña. Testimonio de una época» es, como afirmó Víctor Guillot, «un libro periodístico que conjuga todos los géneros que aprendí en LA NUEVA ESPAÑA», para relatar no sólo que su protagonista es hijo adoptivo de Gijón desde el año 2005 (hijo predilecto de San Martín de Podes también desde el año 2000) y que a lo largo de su vida se convirtió en un gran coleccionista de libros, iconografías y otras formas artísticas relacionadas con Cervantes y, especialmente con su obra cumbre, el Quijote»; también para redescubrir a un químico-industrial que, en palabras de Víctor Guillot, «conoció la industria siderúrgica a la perfección y se dio cuenta de que el avance tecnológico era fundamental para el progreso de este país» en los años cincuenta del siglo pasado. En resumen, «se hizo con unos conocimientos que en España no existían», subrayó Víctor Guillot y, al final, fue un personaje que forjó «su carácter más humanista con la Guerra Civil» y «supo resistir para ganar». De ahí que el autor del libro dijera ayer de Ramón Álvarez Viña que es «algo más que un coleccionista», aunque muy importante haya sido la donación que hizo en 2007 de su biblioteca cervantina al Ayuntamiento de Gijón, que actualmente se guarda en el centro municipal de El Coto.

Precisamente, Jesús Menéndez Peláez reclamó un lugar «más específico» para el legado, después de señalar de Ramón Álvarez Viña que «supo crear riqueza conjugando el negocio y el ocio».

Por su parte, Raúl Berzosa, obispo de Ciudad Rodrigo (Salamanca), destacó con cuatro palabras las virtudes del homenajeado: «Humanidad, esencialidad (como vuelta a las raíces), emprendedor y gijonés del alma; un mecenas que es un orgullo para esta ciudad».

Biografía de un pionero. Por M. Suárez

La figura de Ramón Álvarez Viña (San Martín de Podes, 1928) trascendió públicamente cuando donó a la ciudad una colección con más de dos mil ejemplares del «Quijote». El filántropo eclipsó al emprendedor, al empresario que fue pionero de la industria siderúrgica moderna. El libro «Ramón Álvarez Viña. Testigo de una época» reivindica, a modo de homenaje, la importancia de toda su biografía.

«Tiene una trayectoria que merece ser documentada. Es un hombre que empezó desde cero, que se forjó a sí mismo. Un cazador de oportunidades que ha sabido domesticar el dinero y no ha sucumbido a la ambición», resume el autor del libro, Víctor Guillot. «Creó empresa con unos principios radicalmente distintos de los que abundan en la economía actual. Quienes amasaron fortunas a velocidad de crucero ahora muerden el polvo. Él ha sobrevivido a la crisis del petróleo y la crisis inmobiliaria con una industria sólida basada en la inversión tecnológica y el esfuerzo», encadena.

Álvarez Viña revolucionó los laboratorios de la antigua Uninsa, luego Ensidesa, y fue el precursor de protocolos que permitían controlar la calidad de los materiales, cuando la industria se regía por sistemas pasados de siglo. En España todo estaba por hacer y él buscó en Europa nuevas ideas para construir la economía del país. «Nunca cerró una puerta, aunque tampoco fue cómplice del régimen; resistió para ganar», matiza Guillot.

Tras la muerte de Franco, el empresario inicia «un nuevo proceso vital», vinculado a la firma Plibrico, que ahora forma parte de la multinacional Calderys Solutions. Esta industria líder en materiales refractarios monolíticos tiene su sede española en Tremañes. Guillot apunta: «Ramón Álvarez Viña se plantea la empresa con espíritu cervantino, como un reto, como una aventura. Para él y para los otros, porque crea empleo y cubre un espacio económico que nadie estaba desarrollando».

Su libro, promovido por la Fundación Álvarez Viña, es el resultado de seis meses de trabajo. El material recabado se traslada al papel «desde la premisa periodística más americana», explica Víctor Guillot, que ha recurrido a todos los géneros posibles, desde la crónica a la entrevista -se incluye una amplia conversación con el protagonista-, para condensar 82 años de recuerdos, vivencias y realidad histórica.

A la superficie no sólo sale el Ramón Álvarez Viña empresario. O el devoto del hidalgo de La Mancha que ha movido los molinos de la literatura española. Guillot también bucea bajo la discreción de la persona. «Tiene grabado a fuego los bombardeos de la Legión Cóndor. Y está muy marcado por la muerte de su padre, cuando él tenía 4 años», son las pinceladas de algunos de los episodios más personales que se detallan en el libro.

La biografía de Álvarez Viña, hijo predilecto de su pueblo natal e hijo adoptivo de Gijón, se presentará esta tarde en el salón de actos del Antiguo Instituto Jovellanos. En el acto, que comenzará a las 20.00 horas, intervendrán la alcaldesa de Gijón, Paz Fernández Felgueroso; el director de la Fundación Álvarez Viña, Jesús Menéndez Peláez, y el propio autor del libro. Se espera la presencia del homenajeado.

«Su educación espartana y su discreción lo alejan de la escena pública, pero bien merecería una medalla de oro al Mérito en el Trabajo», defiende Víctor Guillot, ahora que conoce en detalle la trayectoria de uno de los empresarios más representativos de Asturias.

Carta a «Voxpopulis»

Querido «Voxpopulis»: Menuda has liado esta vez. Cómo molas, tío. Después de leer la noticia que firmaba Chus Neira en este periódico ayer, he pensado que eras un tipo legal. Hay un mundo en que legal es el delincuente que hace bien su trabajo. La palabra alcanza valor y sentido cuando se vacía todo su contenido jurídico y administrativo, periodístico y criminal y se aplica a un hombre vivo, actuante, culpable, heroico, revolucionario. Has vuelto a llenar de contenido un adjetivo desde el lado marginal de la vida, desde la insurgencia que es internet. Legal vuelve a ser un vocablo lleno de movimiento (como si fuera un verbo) y es un hombre el que lo habita.

No tardarán en decir que eres un delincuente, un pirata que abusa de su poder infiltrándose en las comunicaciones privadas de los funcionarios de una institución. Pero para la mayoría de los ciudadanos eres un tipo legal. Yo diría que eres un romántico que actúa hasta las últimas consecuencias, el tipo legal que no tenía detrás de sí sino una genealogía subversiva de internautas que, de pronto, iluminan la verdad, desde el crimen.

Con tu acción confirmas lo que el lector ya sospechaba, que en el Ayuntamiento de Oviedo hay maturranga con el «caso Villa Magdalena». Pero la relación entre escándalo político y confianza política está mediada por la atmósfera cultural e ideológica en la que estalla la noticia. Quiere decirse que a nadie sorprenden los negocios, trapicheos y cachondeos que hay en Oviedo, quizá porque hay una especie de «spleen», de niebla, de cansancio del escándalo que reduce el impacto de la información. Lo irónico de todo esto es que los medios de comunicación corren el riesgo de verse desacreditados cuando desempeñan un papel en la propagación de los escándalos y la deslegitimación de las instituciones. De modo que la noticia, colega, querido «Voxpopulis», eres tú. El mensaje es el medio y tú has conseguido, a través de internet, remover de sus asientos a unos cuantos funcionarios que se desayunaron la prensa con los calzoncillos manchados.

Gabino y los suyos han levantado una oligocracia, una oligarquía que gobierna. Gabino, que dio muy bien el salto del caballo doméstico al caballo histórico y logra, como en las malas películas de vaqueros, engañar a los indios cada cuatro años. Pero entre todos siempre hay un piel roja al que nada ni nadie consigue meter en cintura. Así que al leer tu noticia, me ha venido a la mente la figura de Julian Assange, la sombra de Wikileaks y de toda la basca de Anonymous. Como ellos, pones en evidencia que la información es poder y que en el siglo XXI ya no es de unos pocos, sino de todos. La acción vuelve a cobrar sentido en internet, donde siempre es de noche y los corruptos duermen abrazados a la impunidad.

Me gusta pensar que mañana volverás a actuar contra la oligocracia ovetense, que tus mensajes serán otro nuevo calambrazo en el sistema nervioso del Ayuntamiento, los mismos que convierten en oro, para nuestros ojos, cada uno de sus remordimientos.

Romántico que desacredita la realidad

El cielo colgado del tendal, la pajarita de papel que sueña con ser una oca, la luna en el desván y el caballero que pisa la sombra del absurdo mientras se fuma una pipa. La pipa es el arma con la que el intelectual dispara ráfagas de vida. La pipa de Hulot/Tati es la impersonalidad del hombre feliz que vuelve del revés la vida como un calcetín. Me gusta pensar que Rodolfo Pico es un pensamiento en imágenes, un flanneur que captura colores y geometrías como quien sale a buscar mariposas. Practica un pop lírico ordenado y sereno, alegre y divertido, un tanto surrealista y capaz de subvertir el mundo con la misma eficacia que un Magritte.

Hablamos de Rodolfo Pico, porque desde hace tres semanas expone nuevos cuadros junto a las fotografías de Carlos Casariego en la galería de Gema Llamazares. «Gijón-La Habana» es un diálogo entre Casariego, que se ocupa de descubrir la luz que ilumina las esquinas de Gijón, y Pico, que ocupa sus pinceles desvelando el chamanismo que ensombrece la capital de Cuba.

Lo que más me interesa de Rodolfo en esta ocasión es su capacidad para inventarse o crear una Habana en la que se reconoce sin haber estado en ella. Como en otros trabajos, vuelve a desacreditar la realidad, acertando con una ciudad que nunca pisó. En cualquier caso, el lirismo de La Habana le llega Pico por transmisión oral y familiar, y el suyo no deja de ser un relato tan válido y eficaz como el de cualquier otro viajero que selló su pasaporte.

Los maestros del diseño, el cartelismo, el pop, la poesía virtual y el arte objetual le deben mucho a Magritte. En España hay tres pintores que siguen su senda: Úrculo, Arrollo y, sobre todo, Pico. Úrculo explota la épica negra del cine, abusando del sombrero y la gabardina en todos sus cuadros. Eduardo Arroyo tiene ademanes de Goya y es el más expresionista. Quizá porque procede del periodismo, se le adivina hasta la hora en que pintó un cuadro, cuya historia el espectador debe escribir. En cambio, el más lírico, el más poeta de todos ellos es, sin duda alguna, Rodolfo. Su pintura es cerebral y reflexiva y, al igual que el pintor belga, juega a introducir lentamente el terror o la alegría en las habitaciones tranquilas o en los domingos vespertinos del bosque, de modo que nunca sabemos si el tema del cuadro está dentro o fuera.

Rodolfo se sabe un romántico, capaz de llevar su pintura hasta las últimas consecuencias. Decíamos antes que le gusta desacreditar la realidad. Habría que añadir que con su pintura trae consigo una realidad de gato bardo, a través de cuyos ojos se refleja la vida de otra forma. Pico sabe alterar un factor mínimo de nuestra rutina, con lo que todo el conjunto simétrico, toda esa geometría se desnivela y nos da otra cosa. De esta manera, adquirimos un nuevo significado capaz de estremecer nuestra conciencia de clase media, la que anhela un equilibro acechado siempre por los peligros del sinsentido, la bartorela o el suicidio de los ángeles.