El cielo colgado del tendal, la pajarita de papel que sueña con ser una oca, la luna en el desván y el caballero que pisa la sombra del absurdo mientras se fuma una pipa. La pipa es el arma con la que el intelectual dispara ráfagas de vida. La pipa de Hulot/Tati es la impersonalidad del hombre feliz que vuelve del revés la vida como un calcetín. Me gusta pensar que Rodolfo Pico es un pensamiento en imágenes, un flanneur que captura colores y geometrías como quien sale a buscar mariposas. Practica un pop lírico ordenado y sereno, alegre y divertido, un tanto surrealista y capaz de subvertir el mundo con la misma eficacia que un Magritte.
Hablamos de Rodolfo Pico, porque desde hace tres semanas expone nuevos cuadros junto a las fotografías de Carlos Casariego en la galería de Gema Llamazares. «Gijón-La Habana» es un diálogo entre Casariego, que se ocupa de descubrir la luz que ilumina las esquinas de Gijón, y Pico, que ocupa sus pinceles desvelando el chamanismo que ensombrece la capital de Cuba.
Lo que más me interesa de Rodolfo en esta ocasión es su capacidad para inventarse o crear una Habana en la que se reconoce sin haber estado en ella. Como en otros trabajos, vuelve a desacreditar la realidad, acertando con una ciudad que nunca pisó. En cualquier caso, el lirismo de La Habana le llega Pico por transmisión oral y familiar, y el suyo no deja de ser un relato tan válido y eficaz como el de cualquier otro viajero que selló su pasaporte.
Los maestros del diseño, el cartelismo, el pop, la poesía virtual y el arte objetual le deben mucho a Magritte. En España hay tres pintores que siguen su senda: Úrculo, Arrollo y, sobre todo, Pico. Úrculo explota la épica negra del cine, abusando del sombrero y la gabardina en todos sus cuadros. Eduardo Arroyo tiene ademanes de Goya y es el más expresionista. Quizá porque procede del periodismo, se le adivina hasta la hora en que pintó un cuadro, cuya historia el espectador debe escribir. En cambio, el más lírico, el más poeta de todos ellos es, sin duda alguna, Rodolfo. Su pintura es cerebral y reflexiva y, al igual que el pintor belga, juega a introducir lentamente el terror o la alegría en las habitaciones tranquilas o en los domingos vespertinos del bosque, de modo que nunca sabemos si el tema del cuadro está dentro o fuera.
Rodolfo se sabe un romántico, capaz de llevar su pintura hasta las últimas consecuencias. Decíamos antes que le gusta desacreditar la realidad. Habría que añadir que con su pintura trae consigo una realidad de gato bardo, a través de cuyos ojos se refleja la vida de otra forma. Pico sabe alterar un factor mínimo de nuestra rutina, con lo que todo el conjunto simétrico, toda esa geometría se desnivela y nos da otra cosa. De esta manera, adquirimos un nuevo significado capaz de estremecer nuestra conciencia de clase media, la que anhela un equilibro acechado siempre por los peligros del sinsentido, la bartorela o el suicidio de los ángeles.
"Hijos de puta, si os dejo con vida es por que habréis de amortajárme como a un ángel"
martes, 10 de mayo de 2011
Romántico que desacredita la realidad
Cioran, Gadafi y Zapatero
Se cumplen cien años del nacimiento de Cioran, nuestro Nietzsche del pasado siglo XX, un rumano lúcido y desesperado, que logró convertir la nada en el paraíso de los suicidas. Escribía un francés absurdo y brillante, preñado de sentencias e ironías clavadas en la tierra, como señales que nos indicaban el mejor camino hacia el abismo.
Estos días pienso qué habría dicho Cioran de Gadafi, de Libia y de la guerra santa. A fin de cuentas, la guerra es la explosión militar de una ideología. «Es estúpido imaginar que la verdad dependa de una elección, cuando, en realidad, toda toma de posición equivale a un desprecio a la verdad. Por desgracia, elegir, tomar una posición es una fatalidad a la que nadie escapa; todos debemos optar por un error, como convencidos a la fuerza, enfermos, agitados que somos».
Con un lenguaje más ratonero, los grandes líderes mundiales y otra recua de escritores que no son Cioran nos enfrentan al abismo de una guerra que no compartimos. El que anuncia catástrofes o genocidios, como ahora hace Zapatero, lo hace con tantas ganas de continuar en la política que no lo vemos nada asustado por las conspiraciones de sombra que rondan en el mausoleo monclovita. El periodista, el diputado y el intelectual de este siglo posmoderno y desestructurado viven de anunciarnos el fin del mundo, la catástrofe mundial, el fundamentalismo medieval, lo que vuelve, el viejo fascismo español cuyas banderas ondean los genoveses del Partido Popular.
El siglo XXI sufre una inflación de catástrofes. La catástrofe se escribe en un café de París, como Cioran, o en un puticlub de carretera, como el 11-M. Cioran se convirtió en el heraldo rumano de la muerte. Quería liberar al hombre de su destino y comprendió que la mejor forma de hacerlo era matándolo. Curiosamente, sólo veía la salvación en la muerte de los otros.
La intervención militar de España en Libia no tiene mayor credibilidad que el pesimismo lírico de Cioran. Resulta curioso que nos hablen de Gadafi como un monstruo que devora cruelmente a sus hijos. Hasta ayer, el viejo dictador libio era un hijo de puta, pero era nuestro hijo de puta, y todos lo invitaban a pasease con sus vírgenes suicidas por las capitales de medio mundo. La prensa de hoy nos habla de masacres en Bengasi, de genocidios, pero nadie ha visto correr una sola gota de sangre inocente en un fusilamiento pintado por Goya. De los rebeldes no sabemos quiénes son ni qué representan. Confunden revoluciones con revueltas, intervenciones militares con guerras preventivas. Como Cioran, todo termina siendo una confusión, asimilada al aire extraño que se respira.
Que vienen los libios, que viene Gadafi. Todo loco ve fantasmas en el corredor de su propia muerte. Cioran veía fantasmas en las calles perfumadas de París. Zapatero, ajeno a la muerte política que se le avecina en Madrid, extiende su mirada hacia Trípoli. Pero en todo este merecumbé, algo me hace pensar que quienes apoyan esta «revolución» no son más que instrumentos criminales que, lejos de cambiar los acontecimientos, sufren, por el contrario, su curso.
Estos días pienso qué habría dicho Cioran de Gadafi, de Libia y de la guerra santa. A fin de cuentas, la guerra es la explosión militar de una ideología. «Es estúpido imaginar que la verdad dependa de una elección, cuando, en realidad, toda toma de posición equivale a un desprecio a la verdad. Por desgracia, elegir, tomar una posición es una fatalidad a la que nadie escapa; todos debemos optar por un error, como convencidos a la fuerza, enfermos, agitados que somos».
Con un lenguaje más ratonero, los grandes líderes mundiales y otra recua de escritores que no son Cioran nos enfrentan al abismo de una guerra que no compartimos. El que anuncia catástrofes o genocidios, como ahora hace Zapatero, lo hace con tantas ganas de continuar en la política que no lo vemos nada asustado por las conspiraciones de sombra que rondan en el mausoleo monclovita. El periodista, el diputado y el intelectual de este siglo posmoderno y desestructurado viven de anunciarnos el fin del mundo, la catástrofe mundial, el fundamentalismo medieval, lo que vuelve, el viejo fascismo español cuyas banderas ondean los genoveses del Partido Popular.
El siglo XXI sufre una inflación de catástrofes. La catástrofe se escribe en un café de París, como Cioran, o en un puticlub de carretera, como el 11-M. Cioran se convirtió en el heraldo rumano de la muerte. Quería liberar al hombre de su destino y comprendió que la mejor forma de hacerlo era matándolo. Curiosamente, sólo veía la salvación en la muerte de los otros.
La intervención militar de España en Libia no tiene mayor credibilidad que el pesimismo lírico de Cioran. Resulta curioso que nos hablen de Gadafi como un monstruo que devora cruelmente a sus hijos. Hasta ayer, el viejo dictador libio era un hijo de puta, pero era nuestro hijo de puta, y todos lo invitaban a pasease con sus vírgenes suicidas por las capitales de medio mundo. La prensa de hoy nos habla de masacres en Bengasi, de genocidios, pero nadie ha visto correr una sola gota de sangre inocente en un fusilamiento pintado por Goya. De los rebeldes no sabemos quiénes son ni qué representan. Confunden revoluciones con revueltas, intervenciones militares con guerras preventivas. Como Cioran, todo termina siendo una confusión, asimilada al aire extraño que se respira.
Que vienen los libios, que viene Gadafi. Todo loco ve fantasmas en el corredor de su propia muerte. Cioran veía fantasmas en las calles perfumadas de París. Zapatero, ajeno a la muerte política que se le avecina en Madrid, extiende su mirada hacia Trípoli. Pero en todo este merecumbé, algo me hace pensar que quienes apoyan esta «revolución» no son más que instrumentos criminales que, lejos de cambiar los acontecimientos, sufren, por el contrario, su curso.
Dulce derrota
En algún momento, José Luis Rodríguez Zapatero y Alfredo Pérez Rubalcaba cruzarán una seria mirada, tan silenciosa como expresiva, que determinará el futuro de los dos. En ese instante perfectamente épico y con grandes dosis de dramatismo es probable que el primero comunique su renuncia a continuar ocupando el despacho presidencial en el palacio de la Moncloa y el segundo proclame su voluntad de salvar los muebles del partido en las próximas elecciones generales. En ese espacio de tiempo, dos formas de entender la política y el mundo se darán por fin la espalda y dará comienzo una nueva aventura sobre la que se verterán ríos de tinta. Pero hasta ese instante, habremos visto dos actitudes políticas antes que dos filosofías enfrentadas que, por momentos, desconfiaban la una de la otra, cuando no se admiraban. El joven Zapatero que llegó a secretario general actuaba impulsado por los sueños y contagiaba grandes dosis de ilusión entre sus votantes. En cambio, su ingenuidad e impericia solían derivar con frecuencia en un optimismo antropológico que le alejaba del sentido real de la política y de su electorado. No tenía en cuenta el valor de los hechos. Decía Winston Churchill que los hechos valen más que los sueños. Con la contundencia de los hechos actuaba Rubalcaba, por naturaleza sofista e infinitamente mucho más pragmático. Su acción política se desliza como una serpiente a ras de suelo (Alfonso Guerra lo sabe muy bien). Sus actos se dejan guiar por el rastro que dejan la ambición y otras miserias del ser humano, antes que por la buena voluntad y las promesas.
Pensamos en todo el tiempo que ha transcurrido desde que Rubalcaba asumió el cargo de vicepresidente, apenas unos meses, y observamos que se confía a Rodríguez Zapatero con extraordinaria solicitud desde el primer momento, pero no se entrega en sus manos. Actualmente, no toma parte en las opiniones del resto de sus correligionarios en la carrera sucesoria, impacientes por el comienzo de la campaña con la proclamación de otro candidato, pero cada gesto que realiza se convierte en la mejor ocasión para eclipsar a su jefe.
Tras abandonar el despacho, el Vicepresidente reconocerá el horizonte de la derrota. Algunos recordamos la «dulce derrota» del 96 que abrió las puertas del poder al Partido Popular y convirtió a Alfredo Pérez Rubalcaba en el portavoz parlamentario del Grupo Socialista en el Congreso de los Diputados durante mucho tiempo. A lo largo de ocho años en la oposición, unas primarias frustradas y dos secretarios generales, Rubalcaba fue el hombre que garantizaba la continuidad del felipismo en el Partido Socialista. Dos victorias consecutivas y siete años en el poder auparon a Rubalcaba hasta el Ministerio del Interior y ahora a la Vicepresidencia del Gobierno. Pues bien, la pregunta que debemos hacernos en estos momentos es la siguiente: ¿Es justo señalar que la continuidad del felipismo supuso la continuidad del Partido Socialista en todo este tiempo? Las próximas conspiraciones nos darán una respuesta si Alfredo Pérez Rubalcaba decide ser el candidato.
Pensamos en todo el tiempo que ha transcurrido desde que Rubalcaba asumió el cargo de vicepresidente, apenas unos meses, y observamos que se confía a Rodríguez Zapatero con extraordinaria solicitud desde el primer momento, pero no se entrega en sus manos. Actualmente, no toma parte en las opiniones del resto de sus correligionarios en la carrera sucesoria, impacientes por el comienzo de la campaña con la proclamación de otro candidato, pero cada gesto que realiza se convierte en la mejor ocasión para eclipsar a su jefe.
Tras abandonar el despacho, el Vicepresidente reconocerá el horizonte de la derrota. Algunos recordamos la «dulce derrota» del 96 que abrió las puertas del poder al Partido Popular y convirtió a Alfredo Pérez Rubalcaba en el portavoz parlamentario del Grupo Socialista en el Congreso de los Diputados durante mucho tiempo. A lo largo de ocho años en la oposición, unas primarias frustradas y dos secretarios generales, Rubalcaba fue el hombre que garantizaba la continuidad del felipismo en el Partido Socialista. Dos victorias consecutivas y siete años en el poder auparon a Rubalcaba hasta el Ministerio del Interior y ahora a la Vicepresidencia del Gobierno. Pues bien, la pregunta que debemos hacernos en estos momentos es la siguiente: ¿Es justo señalar que la continuidad del felipismo supuso la continuidad del Partido Socialista en todo este tiempo? Las próximas conspiraciones nos darán una respuesta si Alfredo Pérez Rubalcaba decide ser el candidato.
viernes, 18 de marzo de 2011
Refugio: cuento nuclear
Sintió cómo un espeso sabor a óxido se le pegaba al paladar. Quizá ése fuera el sabor de la muerte. En Fukushima se había iniciado la evacuación de todos los habitantes, pero el viejo Yukio había decidido esperar en su casa. Se sentía demasiado viejo como para correr ausentado por el ruido de las sirenas. En la radio, un locutor describía los efectos de la ola. A través de sus palabras, el profesor se imaginaba una cámara que recorría desde el aire los distritos de naves industriales arrasadas y las calles desiertas. Aquello le recordó Hiroshima o Dresde, una atmósfera desolada y anónima que quedaba registrada en la mente como el anhelo fantasmal de algo largamente repetido. Podía distinguir cafés, vagones de mercancía y coches acumulados en el fango. Los periodistas hablaban de rescates, de nacimientos y de muertes. El parte informativo daba paso a las reacciones de los gobiernos extranjeros. El comisario de Energía europeo había mencionado la palabra Apocalipsis. Se acercó a su biblioteca y se hizo con una Biblia que no había vuelto a leer desde que fuera un joven estudiante de Filosofía. Leyó «Yo soy el alfa y la omega» y no pudo evitar una terrible sonrisa.
Aquello no era el Apocalipsis o, al menos, no en su literalidad. El ruido de los helicópteros, cargados de agua, se había colado en su casa. Yukio pegó la cabeza al cristal de la ventana, enfocando con sus prismáticos el cielo blanco nuclear de la mañana, buscando alguno de esos helicópteros, pero estaban fuera de su campo. Por fin entendió el significado de fuera de campo, aquello que su amigo Sakamoto se había empeñado en explicarle con una cámara de ocho milímetros, en Roma, durante las vacaciones del cincuenta y seis. La vida estaba en el fuera de campo. Todo transcurría fuera de los márgenes de su mirada y, sin embargo, aunque no lo percibiera con sus ojos, sabía perfectamente lo que estaba sucediendo. Los helicópteros eran sólo un rumor que iba y venía con más fuerza narrativa que si los estuviera observando con sus prismáticos. La vejez le había enseñado que el campo visual de la vida es día a día más estrecho. Todo va sucediendo fuera de uno con más intensidad, con la intensidad de un reactor nuclear, pensó. El ruido de los helicópteros consiguió calmar la inquietud que provocaba el silencio de un pueblo en ruinas, la misma inquietud de un ciego desorientado.
En la radio, el locutor vivía pendiente del viento. En Tokio había mucho miedo y desconfianza. Yukio ya era demasiado viejo para desconfiar y demasiado inútil para temer. Sabía que la radiactividad se extendía más despacio que el miedo y la desconfianza. En el televisor, un radiólogo explicaba que la dirección y la fuerza del viento son de gran importancia. Si empujaba hacia el Sur, Tokio tendría serios problemas. Evacuar a toda la capital sería una labor titánica. Pero Tokio es algo más que una gran ciudad, sencillamente es un monstruo de treinta millones de habitantes; «Por eso nos fuimos a vivir a Fukushima», se dijo a sí mismo Yukio
Cuando terminó la guerra, Yukio era un joven de veinte años que estudiaba Filosofía en la Universidad de Nantes. A veces pensaba en cuando era pequeño y trataba de imaginarse la nueva centuria y cuánto progreso podría tener en sus manos si lograba atravesar el siglo. El locutor anunció una explosión en el tercer reactor de la central. Yukio volvió a sentir el mismo miedo, la misma extraña superstición que sesenta y seis años antes. Por una parte admiraba los logros científicos, de los que nunca dejaba de sorprenderse, pero la misma sorpresa era una puerta que abría todos los temores. El día que se inauguró la central nuclear, el alcalde de Fukushima le dijo que aquel monumento de la energía no era nada en comparación con todos los prodigios que la nación les tenía reservados. Entonces Yukio sintió la misma sensación de vértigo que ahora sufría con las palabras que se escapaban por la radio. Aquel «déjà vu» le sugería que cuanto mayor era el avance científico, más primitivos eran sus temores. En la radio, el locutor dijo: «La agencia meteorológica prevé vientos del Sur».
Aquello no era el Apocalipsis o, al menos, no en su literalidad. El ruido de los helicópteros, cargados de agua, se había colado en su casa. Yukio pegó la cabeza al cristal de la ventana, enfocando con sus prismáticos el cielo blanco nuclear de la mañana, buscando alguno de esos helicópteros, pero estaban fuera de su campo. Por fin entendió el significado de fuera de campo, aquello que su amigo Sakamoto se había empeñado en explicarle con una cámara de ocho milímetros, en Roma, durante las vacaciones del cincuenta y seis. La vida estaba en el fuera de campo. Todo transcurría fuera de los márgenes de su mirada y, sin embargo, aunque no lo percibiera con sus ojos, sabía perfectamente lo que estaba sucediendo. Los helicópteros eran sólo un rumor que iba y venía con más fuerza narrativa que si los estuviera observando con sus prismáticos. La vejez le había enseñado que el campo visual de la vida es día a día más estrecho. Todo va sucediendo fuera de uno con más intensidad, con la intensidad de un reactor nuclear, pensó. El ruido de los helicópteros consiguió calmar la inquietud que provocaba el silencio de un pueblo en ruinas, la misma inquietud de un ciego desorientado.
En la radio, el locutor vivía pendiente del viento. En Tokio había mucho miedo y desconfianza. Yukio ya era demasiado viejo para desconfiar y demasiado inútil para temer. Sabía que la radiactividad se extendía más despacio que el miedo y la desconfianza. En el televisor, un radiólogo explicaba que la dirección y la fuerza del viento son de gran importancia. Si empujaba hacia el Sur, Tokio tendría serios problemas. Evacuar a toda la capital sería una labor titánica. Pero Tokio es algo más que una gran ciudad, sencillamente es un monstruo de treinta millones de habitantes; «Por eso nos fuimos a vivir a Fukushima», se dijo a sí mismo Yukio
Cuando terminó la guerra, Yukio era un joven de veinte años que estudiaba Filosofía en la Universidad de Nantes. A veces pensaba en cuando era pequeño y trataba de imaginarse la nueva centuria y cuánto progreso podría tener en sus manos si lograba atravesar el siglo. El locutor anunció una explosión en el tercer reactor de la central. Yukio volvió a sentir el mismo miedo, la misma extraña superstición que sesenta y seis años antes. Por una parte admiraba los logros científicos, de los que nunca dejaba de sorprenderse, pero la misma sorpresa era una puerta que abría todos los temores. El día que se inauguró la central nuclear, el alcalde de Fukushima le dijo que aquel monumento de la energía no era nada en comparación con todos los prodigios que la nación les tenía reservados. Entonces Yukio sintió la misma sensación de vértigo que ahora sufría con las palabras que se escapaban por la radio. Aquel «déjà vu» le sugería que cuanto mayor era el avance científico, más primitivos eran sus temores. En la radio, el locutor dijo: «La agencia meteorológica prevé vientos del Sur».
sábado, 12 de marzo de 2011
Bardales
A José María Bardales le han dado un premio los muchachos de la Ser. Para ser más correctos, a la Ser le han concedido un Bardales y en nuestra conciencia luce un día de fiesta, porque lo que se premia no es una religión, sino un barrio y una vida que a lo largo de los años nos ha ido restando el miedo con sus homilías, con sus abrazos, con sus gestos.
Vivimos en una sociedad del miedo. Miedo a la vejez, la enfermedad, el fracaso, la soledad, el dolor. Miedo al miedo. Un miedo móvil, que a veces duele en la espalda, en la cabeza, que brujulea en los sueños. Resulta curioso que un ateo como yo encuentre sosiego frente al miedo en las palabras de Bardales. Y esa paz, esa seguridad, ya digo, no procede de ninguna creencia ni de ninguna duda, sino de la templanza y serenidad de un hombre bueno. Hay hombres capaces de apagar la llama fría del miedo arrojando palabras sobre sus ascuas. El miedo, como el dolor, desaparece con la luz, se hace soluble con los ademanes de una vida. Eso, quizás, es lo que nos sucede con Bardales.
José María no es un ser angelical, no es un santo bondadoso, ni beato. Es un hombre redimido por la realidad y por los trabajadores al servicio del pueblo, de su barrio, con todas sus contradicciones y dificultades, y todo su poso crítico que lo hace un tipo imprescindible para Gijón, pero no sólo por bueno, sino por inteligente.
Cuando leo a Bardales, me entran ganas de escribir ese libro a dos manos entre el ateo y el hombre religioso, ver qué sale de ese libro escrito entre el escéptico y el hombre de fe, que se han movido en la heterodoxia y suelen enfrentarse a las jerarquías. Al final, sería el libro de dos hombres de la calle, que viven la ciudad, hacen la ciudad y la escriben semana tras semana en este periódico.
En los funerales he visto yo cómo la vida se quedaba hueca de tiempo, cómo el tiempo se convertía en una herida, cómo el tedio se aliaba a la impaciencia, cómo el miedo saludaba a la tristeza y la vida, de pronto, era un cadáver camino del cementerio. En los funerales, he visto yo a las mujeres llorar espesas de insomnio, a los hombres enmudecer lastrados de sombra. Todos ellos sin esperar, sin buscar, sin pretender, atravesados por el viento y el paso de las horas. Con Bardales, sin embargo, no hay falsas promesas, ni difíciles consuelos. Y el dolor se libera compartiendo la pena. Sabe que sólo el recuerdo mantiene vivos a los muertos, que las obras valen más que los sueños. En ocasiones, me lo encuentro por la plaza Mayor, buscando él la compañía de Peláez o la tertulia de los curas. Entonces observo al cura de barrio, ese que buscó el cielo en la calle y que por eso, gracias a Dios, la Iglesia nunca lo convertirá en santo. Enhorabuena.
Vivimos en una sociedad del miedo. Miedo a la vejez, la enfermedad, el fracaso, la soledad, el dolor. Miedo al miedo. Un miedo móvil, que a veces duele en la espalda, en la cabeza, que brujulea en los sueños. Resulta curioso que un ateo como yo encuentre sosiego frente al miedo en las palabras de Bardales. Y esa paz, esa seguridad, ya digo, no procede de ninguna creencia ni de ninguna duda, sino de la templanza y serenidad de un hombre bueno. Hay hombres capaces de apagar la llama fría del miedo arrojando palabras sobre sus ascuas. El miedo, como el dolor, desaparece con la luz, se hace soluble con los ademanes de una vida. Eso, quizás, es lo que nos sucede con Bardales.
José María no es un ser angelical, no es un santo bondadoso, ni beato. Es un hombre redimido por la realidad y por los trabajadores al servicio del pueblo, de su barrio, con todas sus contradicciones y dificultades, y todo su poso crítico que lo hace un tipo imprescindible para Gijón, pero no sólo por bueno, sino por inteligente.
Cuando leo a Bardales, me entran ganas de escribir ese libro a dos manos entre el ateo y el hombre religioso, ver qué sale de ese libro escrito entre el escéptico y el hombre de fe, que se han movido en la heterodoxia y suelen enfrentarse a las jerarquías. Al final, sería el libro de dos hombres de la calle, que viven la ciudad, hacen la ciudad y la escriben semana tras semana en este periódico.
En los funerales he visto yo cómo la vida se quedaba hueca de tiempo, cómo el tiempo se convertía en una herida, cómo el tedio se aliaba a la impaciencia, cómo el miedo saludaba a la tristeza y la vida, de pronto, era un cadáver camino del cementerio. En los funerales, he visto yo a las mujeres llorar espesas de insomnio, a los hombres enmudecer lastrados de sombra. Todos ellos sin esperar, sin buscar, sin pretender, atravesados por el viento y el paso de las horas. Con Bardales, sin embargo, no hay falsas promesas, ni difíciles consuelos. Y el dolor se libera compartiendo la pena. Sabe que sólo el recuerdo mantiene vivos a los muertos, que las obras valen más que los sueños. En ocasiones, me lo encuentro por la plaza Mayor, buscando él la compañía de Peláez o la tertulia de los curas. Entonces observo al cura de barrio, ese que buscó el cielo en la calle y que por eso, gracias a Dios, la Iglesia nunca lo convertirá en santo. Enhorabuena.
lunes, 28 de febrero de 2011
Espaldarazo judicial
La Sección Octava de la Audiencia Provincial del Tribunal Superior de Asturias ha dado un fuerte espaldarazo a la instrucción seguida por López Pandiella al considerar que existen indicios suficientes para considerar que José Luis Iglesias Riopedre debe ser imputado en la llamada «operación Marea». Al ex consejero de Educación y Ciencia se le acusa de siete delitos contra la Administración pública. Las palabras escritas en el auto son determinantes: «Constan motivos bastantes para considerarle criminalmente responsable de dichos delitos en consideración al resultado de las investigaciones llevadas a cabo en el curso de esta instrucción». Las intervenciones telefónicas y la documentación requisada constituyen suficientes medios probatorios para poder hablar con rigor de indicios que justifiquen la instrucción. No obstante, la Audiencia ha decretado la libertad bajo fianza de 100.000 euros de Riopedre en atención a su estado de salud y a la disminución del riesgo existente en la manipulación o destrucción de las pruebas incriminatorias.
Ayer nos desayunábamos con otras declaraciones de la fiscalía, mientras se discutía la excarcelación de Riopedre: «El supuesto mal estado de salud de este señor no le impidió estar trabajando hasta que el verano pasado dimitió de su cargo; sus padecimientos los tiene desde hace muchos años, no son nuevos, y siguió desempeñando su trabajo hasta que decidió dimitir. Cuando se levante el secreto de sumario, sabremos algo más del porqué». Cuentan que poco tiempo después, las palabras de María Luisa García, fiscal encargada de la instrucción, fueron considerablemente rebajadas, pues colocaban la pelota de esta trama de corrupción sobre el tejado de Vicente Álvarez Areces. Sin embargo, quedó grabado aquel «porqué» y así constará en adelante como una dura insidia.
Probablemente, el auto de libertad bajo fianza es una forma de equilibrar la balanza entre el poder ejecutivo y el poder judicial. Habrá quien diga que este último aprovechó una buena oportunidad para lavarse la cara. En cualquier caso, a Riopedre se le ofrece una oportunidad para salir de la cárcel al tiempo que una instancia superior confirma la instrucción de López Pandiella. Pero independientemente de la interpretación que se haga, el auto es una buena noticia, pues tiene un valor político imprescindible para poder mantener la confianza en las instituciones. El auto de la Sección Octava de la Audiencia Provincial salvaguarda la actuación del poder judicial, al entrar en el contenido de la instrucción y considerar que existen indicios suficientes para imputar a los tres cargos públicos en la «operación Marea». Debemos recordar que hasta ayer, la presunción de inocencia y la presunción de legalidad en la justicia asturiana colisionaban en la opinión pública de los asturianos, creando un estado de incertidumbre político insólito en treinta años de democracia. Hasta ayer, no sólo estaba en entredicho la legalidad de tres responsables públicos, también se enjuiciaba la imparcialidad y transparencia de un sistema judicial encarnado en una juez que, hasta hace poco tiempo, ocupaba un asiento en los Juzgados de familia. Se dijo de ella que era inexperta, que actuaba impulsada por instintos que transcendían más allá del cumplimiento de la legalidad, que se regía desde la parcialidad política. En definitiva, trató de desautorizarse su instrucción, dando la espalda a la investigación que la Policía Nacional había llevado a cabo durante más de un año y medio. En pocas horas, la violencia y el menosprecio se desataron en la boca de muchos, fruto de la desconfianza y el partidismo que, como ya dijimos aquí, se extiende como la peste en cuanto se demuestra que está justificada. También se habló de deslealtades, de cuchilladas, pero nada se dijo sobre la trama o, sencillamente, se redujo artificialmente su importancia, convirtiéndola en la simple y obscena corruptela de una funcionaria. Sólo Javier Fernández ha manifestado públicamente la necesidad del esclarecimiento, caiga quien caiga. Lo dijo hace un mes y lo volvió a repetir hace unos días.
A pesar de todo, la gran mayoría de los ciudadanos sólo esperamos que el caso se resuelva lo antes posible, pues entendemos que el valor de la política está en juego desde que Iglesias Riopedre ingresó en la cárcel. A partir de ahora, habrá que enfriar las emociones y estar más atento al procedimiento que se sigue contra el ex consejero, María Jesús Otero y Marta Renedo, incluso, mordiéndose la lengua si es preciso. De nada sirven los arrebatos sentimentales, pues la política es algo más que una emoción, aunque esté impregnada de muchas o no se pueda entender sin ellas. Aunque el auto supone un afianzamiento de la instrucción, no creo que haya un solo asturiano que no desee el levantamiento del secreto de sumario, el único auto que verdaderamente podrá poner orden y concierto en el poder ejecutivo y judicial que, a lo largo de un mes, han vivido sometidos a la peor de las sospechas.
Tan esencial como imposible será para los asturianos que este asunto se resuelva antes de las elecciones. Quiere decirse que las próximas votaciones estarán enturbiadas con este asunto, con Riopedre o sin él en la cárcel.
Coda: Tiempo. Ésa es la clave. Para algunos, comienza a jugar a favor. A partir del próximo 5 de marzo, Francisco Álvarez-Cascos será proclamado candidato al Gobierno del Principado por su partido. Los que le conocen saben que será una auténtica ametralladora política. El tiempo, como digo, corre a su favor. Para la gran mayoría, en contra.
Ayer nos desayunábamos con otras declaraciones de la fiscalía, mientras se discutía la excarcelación de Riopedre: «El supuesto mal estado de salud de este señor no le impidió estar trabajando hasta que el verano pasado dimitió de su cargo; sus padecimientos los tiene desde hace muchos años, no son nuevos, y siguió desempeñando su trabajo hasta que decidió dimitir. Cuando se levante el secreto de sumario, sabremos algo más del porqué». Cuentan que poco tiempo después, las palabras de María Luisa García, fiscal encargada de la instrucción, fueron considerablemente rebajadas, pues colocaban la pelota de esta trama de corrupción sobre el tejado de Vicente Álvarez Areces. Sin embargo, quedó grabado aquel «porqué» y así constará en adelante como una dura insidia.
Probablemente, el auto de libertad bajo fianza es una forma de equilibrar la balanza entre el poder ejecutivo y el poder judicial. Habrá quien diga que este último aprovechó una buena oportunidad para lavarse la cara. En cualquier caso, a Riopedre se le ofrece una oportunidad para salir de la cárcel al tiempo que una instancia superior confirma la instrucción de López Pandiella. Pero independientemente de la interpretación que se haga, el auto es una buena noticia, pues tiene un valor político imprescindible para poder mantener la confianza en las instituciones. El auto de la Sección Octava de la Audiencia Provincial salvaguarda la actuación del poder judicial, al entrar en el contenido de la instrucción y considerar que existen indicios suficientes para imputar a los tres cargos públicos en la «operación Marea». Debemos recordar que hasta ayer, la presunción de inocencia y la presunción de legalidad en la justicia asturiana colisionaban en la opinión pública de los asturianos, creando un estado de incertidumbre político insólito en treinta años de democracia. Hasta ayer, no sólo estaba en entredicho la legalidad de tres responsables públicos, también se enjuiciaba la imparcialidad y transparencia de un sistema judicial encarnado en una juez que, hasta hace poco tiempo, ocupaba un asiento en los Juzgados de familia. Se dijo de ella que era inexperta, que actuaba impulsada por instintos que transcendían más allá del cumplimiento de la legalidad, que se regía desde la parcialidad política. En definitiva, trató de desautorizarse su instrucción, dando la espalda a la investigación que la Policía Nacional había llevado a cabo durante más de un año y medio. En pocas horas, la violencia y el menosprecio se desataron en la boca de muchos, fruto de la desconfianza y el partidismo que, como ya dijimos aquí, se extiende como la peste en cuanto se demuestra que está justificada. También se habló de deslealtades, de cuchilladas, pero nada se dijo sobre la trama o, sencillamente, se redujo artificialmente su importancia, convirtiéndola en la simple y obscena corruptela de una funcionaria. Sólo Javier Fernández ha manifestado públicamente la necesidad del esclarecimiento, caiga quien caiga. Lo dijo hace un mes y lo volvió a repetir hace unos días.
A pesar de todo, la gran mayoría de los ciudadanos sólo esperamos que el caso se resuelva lo antes posible, pues entendemos que el valor de la política está en juego desde que Iglesias Riopedre ingresó en la cárcel. A partir de ahora, habrá que enfriar las emociones y estar más atento al procedimiento que se sigue contra el ex consejero, María Jesús Otero y Marta Renedo, incluso, mordiéndose la lengua si es preciso. De nada sirven los arrebatos sentimentales, pues la política es algo más que una emoción, aunque esté impregnada de muchas o no se pueda entender sin ellas. Aunque el auto supone un afianzamiento de la instrucción, no creo que haya un solo asturiano que no desee el levantamiento del secreto de sumario, el único auto que verdaderamente podrá poner orden y concierto en el poder ejecutivo y judicial que, a lo largo de un mes, han vivido sometidos a la peor de las sospechas.
Tan esencial como imposible será para los asturianos que este asunto se resuelva antes de las elecciones. Quiere decirse que las próximas votaciones estarán enturbiadas con este asunto, con Riopedre o sin él en la cárcel.
Coda: Tiempo. Ésa es la clave. Para algunos, comienza a jugar a favor. A partir del próximo 5 de marzo, Francisco Álvarez-Cascos será proclamado candidato al Gobierno del Principado por su partido. Los que le conocen saben que será una auténtica ametralladora política. El tiempo, como digo, corre a su favor. Para la gran mayoría, en contra.
«La radio es mi ropa gastada, con la que me siento más cómodo y confortable»
Lleva dos meses en la radio. Dirige un magacín de cuatro horas y media de lunes a viernes en la RPA. Pachi Poncela es el maestro de ceremonias de «La radio es mía» y, en muy poco tiempo, ha recuperado a sus fieles con un programa ameno y divulgativo que devuelve el protagonismo a todos los asturianos ofreciéndoles su micrófono desde las diez de la mañana hasta las dos y media de la tarde.
-¿Cómo fue su primera entrevista?
-Fue a un paisano que llegó a Moscú en bicicleta. Mi jefe me metió en un estudio, me indicó cuáles eran los aparatos y me dijo: esto es para hablar tú, esto es para que hable el otro y después me dejó solo. De manera que yo no tenía mucha idea, pero entonces, como ahora, había una voz que me decía «O lo haces o lo haces». Bueno, pues lo hice.
-¿Los buenos periodistas aprendieron en situaciones desesperadas?
-Puede ser. Me acuerdo de una entrevista a Francisco Álvarez-Cascos en el año 91. Entonces debía ser diputado y secretario del Partido Popular. Yo estaba solo. Trabajaba en Radio Minuto. Era Navidad y por esas fechas Álvarez-Cascos solía acercarse a los estudios para felicitar las Fiestas. Ese día estaba solo y me dije: «Coño, Álvarez-Cascos. Tiene una entrevista». Con la mala suerte de que yo todavía no sabía manejar los mandos del estudio. Así que en lugar de dar a la palanca que debía le di a otra, de manera que tanto Cascos como yo nos escuchábamos con retardo. Eso hacía que los dos balbuceáramos al hablar y así se nos debió de escuchar. Fue un desastre. Lo pasé tan mal que no recuerdo qué diablos le pregunté.
-¿Qué le pasa a uno por la cabeza cuando abandona la publicidad y decide regresar a la radio?
-Piensas que vistes una ropa prestada, que no es la tuya, y cuando ya comienzas a acostumbrarte a esa ropa, de pronto se presenta la oportunidad de volver a vestir tu propia indumentaria, la de la radio, que ya es una ropa gastada, incluso con algún furaco, pero, a fin de cuentas, es tu ropa, con la que te sientes más caliente y confortable.
-¿En estos dos meses de programa ha visto algo en la profesión que antes no habías percibido?
-Que todos son mejores que yo. Cuando yo comencé, había gente que salía de la Facultad y muchos que surgían de modo espontáneo y, sin embargo, encajaban muy bien en la profesión. En cambio, por lo que respecta a los nuevos periodistas, creo que saben menos trucos de cocinero que antes. Dicho de otra manera, conocen la alta cocina, pero les falta todavía acertar con el punto de cocción. Son muy buenos profesionales pero, en ocasiones, no encuentro que tengan ganas de contar, de comunicar. A lo mejor, la espontaneidad de la comunicación se ha desvanecido. Por otra parte, en la radio y la tele siguen saliendo los mismos políticos, los mismos nombres, las mismas caras de siempre. Los mismos de hace veinte años. Y si no son los mismos nombres, son sus herederos.
-¿Se entrevista mirando a la pantalla del ordenador antes que a los ojos de los entrevistados?
-Creo que sí. Eso es algo que me llama mucho la atención. Trabajamos asistidos por monitores de ordenador. Antes mirabas a los ojos de las personas que entrevistabas, sus gestos, su postura. Todo eso decía mucho del personaje al que preguntabas. Ahora, por desgracia, es todo más frío.
-Imagínese que su vida es un western y que la radio supone su regreso al poblado después de unos años. De pronto, observa la ausencia de alguien.
-Yo creo que no falta nadie. Es probable que quien sobre sea yo.
-Eso es un exceso de modestia.
-No, no es cuestión de modestia. El pueblo sigue siendo el mismo, aunque las reglas, el marco o el ambiente, efectivamente, han cambiado. A lo mejor, han redecorado el «saloon», que ha perdido su mal olor y sus vomitonas y tampoco se puede beber ni fumar. Aun así, creo que la gente sigue siendo la misma.
-¿Siente nostalgia del pasado?
-No, porque no ha pasado tanto tiempo y hago lo mismo que hacía en el pasado. Siento otras cosas: comunicar es contar las cosas y cada uno tiene una forma, unos mejor y otros peor. Yo tengo la mía propia. No cambió tanto el lugar ni yo tampoco he cambiado tanto como para que haya una sorpresa o una nostalgia. Personalmente, me encuentro bastante intacto.
-¿Se cumplen las expectativas del programa?
-Alguien me dijo: «Cuatro horas y media de programa, vas a chiflar». De momento no ha sido así. Me siento como ese guaje que juega por vez primera en un campo nuevo. Al principio me asusté un poco. Ahora estoy tomando las medidas del campo. Desde dentro y desde fuera. Estamos indagando dónde hay que trabajar más y dónde no tanto, qué temas hay que tratar con más calma y qué otras con más celeridad. No obstante, también estamos empezando a disfrutar, pero seguimos rodando.
-Cuando analizaba la actualidad, decía que la veía exactamente igual a su época anterior. Desde un punto político, ¿el país necesita una regeneración política?
-No me gusta como suena. Lamento decir que cuando alguien me habla de regeneración me sale un sarpullido. De pronto tengo la impresión de que todo se hizo hasta ahora mal. Y es que regenerar suena a sajar, cortar, limpiar y operar. Seguro que habrá muchos que levanten la mano para regenerar y realmente no tengan la cura. Lo que encuentro realmente es una gran desilusión en la sociedad. Por otra parte es lógico con una crisis como ésta y casi cinco millones de parados. Creo que necesitamos un poco más de aire, que llegue savia nueva con un mensaje distinto, aunque suene muy utópico. Y no me refiero sólo a los políticos. Yo también me siento muy desilusionado.
-¿Con qué se siente desilusionado?
-Quizá con el sistema en general, que es un sistema acomodaticio. A lo mejor es que ya no tengo esperanzas en el género humano y vivo en el desencanto.
-¿Cree que la profesión se ha banalizado?
-Creo que sí. Vivimos sometidos a las audiencias y la publicidad. Vivimos la mercantilización de la profesión, tanto en prensa, televisión como en radio. Creo que todo se canaliza, se dirige desde arriba, a la vez que se trata de dar una respetabilidad a una profesión que nunca fue respetablemente seria, en el sentido de que siempre cobró mal. La respetabilidad de un periodista, actualmente, procede de la obligación de tener un título. Sin embargo, siempre hay alguien que se lucra a costa de una supuesta profesionalidad y de una vocación o ilusión que nunca menguó, a pesar del escaso salario que se gana. Incluso sentimos apuro por ganar perres en lo que nos gusta. Pero hay que reconocer que en el sector hay mucha gente que se dedicó al periodismo y otra mucha gente que nunca peleó por una noticia o estuvo en una redacción. Quizá todo mejorase si trabajáramos en buenas condiciones. Al final, todo eso repercute después en la cantidad de gente que trabaja en medios y no tiene una buena agenda ni referencias de nombres del pasado, que saben lo que ocurre pero no saben por qué. Descubro la falta de inquietud por saber lo que había antes. Y, además, asumo el error de generalizar.
-Pero eso no deja de sonar extraño, cuando quien lo dice se arriesga con un programa de cuatro horas y media.
-Vuelvo a la radio por necesidad personal de contar historias y lo hago también por mi hijo. Mi hijo, siempre que le preguntan en el colegio por el trabajo de su padre, dice que trabaja en la radio. Sin embargo, hasta no hace mucho tiempo me dedicaba a la publicidad y tenía la sensación de que lo que contaba era cierto y no lo era. Ahora puede decir con absoluta propiedad que su padre trabaja en al radio.
-¿Y cuando su chiquillo le pregunta qué es ser periodista?
-Mi hijo no pregunta lo obvio, porque en casa tiene a su padre, a su madre y a su tío. Prácticamente vive en una redacción. Para él, ver a su madre o a su padre en la televisión o escucharme en la radio es rutina.
-¿Tiene madera de periodista?
-No me gustaría que se dedicara a esto, pero reconozco que, incluso, cuando cuenta las cosas lo hace impostando la voz y describiéndolas con pelos y señales.
-¿Cómo fue su primera entrevista?
-Fue a un paisano que llegó a Moscú en bicicleta. Mi jefe me metió en un estudio, me indicó cuáles eran los aparatos y me dijo: esto es para hablar tú, esto es para que hable el otro y después me dejó solo. De manera que yo no tenía mucha idea, pero entonces, como ahora, había una voz que me decía «O lo haces o lo haces». Bueno, pues lo hice.
-¿Los buenos periodistas aprendieron en situaciones desesperadas?
-Puede ser. Me acuerdo de una entrevista a Francisco Álvarez-Cascos en el año 91. Entonces debía ser diputado y secretario del Partido Popular. Yo estaba solo. Trabajaba en Radio Minuto. Era Navidad y por esas fechas Álvarez-Cascos solía acercarse a los estudios para felicitar las Fiestas. Ese día estaba solo y me dije: «Coño, Álvarez-Cascos. Tiene una entrevista». Con la mala suerte de que yo todavía no sabía manejar los mandos del estudio. Así que en lugar de dar a la palanca que debía le di a otra, de manera que tanto Cascos como yo nos escuchábamos con retardo. Eso hacía que los dos balbuceáramos al hablar y así se nos debió de escuchar. Fue un desastre. Lo pasé tan mal que no recuerdo qué diablos le pregunté.
-¿Qué le pasa a uno por la cabeza cuando abandona la publicidad y decide regresar a la radio?
-Piensas que vistes una ropa prestada, que no es la tuya, y cuando ya comienzas a acostumbrarte a esa ropa, de pronto se presenta la oportunidad de volver a vestir tu propia indumentaria, la de la radio, que ya es una ropa gastada, incluso con algún furaco, pero, a fin de cuentas, es tu ropa, con la que te sientes más caliente y confortable.
-¿En estos dos meses de programa ha visto algo en la profesión que antes no habías percibido?
-Que todos son mejores que yo. Cuando yo comencé, había gente que salía de la Facultad y muchos que surgían de modo espontáneo y, sin embargo, encajaban muy bien en la profesión. En cambio, por lo que respecta a los nuevos periodistas, creo que saben menos trucos de cocinero que antes. Dicho de otra manera, conocen la alta cocina, pero les falta todavía acertar con el punto de cocción. Son muy buenos profesionales pero, en ocasiones, no encuentro que tengan ganas de contar, de comunicar. A lo mejor, la espontaneidad de la comunicación se ha desvanecido. Por otra parte, en la radio y la tele siguen saliendo los mismos políticos, los mismos nombres, las mismas caras de siempre. Los mismos de hace veinte años. Y si no son los mismos nombres, son sus herederos.
-¿Se entrevista mirando a la pantalla del ordenador antes que a los ojos de los entrevistados?
-Creo que sí. Eso es algo que me llama mucho la atención. Trabajamos asistidos por monitores de ordenador. Antes mirabas a los ojos de las personas que entrevistabas, sus gestos, su postura. Todo eso decía mucho del personaje al que preguntabas. Ahora, por desgracia, es todo más frío.
-Imagínese que su vida es un western y que la radio supone su regreso al poblado después de unos años. De pronto, observa la ausencia de alguien.
-Yo creo que no falta nadie. Es probable que quien sobre sea yo.
-Eso es un exceso de modestia.
-No, no es cuestión de modestia. El pueblo sigue siendo el mismo, aunque las reglas, el marco o el ambiente, efectivamente, han cambiado. A lo mejor, han redecorado el «saloon», que ha perdido su mal olor y sus vomitonas y tampoco se puede beber ni fumar. Aun así, creo que la gente sigue siendo la misma.
-¿Siente nostalgia del pasado?
-No, porque no ha pasado tanto tiempo y hago lo mismo que hacía en el pasado. Siento otras cosas: comunicar es contar las cosas y cada uno tiene una forma, unos mejor y otros peor. Yo tengo la mía propia. No cambió tanto el lugar ni yo tampoco he cambiado tanto como para que haya una sorpresa o una nostalgia. Personalmente, me encuentro bastante intacto.
-¿Se cumplen las expectativas del programa?
-Alguien me dijo: «Cuatro horas y media de programa, vas a chiflar». De momento no ha sido así. Me siento como ese guaje que juega por vez primera en un campo nuevo. Al principio me asusté un poco. Ahora estoy tomando las medidas del campo. Desde dentro y desde fuera. Estamos indagando dónde hay que trabajar más y dónde no tanto, qué temas hay que tratar con más calma y qué otras con más celeridad. No obstante, también estamos empezando a disfrutar, pero seguimos rodando.
-Cuando analizaba la actualidad, decía que la veía exactamente igual a su época anterior. Desde un punto político, ¿el país necesita una regeneración política?
-No me gusta como suena. Lamento decir que cuando alguien me habla de regeneración me sale un sarpullido. De pronto tengo la impresión de que todo se hizo hasta ahora mal. Y es que regenerar suena a sajar, cortar, limpiar y operar. Seguro que habrá muchos que levanten la mano para regenerar y realmente no tengan la cura. Lo que encuentro realmente es una gran desilusión en la sociedad. Por otra parte es lógico con una crisis como ésta y casi cinco millones de parados. Creo que necesitamos un poco más de aire, que llegue savia nueva con un mensaje distinto, aunque suene muy utópico. Y no me refiero sólo a los políticos. Yo también me siento muy desilusionado.
-¿Con qué se siente desilusionado?
-Quizá con el sistema en general, que es un sistema acomodaticio. A lo mejor es que ya no tengo esperanzas en el género humano y vivo en el desencanto.
-¿Cree que la profesión se ha banalizado?
-Creo que sí. Vivimos sometidos a las audiencias y la publicidad. Vivimos la mercantilización de la profesión, tanto en prensa, televisión como en radio. Creo que todo se canaliza, se dirige desde arriba, a la vez que se trata de dar una respetabilidad a una profesión que nunca fue respetablemente seria, en el sentido de que siempre cobró mal. La respetabilidad de un periodista, actualmente, procede de la obligación de tener un título. Sin embargo, siempre hay alguien que se lucra a costa de una supuesta profesionalidad y de una vocación o ilusión que nunca menguó, a pesar del escaso salario que se gana. Incluso sentimos apuro por ganar perres en lo que nos gusta. Pero hay que reconocer que en el sector hay mucha gente que se dedicó al periodismo y otra mucha gente que nunca peleó por una noticia o estuvo en una redacción. Quizá todo mejorase si trabajáramos en buenas condiciones. Al final, todo eso repercute después en la cantidad de gente que trabaja en medios y no tiene una buena agenda ni referencias de nombres del pasado, que saben lo que ocurre pero no saben por qué. Descubro la falta de inquietud por saber lo que había antes. Y, además, asumo el error de generalizar.
-Pero eso no deja de sonar extraño, cuando quien lo dice se arriesga con un programa de cuatro horas y media.
-Vuelvo a la radio por necesidad personal de contar historias y lo hago también por mi hijo. Mi hijo, siempre que le preguntan en el colegio por el trabajo de su padre, dice que trabaja en la radio. Sin embargo, hasta no hace mucho tiempo me dedicaba a la publicidad y tenía la sensación de que lo que contaba era cierto y no lo era. Ahora puede decir con absoluta propiedad que su padre trabaja en al radio.
-¿Y cuando su chiquillo le pregunta qué es ser periodista?
-Mi hijo no pregunta lo obvio, porque en casa tiene a su padre, a su madre y a su tío. Prácticamente vive en una redacción. Para él, ver a su madre o a su padre en la televisión o escucharme en la radio es rutina.
-¿Tiene madera de periodista?
-No me gustaría que se dedicara a esto, pero reconozco que, incluso, cuando cuenta las cosas lo hace impostando la voz y describiéndolas con pelos y señales.
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