Algo tan lamentable como escalofriante de la corrupción es su naturaleza incalculable. La corrupción parece gigantesca, pero, a tenor de las sucesivas informaciones publicadas desde hace un par de semanas, parece no tener medida. Sin embargo, uno cree que, precisamente, su desmesura forma parte de su identidad. El escaso control que los sistemas jurídicos ejercen sobre los corruptos hasta que estos acaban en manos de la justicia nos indica que la corrupción no posee medida, resulta prácticamente imposible de calibrar y se acerca tanto a la esencia de las emociones que es inútil advertir el punto exacto del que procede y, lo que es peor aún, cuál será su devenir.
A estas alturas, el «caso Marea» es un cúmulo de cifras que nos hablan de malversación, cohecho y otros tantos delitos. En dos semanas, ya no alcanzamos a estimar su profundidad y extensión. Los lectores tienen la sensación de que la magnitud de esta formidable monstruosidad alcanza un grado que desdice su graduación y, en consecuencia, su calificación aproximada. Se trata, por tanto, de una corrupción tan difícil de calificar que la socorrida nominación de «trama política» o «trama administrativa» apenas sirve para percibir las dimensiones de un acontecimiento cuya complejidad ha estallado precisamente por su naturaleza perversa.
La izquierda y la derecha suelen fantasear constantemente con su honestidad, su voluntad y capacidad para controlar y, en su caso, castigar a aquellos que asumen el soborno como un estilo de vida. ¿Pero cuál ha sido hasta ahora ese control? El interés de las autoridades ha sido comprobar, a posteriori, que sus muchas medidas de control no producían efecto alguno. Ninguno de los organismos fiscalizadores de la Administración asturiana ha servido para detectar el mal o, al menos, parte de ese mal; ni siquiera cuando Marta Renedo fue destituida tras detectarse alguno de sus desafueros.
El «caso Marea» incluye en su relato el juego de las apariencias. Hombres y mujeres de aparente austeridad pasan sus días en la cárcel, mientras sus amigos se lamentan públicamente de su desgracia y hacen gala de su amistad. Resulta curioso que sea la apariencia de esa austeridad la que justifique su inocencia y valía, argumento que, realmente, va en contra de los imputados, pues lo único que consigue es que se incremente el grado de perversión. Me gusta pensar que la corrupción no tiene forma y, por lo tanto, su apariencia puede ser la de un hombre vestido de cualquiera.
La corrupción es la expresión moral y económica de El Mal: crea pánico, vergüenza y resignación entre quienes gobiernan y son gobernados, en coherencia con su alma desmedida o acaso infinita. Observamos por la naturaleza del «caso Marea» que la corrupción no se sacia, engulle millones de euros y deja en la cuneta infinidad de víctimas políticas: sistemas políticos, partidos y ciudadanos, que mueren ahogados en el océano de la desilusión.
La corrupción se extiende sin coto, como un virus contagioso o una célula cancerosa que conduce al organismo a la metástasis de la desafección. La corrupción logra que toda la realidad sea sospechosa de ser corrupta y destruye la confianza, la seguridad, la esperanza, abriendo la puerta a otros monstruos que, en último término, la consagran, invocando su pureza. La corrupción, querido y desocupado lector, es el heraldo negro del terror que llamará próximamente a su puerta.
"Hijos de puta, si os dejo con vida es por que habréis de amortajárme como a un ángel"
jueves, 3 de febrero de 2011
Teoría de la corrupción
viernes, 28 de enero de 2011
La corrupción o el sistema
Los carrozas de la corrupción, los trujamanes y trileros de la corrupción. Sorprende que sean capaces de soportar el insulto, la mierda, el menosprecio, la guerra, la humillación, el jarrapellejos en que se ha convertido este país, que no aguanta un solo instante la prueba del algodón, por una cuenta en Suiza o, peor todavía, por unas joyas y un abrigo de visón.
La corrupción o el sistema. No es un verso de Vicente Aleixandre, es un titular que explica la actualidad política asturiana, que ha dado un giro radical en tres días y amenaza con permanecer sobre nuestras cabezas durante los próximos tres meses. Comienzo a pensar que el sistema es la corrupción y yo no suelo sentir ningún tipo de desafección política. Cualquiera que tenga dos dedos de frente y viva la política como una pasión, se da cuenta de que se necesita tener el hígado destrozado para aceptar el sistema. Me jode pensar que esta vida se ha hecho para viejos sobredorados que van para viejas, mientras los parados se suicidan y los banqueros se agarran a la pasta canalla.
Está claro que el peor enemigo de un político es otro político de su mismo partido. José Luis Riopedre ha ejecutado la mejor traición hacia su partido. Ahora tiene tema para sus memorias, esas que sirven para cerrar las puertas del olvido. De modo que hoy nos desayunamos con la corrupción, la perplejidad de Vicente Álvarez Areces, la presunción de inocencia, el ejercicio legítimo del Estado de derecho, y así en este plan, una letanía de presunciones que se repiten como un tedioso formulario.
Todo nuestro mundo occidental y crispado nos está dando el espectáculo enfrentado de los viejos políticos, los agiotistas carcaveras, los ancianos estofados de la tribu, que presiden este primer tercio de milenio bajo un palio de seda y crimen. Camps en Valencia, Millet en Barcelona, Muñoz en Marbella y ahora Riopedre en Asturias. Sospecho que han aceptado el soborno como un estilo de vida. Se han dejado seducir por el oro de la corrupción, ese brillo especial que tiene la mierda cuando el político se acerca un poco para saber a qué huele.
Mientras el viejo dominico, ex militante del PCE, aprende a vivir la libertad de los presos, la socialdemocracia asturiana agoniza, a menos de 120 días de las próximas elecciones autonómicas. Emociona y conmociona escuchar las explicaciones de Javier Fernández por algo que no hizo mientras otros cumplen al pie de la letra la ley del silencio. Sería imperdonable que el socialismo asturiano perdiera estas elecciones por un amigo con graves problemas de corazón. Pero lo peor de la corrupción no es el trinque, pues a ése desgraciadamente ya nos hemos acostumbrado. Lo peor es que la nueva situación anuncia otro Gobierno y otro sistema tan corrupto como éste y peor. La corrupción, querido y desocupado lector, es también la antesala del fascismo, que ya planea como un buitre sobre la carnaza mientras los viejos predicadores se quedan solos en la paz de la trena, escriben sus memorias y, de vez en cuando, se rilan. Ay.
La corrupción o el sistema. No es un verso de Vicente Aleixandre, es un titular que explica la actualidad política asturiana, que ha dado un giro radical en tres días y amenaza con permanecer sobre nuestras cabezas durante los próximos tres meses. Comienzo a pensar que el sistema es la corrupción y yo no suelo sentir ningún tipo de desafección política. Cualquiera que tenga dos dedos de frente y viva la política como una pasión, se da cuenta de que se necesita tener el hígado destrozado para aceptar el sistema. Me jode pensar que esta vida se ha hecho para viejos sobredorados que van para viejas, mientras los parados se suicidan y los banqueros se agarran a la pasta canalla.
Está claro que el peor enemigo de un político es otro político de su mismo partido. José Luis Riopedre ha ejecutado la mejor traición hacia su partido. Ahora tiene tema para sus memorias, esas que sirven para cerrar las puertas del olvido. De modo que hoy nos desayunamos con la corrupción, la perplejidad de Vicente Álvarez Areces, la presunción de inocencia, el ejercicio legítimo del Estado de derecho, y así en este plan, una letanía de presunciones que se repiten como un tedioso formulario.
Todo nuestro mundo occidental y crispado nos está dando el espectáculo enfrentado de los viejos políticos, los agiotistas carcaveras, los ancianos estofados de la tribu, que presiden este primer tercio de milenio bajo un palio de seda y crimen. Camps en Valencia, Millet en Barcelona, Muñoz en Marbella y ahora Riopedre en Asturias. Sospecho que han aceptado el soborno como un estilo de vida. Se han dejado seducir por el oro de la corrupción, ese brillo especial que tiene la mierda cuando el político se acerca un poco para saber a qué huele.
Mientras el viejo dominico, ex militante del PCE, aprende a vivir la libertad de los presos, la socialdemocracia asturiana agoniza, a menos de 120 días de las próximas elecciones autonómicas. Emociona y conmociona escuchar las explicaciones de Javier Fernández por algo que no hizo mientras otros cumplen al pie de la letra la ley del silencio. Sería imperdonable que el socialismo asturiano perdiera estas elecciones por un amigo con graves problemas de corazón. Pero lo peor de la corrupción no es el trinque, pues a ése desgraciadamente ya nos hemos acostumbrado. Lo peor es que la nueva situación anuncia otro Gobierno y otro sistema tan corrupto como éste y peor. La corrupción, querido y desocupado lector, es también la antesala del fascismo, que ya planea como un buitre sobre la carnaza mientras los viejos predicadores se quedan solos en la paz de la trena, escriben sus memorias y, de vez en cuando, se rilan. Ay.
viernes, 14 de enero de 2011
Escocia
En tiempos de crisis, el personal se echa a los bares, aunque sólo sea para fumarse un cigarrillo a la puerta y comenzar una nueva historia de encuentros y desencuentros encadenados por el humo de un par de cigarrillos, que como el gran libro de Richard Klein, son sublimes. Venimos echando en falta el Escocia, el tono marítimo que tenían ciertas coctelerías de Gijón que han sido, como en Madrid, nuestro Chicote. Me cuenta Alfredo González hijo que, después de cerrar por obra el viejo Escocia, abrirá próximamente en abril, probablemente en otra calle y otro barrio, pero con el mismo ambiente mondaine y la misma encantadora canalla que ha venido parando desde hace cincuenta años.
El Escocia se ha convertido en un gran pedazo de la historia de Gijón. Alfredo no es sólo un gran tipo, es un buen cronista de la vida lánguida, noctámbula y palpitante de la ciudad, relatada a través de los cócteles que preparaba su padre, don Alfredo.
Hablar con don Alfredo es tratar con uno de los hosteleros más inteligentes, cultos y perrerus de Gijón. Cuenta, como Heródoto, la historia íntima de la ciudad, que son sus bares, sus clientes, en definitiva, la sabia oscura que nos da la vida. Como me cuenta su hijo, en aquella época no era el tiempo lo que más interesaba a los lectores de la prensa, sino el «Cóctel del día» que su padre publicaba en «Voluntad», junto a la previsión del tiempo y la hora de las mareas.
Uno puede pasar a la historia por haber escrito un gran libro o por haber inventado un gran cóctel. Don Alfredo nos recompensa con la leche pantera y su proverbial erudición, siempre campechana y playa, en materia de alcohol. Me gusta pensar que padre e hijo descubrieron en algún momento de su vida que se puede vivir, comer y beber, mantenerse a flote en el mundo indefinidamente sin más esfuerzo que sosteniendo una copa en la mano. Si hay una teoría de la fiesta y lo mondaine, sin lugar a dudas debe ser ésta.
Cuando la burguesía finolis concluía la farra en el Club de Regatas, el personal continuaba en El Mesón del Gallo, Montmart o Escocia. Entonces, como ahora, se practicaba una vida sentimental regida por la improvisación, el flechazo, la circunstancia, la conveniencia, el flirt, el tonteo, el ligue, el lío y el desmadre. Agatha Liz bailaba en el «Playboy» al son de las maracas de Machín y las flappers retrasadas del franquismo se dejaban llevar por el ruido americano del «Dúo Dinámico».
Hoy, Alfredo, a su modo y manera, continúa la historia que inició su padre, celebrando aniversarios, sirviendo copas, bebiéndoselas, desvelando el misterio de la noche en el sonido del whisky derramado en la copa, en los vicios de cada esquina, en la alevosía criminal de cada sombra, y nos devuelve la fiesta, esa atmósfera que nos sitúa en la superficie de las cosas, la vida mondaine, que como toda vida es necesario aprenderla para poder sobrevivirla.
El Escocia se ha convertido en un gran pedazo de la historia de Gijón. Alfredo no es sólo un gran tipo, es un buen cronista de la vida lánguida, noctámbula y palpitante de la ciudad, relatada a través de los cócteles que preparaba su padre, don Alfredo.
Hablar con don Alfredo es tratar con uno de los hosteleros más inteligentes, cultos y perrerus de Gijón. Cuenta, como Heródoto, la historia íntima de la ciudad, que son sus bares, sus clientes, en definitiva, la sabia oscura que nos da la vida. Como me cuenta su hijo, en aquella época no era el tiempo lo que más interesaba a los lectores de la prensa, sino el «Cóctel del día» que su padre publicaba en «Voluntad», junto a la previsión del tiempo y la hora de las mareas.
Uno puede pasar a la historia por haber escrito un gran libro o por haber inventado un gran cóctel. Don Alfredo nos recompensa con la leche pantera y su proverbial erudición, siempre campechana y playa, en materia de alcohol. Me gusta pensar que padre e hijo descubrieron en algún momento de su vida que se puede vivir, comer y beber, mantenerse a flote en el mundo indefinidamente sin más esfuerzo que sosteniendo una copa en la mano. Si hay una teoría de la fiesta y lo mondaine, sin lugar a dudas debe ser ésta.
Cuando la burguesía finolis concluía la farra en el Club de Regatas, el personal continuaba en El Mesón del Gallo, Montmart o Escocia. Entonces, como ahora, se practicaba una vida sentimental regida por la improvisación, el flechazo, la circunstancia, la conveniencia, el flirt, el tonteo, el ligue, el lío y el desmadre. Agatha Liz bailaba en el «Playboy» al son de las maracas de Machín y las flappers retrasadas del franquismo se dejaban llevar por el ruido americano del «Dúo Dinámico».
Hoy, Alfredo, a su modo y manera, continúa la historia que inició su padre, celebrando aniversarios, sirviendo copas, bebiéndoselas, desvelando el misterio de la noche en el sonido del whisky derramado en la copa, en los vicios de cada esquina, en la alevosía criminal de cada sombra, y nos devuelve la fiesta, esa atmósfera que nos sitúa en la superficie de las cosas, la vida mondaine, que como toda vida es necesario aprenderla para poder sobrevivirla.
sábado, 8 de enero de 2011
La radio es mía
La radio, en aquella vieja y cruel infancia, era aquel mueble pequeño colocado en la cocina. La radio, que la escuchábamos con la misma admiración que guarda un niño a su abuelo, era de madera oscura y tallada, con una ventanita de tela que nunca se abría; tenía unos botones gordos y un ojo mágico, luminoso y rojo, que era el ojo cosmológico por el que se veía el mundo en la casa de los pobres. Los pobres, como los ciegos, siempre hemos percibido la verdad a través de los oídos.
A diferencia del periódico, la radio es el único medio capaz de desnudarnos; es imposible colar una sola mentira a través de ella, de modo que en política, tahúres y fulleros descubren sus cartas en cuanto asoman el morro ante el micrófono. En la radio de nada valen las trampas, así que vuelvo a la radio porque ha vuelto Pachi Poncela con un nuevo programa en la RPA. Pachi regresa con «La radio es mía», un programa de cuatro horas y media que servirá para conocer la actualidad y la vida cotidiana de todos los asturianos. Este regreso de Poncela a la radio nos transmite la idea del periodismo como una enfermedad o, si acaso, como una adicción necesaria para quien lo ejerce y para quien lo disfruta realmente, comprendiendo lo que sucede más allá de lo que ven sus ojos.
El regreso de Pachi nos confirma lo que ya dejé escrito en otra ocasión: de pronto, uno lo deja todo, su trabajo, su rutina, su estabilidad y vuelve a lo suyo, a lo que mamó toda su vida, a lo que estuvo enganchado desde siempre, eso que se convierte en oficio y que logra, casi como quien obra un milagro, que a uno se le dispare la adrenalina.
Pachi Poncela es un agitador irónico que vive como habla, capaz de llenar las horas de buenas historias, conversar y cachondeo. No es un predicador, ni un panfletario. Rehúye del dogmatismo y nunca se toma la patria a pecho ni a sobaco, quizá porque sabe que no es necesario inventarse nada para poder conectar con los asturianos.
Así como el periodismo americano busca un protagonista individual y el periodismo europeo prefiere el rigor del colectivo, Pachi Poncela se sitúa entre los dos ríos para encontrar, en la anécdota, el nervio de la historia de esta región. Con Pachi Poncela descubrimos a un periodista de raza, de esos que levantan las emisoras cuando llega y las deja tambaleantes cuando marcha, que ha entendido su oficio como vida y su vida como oficio. Gracias a él, la vida cotidiana vuelve a adquirir la dignidad de lo desconocido. Y es que el sentido de la vida está hecho de esa cotidianidad que sólo un periodista es capaz de describir con ironía, resignación y simpatía, a través de una voz que no descansa nunca porque nadie se cansa de vivir.
A diferencia del periódico, la radio es el único medio capaz de desnudarnos; es imposible colar una sola mentira a través de ella, de modo que en política, tahúres y fulleros descubren sus cartas en cuanto asoman el morro ante el micrófono. En la radio de nada valen las trampas, así que vuelvo a la radio porque ha vuelto Pachi Poncela con un nuevo programa en la RPA. Pachi regresa con «La radio es mía», un programa de cuatro horas y media que servirá para conocer la actualidad y la vida cotidiana de todos los asturianos. Este regreso de Poncela a la radio nos transmite la idea del periodismo como una enfermedad o, si acaso, como una adicción necesaria para quien lo ejerce y para quien lo disfruta realmente, comprendiendo lo que sucede más allá de lo que ven sus ojos.
El regreso de Pachi nos confirma lo que ya dejé escrito en otra ocasión: de pronto, uno lo deja todo, su trabajo, su rutina, su estabilidad y vuelve a lo suyo, a lo que mamó toda su vida, a lo que estuvo enganchado desde siempre, eso que se convierte en oficio y que logra, casi como quien obra un milagro, que a uno se le dispare la adrenalina.
Pachi Poncela es un agitador irónico que vive como habla, capaz de llenar las horas de buenas historias, conversar y cachondeo. No es un predicador, ni un panfletario. Rehúye del dogmatismo y nunca se toma la patria a pecho ni a sobaco, quizá porque sabe que no es necesario inventarse nada para poder conectar con los asturianos.
Así como el periodismo americano busca un protagonista individual y el periodismo europeo prefiere el rigor del colectivo, Pachi Poncela se sitúa entre los dos ríos para encontrar, en la anécdota, el nervio de la historia de esta región. Con Pachi Poncela descubrimos a un periodista de raza, de esos que levantan las emisoras cuando llega y las deja tambaleantes cuando marcha, que ha entendido su oficio como vida y su vida como oficio. Gracias a él, la vida cotidiana vuelve a adquirir la dignidad de lo desconocido. Y es que el sentido de la vida está hecho de esa cotidianidad que sólo un periodista es capaz de describir con ironía, resignación y simpatía, a través de una voz que no descansa nunca porque nadie se cansa de vivir.
jueves, 30 de diciembre de 2010
Cuento de Navidad
Maxwell cogió las llaves, el teléfono y el mando a distancia del garaje. Comprobó que su cartera estaba en el abrigo colgado de la percha, junto a la entrada. Cerró la puerta tras girar la cerradura en cuatro ocasiones y se introdujo en el ascensor pensando que se había dejado la luz encendida.
El sol estaba bajo y percibía que el aire sabía casi a limpio. Maxwel avanzaba hacia el hospital otro viernes más, dispuesto a trabajar en su última urgencia. Tenía un rostro alargado y rubicundo, una nariz grande, un mostacho que recordaba al de un viejo explorador y una calva prominente, oculta tras un gorro de visera que le confería un aspecto británico. Tenía sesenta y tres años. Había envejecido en los quirófanos, tejiendo colgajos, juntando arterias, desbrozando tejidos necróticos, recomponiendo cuerpos humanos.
El tiempo transcurre a gran velocidad cuando estás en el quirófano. Veinte años antes, asumía que ciertos accidentes no se podían resolver porque no se tenía conocimientos ni medios. Una vez superado el accidente agudo, Maxwell trabajaba sobre las secuelas paulatinamente, a lo largo de meses y años. Pero el día antes de su jubilación ya no era así. El experto cirujano intentaba dejar a sus pacientes lo mejor posible en el primer golpe. Después de tanto tiempo, aún le asombraba que la cirugía hubiera evolucionado tanto. Maxwell decía que el tiempo se había condensado prácticamente en un solo gesto, en un solo corte. Al menos, esa era la sensación que tenía, aunque hubiera estado en el quirófano más de diez horas. Después, cuando salía de una operación, sentía cómo todo se lentificaba, percibía que todo iba más despacio, como una película rodada a cámara lenta. Al llegar a casa, le preguntaba a su mujer qué día era. No sabía si había pasado un minuto o una hora.
Maxwel era director del área de cirugía plástica del hospital general de Londres. Se enfrentaba a las urgencias con pasión. A sus colegas les explicaba en los congresos que la urgencia estimulaba su imaginación. «Debes echar mano de todos los recursos culturales de que dispones para saber solucionar un caso. Eso implica agilidad e improvisación». En ocasiones, le gustaba compararse con un músico de jazz. «Repasas la partitura en diez o quince minutos y después ejecutas».
Tras dejar el maletín en su despacho, se dirigió a la sala de quemados. En la habitación 301 descansaba un paciente con quemaduras en más del cincuenta por ciento de su cuerpo. Mientras caminaba por el pasillo recordaba el protocolo: le diría que el hombre soporta lo que le echen, que el proceso de adaptación es asombroso. Pero en su larga experiencia como cirujano sabía que no había sufrimiento más dramático que el de un quemado.
El informe médico decía que era un minero nacido en Southapton. Una explosión de grisú y todo se fue al traste. El muchacho tenía veinticinco años y no era seguro que salvara sus piernas. Estaba aislado de los demás pacientes mientras el equipo de cirugía plástica observaba su evolución. Maxwel había escrito en una ponencia que los quemados tienen una sensación de muerte inicial tan agresiva, que viven el accidente con absoluta lucidez. También había escrito que la soledad aumenta el dolor agudo de las víctimas. Nadie mejor que un quemado para escribir sobre la muerte.
«Pero una vez que aceptas el dolor, construyes la vida», dejó escrito en su diario. Lo volvió a leer, antes de recoger sus cosas del despacho. Quizá esa era la única lección que había aprendido en cincuenta años encerrado en un hospital. Antes de cerrar la puerta de su despacho, volvió a leer su nombre grabado en la placa de su puerta: John W. Maxwell. Se fue en silencio, creyendo que todo su esfuerzo carecía de valor si no era para que otro pudiera seguir el camino en el punto exacto donde él lo había dejado.
Le gustaba pensar que el conocimiento sólo tiene sentido si a través de él era capaz de ofrecier a los demás la oportunidad de comprender todo aquello que había sufrido y los demás le concedía la oportunidad de asimilar lo que habían sufrido ellos. De esta forma, aceptaba que su vida era un eslabón de la cadena humana sin gran dramatismo. Una vez que aceptaba el dolor, construía su vida.
El sol estaba bajo y percibía que el aire sabía casi a limpio. Maxwel avanzaba hacia el hospital otro viernes más, dispuesto a trabajar en su última urgencia. Tenía un rostro alargado y rubicundo, una nariz grande, un mostacho que recordaba al de un viejo explorador y una calva prominente, oculta tras un gorro de visera que le confería un aspecto británico. Tenía sesenta y tres años. Había envejecido en los quirófanos, tejiendo colgajos, juntando arterias, desbrozando tejidos necróticos, recomponiendo cuerpos humanos.
El tiempo transcurre a gran velocidad cuando estás en el quirófano. Veinte años antes, asumía que ciertos accidentes no se podían resolver porque no se tenía conocimientos ni medios. Una vez superado el accidente agudo, Maxwell trabajaba sobre las secuelas paulatinamente, a lo largo de meses y años. Pero el día antes de su jubilación ya no era así. El experto cirujano intentaba dejar a sus pacientes lo mejor posible en el primer golpe. Después de tanto tiempo, aún le asombraba que la cirugía hubiera evolucionado tanto. Maxwell decía que el tiempo se había condensado prácticamente en un solo gesto, en un solo corte. Al menos, esa era la sensación que tenía, aunque hubiera estado en el quirófano más de diez horas. Después, cuando salía de una operación, sentía cómo todo se lentificaba, percibía que todo iba más despacio, como una película rodada a cámara lenta. Al llegar a casa, le preguntaba a su mujer qué día era. No sabía si había pasado un minuto o una hora.
Maxwel era director del área de cirugía plástica del hospital general de Londres. Se enfrentaba a las urgencias con pasión. A sus colegas les explicaba en los congresos que la urgencia estimulaba su imaginación. «Debes echar mano de todos los recursos culturales de que dispones para saber solucionar un caso. Eso implica agilidad e improvisación». En ocasiones, le gustaba compararse con un músico de jazz. «Repasas la partitura en diez o quince minutos y después ejecutas».
Tras dejar el maletín en su despacho, se dirigió a la sala de quemados. En la habitación 301 descansaba un paciente con quemaduras en más del cincuenta por ciento de su cuerpo. Mientras caminaba por el pasillo recordaba el protocolo: le diría que el hombre soporta lo que le echen, que el proceso de adaptación es asombroso. Pero en su larga experiencia como cirujano sabía que no había sufrimiento más dramático que el de un quemado.
El informe médico decía que era un minero nacido en Southapton. Una explosión de grisú y todo se fue al traste. El muchacho tenía veinticinco años y no era seguro que salvara sus piernas. Estaba aislado de los demás pacientes mientras el equipo de cirugía plástica observaba su evolución. Maxwel había escrito en una ponencia que los quemados tienen una sensación de muerte inicial tan agresiva, que viven el accidente con absoluta lucidez. También había escrito que la soledad aumenta el dolor agudo de las víctimas. Nadie mejor que un quemado para escribir sobre la muerte.
«Pero una vez que aceptas el dolor, construyes la vida», dejó escrito en su diario. Lo volvió a leer, antes de recoger sus cosas del despacho. Quizá esa era la única lección que había aprendido en cincuenta años encerrado en un hospital. Antes de cerrar la puerta de su despacho, volvió a leer su nombre grabado en la placa de su puerta: John W. Maxwell. Se fue en silencio, creyendo que todo su esfuerzo carecía de valor si no era para que otro pudiera seguir el camino en el punto exacto donde él lo había dejado.
Le gustaba pensar que el conocimiento sólo tiene sentido si a través de él era capaz de ofrecier a los demás la oportunidad de comprender todo aquello que había sufrido y los demás le concedía la oportunidad de asimilar lo que habían sufrido ellos. De esta forma, aceptaba que su vida era un eslabón de la cadena humana sin gran dramatismo. Una vez que aceptaba el dolor, construía su vida.
viernes, 24 de diciembre de 2010
Cuento de Navidad
La verdad os hará libres. Repitió la frase un par de veces, mientras se hacía una composición del lugar que habitaría los próximos días, hasta que el juez dictara un auto sobre su extradición. La verdad os hará libres, volvió a repetir mientras el funcionario le indicaba de forma aséptica y burocrática dónde podía hacer sus necesidades.
«Tranquilo, aquí se sentirá cómodo, nadie le molestará», le indicó el sargento Perkins antes de despedirse con una amable sonrisa y cerrar la puerta de acero. Assange no pudo evitar una irónica sonrisa, después de comprobar que su celda no tenía ventanas y que el espacio que ocupaba apenas permitía otra cosa que dar cuatro pasos desde la puerta hasta la pared, la misma distancia que recorría la cama, sin tropezarse con el lavabo y un sucio retrete.
Sus manos palparon los muros de cemento blanco y ladrillo. Se miró al espejo mientras desanudaba la corbata, el primer acto racional que su cuerpo ejecutaba después de haber declarado en la comisaría. Lo que había sucedido con antelación se representaba en su cabeza como un relámpago de hechos que lo habían conducido hasta allí: una confesión de inocencia, una detención, un relato sumario de sus derechos y la oscuridad de un furgón que lo trasladaría hasta Wandsworth.
Le habían denegado un ordenador, pero gozaba del extraño privilegio de poder vestir como un hombre cualquiera, en un lugar exótico, de manera que no tendría que abotonarse el incómodo uniforme de presidiario que vestían los demás reclusos del ala destinada a delincuentes sexuales pendientes de extradición. Curiosamente, aquello le hizo sentirse por un momento un extraño, un intruso. Las cosas no habían cambiado.
En Wandsworth, las paredes transmiten mensajes de otros presos. Sintió curiosidad por saber en qué celda se había hospedado Oscar Wilde, antes de ser trasladado al penal de Reading, pero evitó pensar que él fuera otro mártir. Quiso hablar con su madre, pero estaba incomunicado; esperó a tener contacto con su abogada, pero cualquier llamada se dilataba entre permisos burocráticos. Después, sobre la cama, dibujó en su mente un organigrama del Proyecto. Lo llamaba así. El Proyecto. Todo estaba controlado. Le había ganado la partida al sistema. Se durmió fundiéndose en un sueño, creyendo que Wikileaks era un susurro que almacenaba millones de cables, pequeños susurros escondidos en la memoria ram de un ordenador que desnudarían la diplomacia del mundo en cuestión de segundos. Antes de que despertara, su figura ya se había fundido con el millón de cables que había destapado. Si un hombre encarna la verdad y sólo la verdad, entonces es Dios, se dijo a sí mismo, un dios que desvelaba al mundo millones de palabras, frames, pixels, átomos y explosiones cuánticas que contenían la naturaleza del poder, de la guerra, de la muerte, de la mentira, de la locura, del odio. Cuando se despertó, se imaginó Wandsworth como el corazón de todos los secretos y que allí mismo se abriría el abismo que él había creado para que los hombres pudieran conocer, en algún momento de su vida, la verdad que escondían los demonios.
La verdad os hará libres, ronronea mientras devora el arroz que le han servido de cena. Al otro lado del muro, Matheus cumple condena por abusos sexuales y también tiene secretos como Julian. «Yo soy inocente», le dice, antes de apagar la luz de su celda. «Y como la mía, tu verdad tampoco es inocente».
«Tranquilo, aquí se sentirá cómodo, nadie le molestará», le indicó el sargento Perkins antes de despedirse con una amable sonrisa y cerrar la puerta de acero. Assange no pudo evitar una irónica sonrisa, después de comprobar que su celda no tenía ventanas y que el espacio que ocupaba apenas permitía otra cosa que dar cuatro pasos desde la puerta hasta la pared, la misma distancia que recorría la cama, sin tropezarse con el lavabo y un sucio retrete.
Sus manos palparon los muros de cemento blanco y ladrillo. Se miró al espejo mientras desanudaba la corbata, el primer acto racional que su cuerpo ejecutaba después de haber declarado en la comisaría. Lo que había sucedido con antelación se representaba en su cabeza como un relámpago de hechos que lo habían conducido hasta allí: una confesión de inocencia, una detención, un relato sumario de sus derechos y la oscuridad de un furgón que lo trasladaría hasta Wandsworth.
Le habían denegado un ordenador, pero gozaba del extraño privilegio de poder vestir como un hombre cualquiera, en un lugar exótico, de manera que no tendría que abotonarse el incómodo uniforme de presidiario que vestían los demás reclusos del ala destinada a delincuentes sexuales pendientes de extradición. Curiosamente, aquello le hizo sentirse por un momento un extraño, un intruso. Las cosas no habían cambiado.
En Wandsworth, las paredes transmiten mensajes de otros presos. Sintió curiosidad por saber en qué celda se había hospedado Oscar Wilde, antes de ser trasladado al penal de Reading, pero evitó pensar que él fuera otro mártir. Quiso hablar con su madre, pero estaba incomunicado; esperó a tener contacto con su abogada, pero cualquier llamada se dilataba entre permisos burocráticos. Después, sobre la cama, dibujó en su mente un organigrama del Proyecto. Lo llamaba así. El Proyecto. Todo estaba controlado. Le había ganado la partida al sistema. Se durmió fundiéndose en un sueño, creyendo que Wikileaks era un susurro que almacenaba millones de cables, pequeños susurros escondidos en la memoria ram de un ordenador que desnudarían la diplomacia del mundo en cuestión de segundos. Antes de que despertara, su figura ya se había fundido con el millón de cables que había destapado. Si un hombre encarna la verdad y sólo la verdad, entonces es Dios, se dijo a sí mismo, un dios que desvelaba al mundo millones de palabras, frames, pixels, átomos y explosiones cuánticas que contenían la naturaleza del poder, de la guerra, de la muerte, de la mentira, de la locura, del odio. Cuando se despertó, se imaginó Wandsworth como el corazón de todos los secretos y que allí mismo se abriría el abismo que él había creado para que los hombres pudieran conocer, en algún momento de su vida, la verdad que escondían los demonios.
La verdad os hará libres, ronronea mientras devora el arroz que le han servido de cena. Al otro lado del muro, Matheus cumple condena por abusos sexuales y también tiene secretos como Julian. «Yo soy inocente», le dice, antes de apagar la luz de su celda. «Y como la mía, tu verdad tampoco es inocente».
viernes, 10 de diciembre de 2010
Atrapados en la incertidumbre
Vivir atrapado en una permanente incertidumbre, ésa es la clave de nuestra vida diaria, desde que se desencadenó esta crisis económica que ha conseguido que el dinero se convierta en un escudo que confiere inmunidad espiritual a quien lo posee. El dinero, quién nos lo iba a decir, ofrece un espacio para la meditación. Pero ahora no hay dinero, tan sólo un espacio vacío que, lejos de ofrecer cierta paz en el individuo, crea una burbuja bajo la que aflora la incertidumbre.
Me gusta pensar que la incertidumbre de las bolsas, el trajín de los parqués, se ha extendido sobre las aceras que revisten la rutina de nuestra vida diaria. La incertidumbre es ese dinero silencioso, inestable e invisible de las cotizaciones bursátiles que se teje en los despachos de un banco. Frente al billete verde, perfectamente definido en su color, su olor y su textura, cobra más presencia el dinero eléctrico que recorre millones de kilómetros a través de redes a una velocidad infinitamente superior a la de una mano cuando se va al bolsillo para arañar un billete de cinco euros.
Los billetes eran una buena metáfora del dinero, del poder e incluso, para los calvinistas, un buen recurso para dar corporeidad al propio Dios. A veces me pregunto en qué momento llegó esta incertidumbre, cuándo el dinero se hizo gaseoso, volátil y, por lo tanto, inflamable. Quizás ese momento tuvo lugar cuando el dinero que no ocupaba espacio sustituyó al billete que se amontonaba en las cajas de seguridad de los bancos.
Uno de los efectos del dinero invisible es que crea incertidumbre y para domesticar la incertidumbre se impone el capitalismo autoritario de los gobiernos democráticos, que necesitan respirar en una atmósfera de incertidumbres para definir los límites de su propio poder. La incertidumbre justifica que los mercados internacionales impongan la desaparición del Estado del bienestar social para poder mantener su confianza en los gobiernos. La incertidumbre también explica por qué el rescate de Grecia o Irlanda son expresados como explosiones de pánico financiero similares a los atentados sufridos en Nueva York, Londres o Madrid. La incertidumbre, querido y desocupado lector, es el nuevo sistema nervioso de las sociedades que perciben el miedo económico con el mismo pánico que los gobiernos extienden sobre sus ciudadanos cada vez que alguien se olvida una mochila en una estación de tren.
Todos los gobiernos occidentales tratan de frenar la incertidumbre de este modo y, curiosamente, sólo consiguen crear más incertidumbre. La Unión Europea y los EE UU también viven en este estado de incertidumbre, así que aplican cualquier medida ante un problema, como si vivieran una compulsión supersticiosa por salvarse del abismo que ellos mismos han creado. Los países del euro defienden los rescates financieros como único instrumento que puede salvar el sistema económico de los estados y garantizar su capacidad de pagos. Sin embargo, todos los estados sienten que los rescates los hundirán mucho más en la miseria, porque supone sacrificar algo relativamente material, como es la soberanía, a cambio de un dinero que sigue siendo volátil. Es lo que tiene la incertidumbre.
Uno se pregunta si el plan de rescate aprobado para Irlanda es realmente una medida sostenible que pretende ayudar a quienes están más necesitados, una especie de socialismo ejercido desde la derecha que dominan el eje franco-alemán, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional. Realmente no es así o lo es en un sentido muy singular, pues el objetivo primordial no es ayudar a los pobres, sino a los ricos; no a aquellos que piden prestado, sino a aquellos que prestan. La ironía suprema es que el rescate del sistema bancario sólo es aceptable cuando sirve para salvar el capitalismo y no al tipo que le han cortado la luz, ay.
Me gusta pensar que la incertidumbre de las bolsas, el trajín de los parqués, se ha extendido sobre las aceras que revisten la rutina de nuestra vida diaria. La incertidumbre es ese dinero silencioso, inestable e invisible de las cotizaciones bursátiles que se teje en los despachos de un banco. Frente al billete verde, perfectamente definido en su color, su olor y su textura, cobra más presencia el dinero eléctrico que recorre millones de kilómetros a través de redes a una velocidad infinitamente superior a la de una mano cuando se va al bolsillo para arañar un billete de cinco euros.
Los billetes eran una buena metáfora del dinero, del poder e incluso, para los calvinistas, un buen recurso para dar corporeidad al propio Dios. A veces me pregunto en qué momento llegó esta incertidumbre, cuándo el dinero se hizo gaseoso, volátil y, por lo tanto, inflamable. Quizás ese momento tuvo lugar cuando el dinero que no ocupaba espacio sustituyó al billete que se amontonaba en las cajas de seguridad de los bancos.
Uno de los efectos del dinero invisible es que crea incertidumbre y para domesticar la incertidumbre se impone el capitalismo autoritario de los gobiernos democráticos, que necesitan respirar en una atmósfera de incertidumbres para definir los límites de su propio poder. La incertidumbre justifica que los mercados internacionales impongan la desaparición del Estado del bienestar social para poder mantener su confianza en los gobiernos. La incertidumbre también explica por qué el rescate de Grecia o Irlanda son expresados como explosiones de pánico financiero similares a los atentados sufridos en Nueva York, Londres o Madrid. La incertidumbre, querido y desocupado lector, es el nuevo sistema nervioso de las sociedades que perciben el miedo económico con el mismo pánico que los gobiernos extienden sobre sus ciudadanos cada vez que alguien se olvida una mochila en una estación de tren.
Todos los gobiernos occidentales tratan de frenar la incertidumbre de este modo y, curiosamente, sólo consiguen crear más incertidumbre. La Unión Europea y los EE UU también viven en este estado de incertidumbre, así que aplican cualquier medida ante un problema, como si vivieran una compulsión supersticiosa por salvarse del abismo que ellos mismos han creado. Los países del euro defienden los rescates financieros como único instrumento que puede salvar el sistema económico de los estados y garantizar su capacidad de pagos. Sin embargo, todos los estados sienten que los rescates los hundirán mucho más en la miseria, porque supone sacrificar algo relativamente material, como es la soberanía, a cambio de un dinero que sigue siendo volátil. Es lo que tiene la incertidumbre.
Uno se pregunta si el plan de rescate aprobado para Irlanda es realmente una medida sostenible que pretende ayudar a quienes están más necesitados, una especie de socialismo ejercido desde la derecha que dominan el eje franco-alemán, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional. Realmente no es así o lo es en un sentido muy singular, pues el objetivo primordial no es ayudar a los pobres, sino a los ricos; no a aquellos que piden prestado, sino a aquellos que prestan. La ironía suprema es que el rescate del sistema bancario sólo es aceptable cuando sirve para salvar el capitalismo y no al tipo que le han cortado la luz, ay.
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