La óptica del mundo, desde esta ciudad, ha cambiado completamente; la realidad ha dado la vuelta en el último año y se resuelve políticamente con una salida ultra-conservadora. En una democracia moderna se puede engañar a la mayoría de la gente la mayor parte del tiempo, pero hay que pagar un precio. Tras la última reforma laboral, el PSOE ya sabe cuál es.
Según los últimos sondeos, una gran parte de los gijoneses tenía una opinión favorable de sus servicios públicos. En cambio, en cuanto se les propone privatizarlos con el fin de ahorrar dinero e incrementar su eficiencia, curiosamente, se callan.
Nueve concejales de FAC y cinco del PP en el Ayuntamiento de Gijón demuestran que ha triunfado una derecha que presenta a gestores antes que a políticos, que convierte la política en un vicio y la gestión neutra en una virtud natural. Hablamos de la misma ideología que consigue reducir la administración pública a un aparato personalista, alejada del papel decisivo que juega en la política cultural, social y económica de los pueblos.
La crisis económica ha jugado un papel determinante en la debacle del PSOE en toda Asturias y, especialmente, en Gijón, pero no es menos cierto que el PSOE debe hacer una reflexión profunda de todos sus planteamientos políticos, ideológicos y organizativos. En Gijón se hace necesario un congreso local que, en puridad, permita al partido rearmarse para jugar un papel decisivo en los próximos años, ya sea con un gobierno en minoría o, directamente, en la oposición.
Tengo la sensación de que el PSOE suprimió el debate genuino que ha vivido la izquierda durante los dos últimos años. Cómo gestionar una crisis desde la izquierda es difícil y la mayoría de los vecinos de Gijón ha castigado al partido porque no se siente partícipe de este debate. Se le dice qué pensar y cómo hacerlo. Se le hace sentir incompetente en cuanto entra en detalles cuando no se le hace creer que los problemas ya fueron resueltos hace tiempo o no tienen solución, invocando el sacrificio.
Definitivamente, se hace necesario un congreso extraordinario, donde la militancia se mire a los ojos y acepte el reto de responder si está preparado para asumir cuatro años de oposición, si tiene cuadros suficientes, si debe democratizar sus estructuras internas, si está dispuesto a abrirlas a la sociedad civil. Me pregunto qué marco moral puede proponer para explicar sus objetivos y justificar sus metas y encuentro que la respuesta está en un congreso. Siento que comienza un desafío y es en el corazón de la izquierda.
"Hijos de puta, si os dejo con vida es por que habréis de amortajárme como a un ángel"
viernes, 3 de junio de 2011
Comienza un desafío
Democracia y suicidio
Es probable que, después de estas elecciones municipales, la izquierda española deba replantearse completamente los presupuestos ideológicos sobre los que se asienta. La marabunta de jóvenes parados asentados en la Puerta del Sol expone que las grandes masas de obreros y las élites progresistas se han quedado aisladas en este nuevo mundo del poder, donde los bancos son realmente quienes toman las decisiones: un aislamiento que aunque por una parte ha preservado cierta claridad y limpieza mental, también las ha vuelto conservadoras. Por tanto, comenzamos a observar un conformismo de izquierdas.
Entre los partidos de la izquierda y la joven sociedad española se ha abierto un abismo insuperable que se concreta en el manejo de lenguajes diferentes. Ni unos ni otros lograrán comprenderse, porque la representatividad de los primeros sobre los segundos, en estos momentos, está rota. El conformismo oficial, nacional, el del sistema, se ha vuelto más conformista a partir del momento en el que el poder financiero ha ido tomando las riendas de nuestras vidas. Es un poder infinitamente más eficaz que cualquier otro anterior. La nueva-vieja opción que plantea la juventud española que se declara de izquierdas es la abstención. Ningún partido los representa. Han determinado cuáles son sus problemas y reprochan a los partidos la ausencia de soluciones. Se expresan en régimen asambleario y no aceptan ninguna jerarquía. Nadie está delante ni detrás de sus decisiones. Sin embargo, contrasta este entusiasmo anarcoide con la realidad de su tiempo; de modo que al tiempo que reclaman una democracia más real, entre pancartas y proclamas, dibujan a su alrededor un inmenso vacío, el vacío de una generación perdida que no distingue, en su lucidez, ningún atisbo de horizonte.
La abstención es un suicidio político, en ningún caso una protesta. La abstención entendida como suicidio, y en el mejor de los casos, mutilación, no deja de ser un modo de ejercer la venganza sobre un régimen partitocrático que paulatinamente degenera en sistemas de corrupción legalizada. En estas elecciones, como proclamaba «El País» en uno de sus titulares, también se presenta la corrupción. De modo que los jóvenes apostados en la plaza Mayor, más que una reivindicación, han decidido suicidarse, ejercer la venganza más antigua, casi eterna, un gesto deprecativo del vencido que vierte su sangre sobre el vencedor. Ay.
Entre los partidos de la izquierda y la joven sociedad española se ha abierto un abismo insuperable que se concreta en el manejo de lenguajes diferentes. Ni unos ni otros lograrán comprenderse, porque la representatividad de los primeros sobre los segundos, en estos momentos, está rota. El conformismo oficial, nacional, el del sistema, se ha vuelto más conformista a partir del momento en el que el poder financiero ha ido tomando las riendas de nuestras vidas. Es un poder infinitamente más eficaz que cualquier otro anterior. La nueva-vieja opción que plantea la juventud española que se declara de izquierdas es la abstención. Ningún partido los representa. Han determinado cuáles son sus problemas y reprochan a los partidos la ausencia de soluciones. Se expresan en régimen asambleario y no aceptan ninguna jerarquía. Nadie está delante ni detrás de sus decisiones. Sin embargo, contrasta este entusiasmo anarcoide con la realidad de su tiempo; de modo que al tiempo que reclaman una democracia más real, entre pancartas y proclamas, dibujan a su alrededor un inmenso vacío, el vacío de una generación perdida que no distingue, en su lucidez, ningún atisbo de horizonte.
La abstención es un suicidio político, en ningún caso una protesta. La abstención entendida como suicidio, y en el mejor de los casos, mutilación, no deja de ser un modo de ejercer la venganza sobre un régimen partitocrático que paulatinamente degenera en sistemas de corrupción legalizada. En estas elecciones, como proclamaba «El País» en uno de sus titulares, también se presenta la corrupción. De modo que los jóvenes apostados en la plaza Mayor, más que una reivindicación, han decidido suicidarse, ejercer la venganza más antigua, casi eterna, un gesto deprecativo del vencido que vierte su sangre sobre el vencedor. Ay.
martes, 10 de mayo de 2011
Gerónimo
Los cables secretos de Wikileaks desvelaron hace unos meses la principal obsesión de los asesores del presidente de la Casa Blanca: matar a Osama Bin Laden. Los mismos cables publicados por la organización de Julian Assange constataban la presencia del líder talibán en Pakistán y la desidia de los servicios secretos paquistaníes en la búsqueda y captura del hombre que encabezaba hasta hace unos días la organización terrorista más peligrosa del planeta. Curiosamente, los mismos cables también registraban la opinión del embajador americano en Nueva Delhi o la convicción de algunos asesores militares en Tayikistán. Todos ellos concluían que más que desidia, el ISI, el siniestro servicio de inteligencia paquistaní, permitía a Osama Bin Laden vivir en libertad.
El pasado lunes, la humanidad conocía la muerte del terrorista saudí. Diez años después de la caída de las Torres Gemelas, el mayor atentado terrorista de la historia, Bin Laden era ejecutado de un disparo en la mansión de Abbottabad, situada a sesenta kilómetros de Islamabad, convertida hoy en lugar de peregrinación. La llamada «operación Gerónimo», desarrollada por veinte soldados SEAL estadounidenses y helicópteros Black Hawk, concluyó con un tiroteo, según informó John Brennan, el consejero para la lucha antiterrorista del presidente de los EE UU, que pondría fin a la vida de Osama. Según Brennan, el cuerpo sería hundido en el mar conforme al rito funerario islámico.
La Casa Blanca anunciaba el miércoles que no publicaría las fotos que certifican el cadáver de Bin Laden porque no las considera necesarias para verificar su muerte y porque al Gobierno de Barack Obama no le gusta enseñar sus trofeos. Al instante surgieron las primeras preguntas: ¿cómo diablos murió?, ¿planteó resistencia? o por el contrario ¿fue una ejecución? La maquinaria de desinformación del Gobierno norteamericano comenzó a funcionar desde el primer minuto. Osama Bin Laden no tuvo oportunidad de defenderse con ninguna arma, pero planteó la suficiente resistencia como para justificar su muerte, explicaba el portavoz de la Casa Blanca, Jay Carney: «La resistencia no requiere de un arma de fuego». Por el contrario, su ambigüedad, el tono con el que siempre se extiende la desinformación, no ha sido esta vez la suficiente para ocultar lo que «The New York Times» confirmaba ayer: la «operación Gerónimo» no dio opción alguna al puñado de guardaespaldas de Bin Laden para plantear batalla frente a los veinte soldados de élite americanos.
El relato de lo que fue Gerónimo es ambiguo y muta al paso de las horas, pero encierra el deseo de muchos americanos que fue vertido, como decíamos antes, en los cables de Wikileaks: la venganza. En cualquier caso, la muerte de Bin Laden pone de manifiesto otros hechos de estremecedora relevancia. El ejercicio continuo de la tortura en cárceles secretas para acceder a confesiones o declaraciones de escaso valor en la lucha contra el terrorismo islámico continúa siendo una rutina en el primer Gobierno de Barack Obama, la opacidad informativa transmitida desde el despacho oval del presidente negro sigue siendo tan ominosa como la de su predecesor. La acción militar al margen de los procedimientos legales se rige bajo la premisa de los hechos consumados. Desgraciadamente, sobre esta pauta, resulta muy difícil aceptar la legitimidad de la muerte del enemigo número uno del mundo. Desde el lunes, ya no podemos saber qué habría pasado si Osama Bin Laden hubiera sido apresado y sometido a un juicio, como sucedió, al menos, con Saddan Hussein o con tantos monstruos nacidos al albur de la pesadilla nacional-socialista, en los tribunales de Nuremberg. En España sabemos muy bien que descabezar una organización terrorista no implica necesariamente su destrucción.
Finalmente, la muerte de Osama Bin Laden también ha servido para reconocer cuál ha sido la actitud del resto de países que participan en Afganistán en la lucha contra el terrorismo islámico y, en especial, la de España. El hombre que lidera la alianza de civilizaciones, José Luis Rodríguez Zapatero, expresaba su posición de forma contundente: «Es muy probable que el destino de Bin Laden sea un destino buscado por él mismo después de su sanguinaria trayectoria». Con este tipo de declaraciones, tiene razón Gaspar Llamazares, nuestro Presidente está irreconocible.
El pasado lunes, la humanidad conocía la muerte del terrorista saudí. Diez años después de la caída de las Torres Gemelas, el mayor atentado terrorista de la historia, Bin Laden era ejecutado de un disparo en la mansión de Abbottabad, situada a sesenta kilómetros de Islamabad, convertida hoy en lugar de peregrinación. La llamada «operación Gerónimo», desarrollada por veinte soldados SEAL estadounidenses y helicópteros Black Hawk, concluyó con un tiroteo, según informó John Brennan, el consejero para la lucha antiterrorista del presidente de los EE UU, que pondría fin a la vida de Osama. Según Brennan, el cuerpo sería hundido en el mar conforme al rito funerario islámico.
La Casa Blanca anunciaba el miércoles que no publicaría las fotos que certifican el cadáver de Bin Laden porque no las considera necesarias para verificar su muerte y porque al Gobierno de Barack Obama no le gusta enseñar sus trofeos. Al instante surgieron las primeras preguntas: ¿cómo diablos murió?, ¿planteó resistencia? o por el contrario ¿fue una ejecución? La maquinaria de desinformación del Gobierno norteamericano comenzó a funcionar desde el primer minuto. Osama Bin Laden no tuvo oportunidad de defenderse con ninguna arma, pero planteó la suficiente resistencia como para justificar su muerte, explicaba el portavoz de la Casa Blanca, Jay Carney: «La resistencia no requiere de un arma de fuego». Por el contrario, su ambigüedad, el tono con el que siempre se extiende la desinformación, no ha sido esta vez la suficiente para ocultar lo que «The New York Times» confirmaba ayer: la «operación Gerónimo» no dio opción alguna al puñado de guardaespaldas de Bin Laden para plantear batalla frente a los veinte soldados de élite americanos.
El relato de lo que fue Gerónimo es ambiguo y muta al paso de las horas, pero encierra el deseo de muchos americanos que fue vertido, como decíamos antes, en los cables de Wikileaks: la venganza. En cualquier caso, la muerte de Bin Laden pone de manifiesto otros hechos de estremecedora relevancia. El ejercicio continuo de la tortura en cárceles secretas para acceder a confesiones o declaraciones de escaso valor en la lucha contra el terrorismo islámico continúa siendo una rutina en el primer Gobierno de Barack Obama, la opacidad informativa transmitida desde el despacho oval del presidente negro sigue siendo tan ominosa como la de su predecesor. La acción militar al margen de los procedimientos legales se rige bajo la premisa de los hechos consumados. Desgraciadamente, sobre esta pauta, resulta muy difícil aceptar la legitimidad de la muerte del enemigo número uno del mundo. Desde el lunes, ya no podemos saber qué habría pasado si Osama Bin Laden hubiera sido apresado y sometido a un juicio, como sucedió, al menos, con Saddan Hussein o con tantos monstruos nacidos al albur de la pesadilla nacional-socialista, en los tribunales de Nuremberg. En España sabemos muy bien que descabezar una organización terrorista no implica necesariamente su destrucción.
Finalmente, la muerte de Osama Bin Laden también ha servido para reconocer cuál ha sido la actitud del resto de países que participan en Afganistán en la lucha contra el terrorismo islámico y, en especial, la de España. El hombre que lidera la alianza de civilizaciones, José Luis Rodríguez Zapatero, expresaba su posición de forma contundente: «Es muy probable que el destino de Bin Laden sea un destino buscado por él mismo después de su sanguinaria trayectoria». Con este tipo de declaraciones, tiene razón Gaspar Llamazares, nuestro Presidente está irreconocible.
Me gusta José Mourinho
Me gusta Mourinho, quizá porque es un mal perdedor, o un gran perdedor, quizá porque es capaz de comportarse como un hombre vulgar, o porque es incapaz de digerir la derrota, y al mismo tiempo se comporta como un ser extraordinario, cruel y mordaz. Mourinho es un hombre solitario y su orgullo consiste en que uno le trate como un hombre sin orgullo si no quiere lamentarlo. Habla como el hombre de su época, con tosco ingenio, sentimiento de lo grotesco, repugnancia por los fingimientos y desprecio por la mezquindad. Si hubiera bastantes hombres como él, el fútbol sería más honesto y lo suficientemente ameno como para que mereciera la pena hablar de él.
Me gusta José Mourinho, quizá porque aporta al deporte una mirada realista que rompe con el estereotipo del entrenador erudito y carente de emociones (Guardiola), un tipo más humano y cercano al forofo (Inda), capaz de convertir tus pensamientos en un montón de cenizas. Sobre ese sentido realista del fútbol, Mourinho es capaz de tejer una trama política y violenta, urbana y criminal.
Me gusta José Mourinho, su aspecto rudo y gris, porque convierte en oro sus remordimientos y no le teme a nada ni a nadie. Le tiene sin cuidado que los demás sean más elegantes, le resulta indiferente que sus modales sean detestables, y aunque después lo lamente, en el fondo, no le importa que le expulsen del campo porque sabe que el fútbol se juega en las gradas y no en el césped.
Me gusta José Mourinho porque es un revolucionario sin claveles capaz de doblar con su mirada el tronco de un fusil. Me gustan sus gestos y sus palabras, sí, porque crean un marcado contraste entre la humilde apariencia y la integridad personal, porque su ironía revuelve los estómagos de los buenos deportistas, porque consigue amortizar con su fracaso cualquier tipo de derrota, porque convierte destila orgullo y cinismo cuando exprime su locura.
Me gusta José Mourinho porque considera que el escándalo forma parte de la vida social y el fútbol es un mundo que da nauseas. Me gusta Mourinho porque uno sólo puede llegar a pensar eso cuando el negocio consiste en estar de paso. Así que la idea del fútbol que tiene Mourinho es que se trata de un deporte que se pudre cuando tu equipo disfruta rompiendo tibias y a tu estómago se le repiten las victorias. Me gusta Mourinho, lo reconozco, porque cuando gana es un ángel sin alas y cuando pierde un perro al que le sangran las encías. Convierte cada competición en un titular que los demás creen haber leído en alguna parte y después olvidan.
Y sin embargo, a Mourinho, todo el mundo le recuerda.
Me gusta José Mourinho, quizá porque aporta al deporte una mirada realista que rompe con el estereotipo del entrenador erudito y carente de emociones (Guardiola), un tipo más humano y cercano al forofo (Inda), capaz de convertir tus pensamientos en un montón de cenizas. Sobre ese sentido realista del fútbol, Mourinho es capaz de tejer una trama política y violenta, urbana y criminal.
Me gusta José Mourinho, su aspecto rudo y gris, porque convierte en oro sus remordimientos y no le teme a nada ni a nadie. Le tiene sin cuidado que los demás sean más elegantes, le resulta indiferente que sus modales sean detestables, y aunque después lo lamente, en el fondo, no le importa que le expulsen del campo porque sabe que el fútbol se juega en las gradas y no en el césped.
Me gusta José Mourinho porque es un revolucionario sin claveles capaz de doblar con su mirada el tronco de un fusil. Me gustan sus gestos y sus palabras, sí, porque crean un marcado contraste entre la humilde apariencia y la integridad personal, porque su ironía revuelve los estómagos de los buenos deportistas, porque consigue amortizar con su fracaso cualquier tipo de derrota, porque convierte destila orgullo y cinismo cuando exprime su locura.
Me gusta José Mourinho porque considera que el escándalo forma parte de la vida social y el fútbol es un mundo que da nauseas. Me gusta Mourinho porque uno sólo puede llegar a pensar eso cuando el negocio consiste en estar de paso. Así que la idea del fútbol que tiene Mourinho es que se trata de un deporte que se pudre cuando tu equipo disfruta rompiendo tibias y a tu estómago se le repiten las victorias. Me gusta Mourinho, lo reconozco, porque cuando gana es un ángel sin alas y cuando pierde un perro al que le sangran las encías. Convierte cada competición en un titular que los demás creen haber leído en alguna parte y después olvidan.
Y sin embargo, a Mourinho, todo el mundo le recuerda.
Guillot: «Álvarez Viña conoció la siderurgia a la perfección y supo resistir para ganar» . Por J.M.Ceinos
El empresario Ramón Álvarez Viña (San Martín de Podes, Gozón, 1928) no pudo asistir ayer, por prescripción facultativa, al Centro de Cultura Antiguo Instituto, donde, a las ocho de la tarde, se presentó el libro que recoge y desvela su vida: «Ramón Álvarez Viña. Testimonio de una época», del que es autor Víctor Guillot Monroy. Pero su ausencia no restó un ápice para que los intervinientes se volcasen en dar el máximo realce a «un acto de reconocimiento a su trayectoria empresarial y humana», como aseveró, al comienzo del turno de palabras, Jesús Menéndez Peláez, director de la Fundación Álvarez Viña.
«Hay muchas enseñanzas que extraer de esa vida, de este libro. La más importante, para mí, es que el verdadero talento empresarial está hecho de honestidad, de constancia, de trabajo riguroso y discreto y de sensibilidad social», escribe en uno de los prólogos de la obra la alcaldesa de Gijón, Paz Fernández Felgueroso, palabras que ayer repitió en el salón de actos del Antiguo Instituto ante numeroso público, los familiares de Ramón Álvarez Viña y el alcalde de Gozón, Salvador Marcelino Fernández Vega.
«Ramón Álvarez Viña. Testimonio de una época» es, como afirmó Víctor Guillot, «un libro periodístico que conjuga todos los géneros que aprendí en LA NUEVA ESPAÑA», para relatar no sólo que su protagonista es hijo adoptivo de Gijón desde el año 2005 (hijo predilecto de San Martín de Podes también desde el año 2000) y que a lo largo de su vida se convirtió en un gran coleccionista de libros, iconografías y otras formas artísticas relacionadas con Cervantes y, especialmente con su obra cumbre, el Quijote»; también para redescubrir a un químico-industrial que, en palabras de Víctor Guillot, «conoció la industria siderúrgica a la perfección y se dio cuenta de que el avance tecnológico era fundamental para el progreso de este país» en los años cincuenta del siglo pasado. En resumen, «se hizo con unos conocimientos que en España no existían», subrayó Víctor Guillot y, al final, fue un personaje que forjó «su carácter más humanista con la Guerra Civil» y «supo resistir para ganar». De ahí que el autor del libro dijera ayer de Ramón Álvarez Viña que es «algo más que un coleccionista», aunque muy importante haya sido la donación que hizo en 2007 de su biblioteca cervantina al Ayuntamiento de Gijón, que actualmente se guarda en el centro municipal de El Coto.
Precisamente, Jesús Menéndez Peláez reclamó un lugar «más específico» para el legado, después de señalar de Ramón Álvarez Viña que «supo crear riqueza conjugando el negocio y el ocio».
Por su parte, Raúl Berzosa, obispo de Ciudad Rodrigo (Salamanca), destacó con cuatro palabras las virtudes del homenajeado: «Humanidad, esencialidad (como vuelta a las raíces), emprendedor y gijonés del alma; un mecenas que es un orgullo para esta ciudad».
«Hay muchas enseñanzas que extraer de esa vida, de este libro. La más importante, para mí, es que el verdadero talento empresarial está hecho de honestidad, de constancia, de trabajo riguroso y discreto y de sensibilidad social», escribe en uno de los prólogos de la obra la alcaldesa de Gijón, Paz Fernández Felgueroso, palabras que ayer repitió en el salón de actos del Antiguo Instituto ante numeroso público, los familiares de Ramón Álvarez Viña y el alcalde de Gozón, Salvador Marcelino Fernández Vega.
«Ramón Álvarez Viña. Testimonio de una época» es, como afirmó Víctor Guillot, «un libro periodístico que conjuga todos los géneros que aprendí en LA NUEVA ESPAÑA», para relatar no sólo que su protagonista es hijo adoptivo de Gijón desde el año 2005 (hijo predilecto de San Martín de Podes también desde el año 2000) y que a lo largo de su vida se convirtió en un gran coleccionista de libros, iconografías y otras formas artísticas relacionadas con Cervantes y, especialmente con su obra cumbre, el Quijote»; también para redescubrir a un químico-industrial que, en palabras de Víctor Guillot, «conoció la industria siderúrgica a la perfección y se dio cuenta de que el avance tecnológico era fundamental para el progreso de este país» en los años cincuenta del siglo pasado. En resumen, «se hizo con unos conocimientos que en España no existían», subrayó Víctor Guillot y, al final, fue un personaje que forjó «su carácter más humanista con la Guerra Civil» y «supo resistir para ganar». De ahí que el autor del libro dijera ayer de Ramón Álvarez Viña que es «algo más que un coleccionista», aunque muy importante haya sido la donación que hizo en 2007 de su biblioteca cervantina al Ayuntamiento de Gijón, que actualmente se guarda en el centro municipal de El Coto.
Precisamente, Jesús Menéndez Peláez reclamó un lugar «más específico» para el legado, después de señalar de Ramón Álvarez Viña que «supo crear riqueza conjugando el negocio y el ocio».
Por su parte, Raúl Berzosa, obispo de Ciudad Rodrigo (Salamanca), destacó con cuatro palabras las virtudes del homenajeado: «Humanidad, esencialidad (como vuelta a las raíces), emprendedor y gijonés del alma; un mecenas que es un orgullo para esta ciudad».
Biografía de un pionero. Por M. Suárez
La figura de Ramón Álvarez Viña (San Martín de Podes, 1928) trascendió públicamente cuando donó a la ciudad una colección con más de dos mil ejemplares del «Quijote». El filántropo eclipsó al emprendedor, al empresario que fue pionero de la industria siderúrgica moderna. El libro «Ramón Álvarez Viña. Testigo de una época» reivindica, a modo de homenaje, la importancia de toda su biografía.
«Tiene una trayectoria que merece ser documentada. Es un hombre que empezó desde cero, que se forjó a sí mismo. Un cazador de oportunidades que ha sabido domesticar el dinero y no ha sucumbido a la ambición», resume el autor del libro, Víctor Guillot. «Creó empresa con unos principios radicalmente distintos de los que abundan en la economía actual. Quienes amasaron fortunas a velocidad de crucero ahora muerden el polvo. Él ha sobrevivido a la crisis del petróleo y la crisis inmobiliaria con una industria sólida basada en la inversión tecnológica y el esfuerzo», encadena.
Álvarez Viña revolucionó los laboratorios de la antigua Uninsa, luego Ensidesa, y fue el precursor de protocolos que permitían controlar la calidad de los materiales, cuando la industria se regía por sistemas pasados de siglo. En España todo estaba por hacer y él buscó en Europa nuevas ideas para construir la economía del país. «Nunca cerró una puerta, aunque tampoco fue cómplice del régimen; resistió para ganar», matiza Guillot.
Tras la muerte de Franco, el empresario inicia «un nuevo proceso vital», vinculado a la firma Plibrico, que ahora forma parte de la multinacional Calderys Solutions. Esta industria líder en materiales refractarios monolíticos tiene su sede española en Tremañes. Guillot apunta: «Ramón Álvarez Viña se plantea la empresa con espíritu cervantino, como un reto, como una aventura. Para él y para los otros, porque crea empleo y cubre un espacio económico que nadie estaba desarrollando».
Su libro, promovido por la Fundación Álvarez Viña, es el resultado de seis meses de trabajo. El material recabado se traslada al papel «desde la premisa periodística más americana», explica Víctor Guillot, que ha recurrido a todos los géneros posibles, desde la crónica a la entrevista -se incluye una amplia conversación con el protagonista-, para condensar 82 años de recuerdos, vivencias y realidad histórica.
A la superficie no sólo sale el Ramón Álvarez Viña empresario. O el devoto del hidalgo de La Mancha que ha movido los molinos de la literatura española. Guillot también bucea bajo la discreción de la persona. «Tiene grabado a fuego los bombardeos de la Legión Cóndor. Y está muy marcado por la muerte de su padre, cuando él tenía 4 años», son las pinceladas de algunos de los episodios más personales que se detallan en el libro.
La biografía de Álvarez Viña, hijo predilecto de su pueblo natal e hijo adoptivo de Gijón, se presentará esta tarde en el salón de actos del Antiguo Instituto Jovellanos. En el acto, que comenzará a las 20.00 horas, intervendrán la alcaldesa de Gijón, Paz Fernández Felgueroso; el director de la Fundación Álvarez Viña, Jesús Menéndez Peláez, y el propio autor del libro. Se espera la presencia del homenajeado.
«Su educación espartana y su discreción lo alejan de la escena pública, pero bien merecería una medalla de oro al Mérito en el Trabajo», defiende Víctor Guillot, ahora que conoce en detalle la trayectoria de uno de los empresarios más representativos de Asturias.
«Tiene una trayectoria que merece ser documentada. Es un hombre que empezó desde cero, que se forjó a sí mismo. Un cazador de oportunidades que ha sabido domesticar el dinero y no ha sucumbido a la ambición», resume el autor del libro, Víctor Guillot. «Creó empresa con unos principios radicalmente distintos de los que abundan en la economía actual. Quienes amasaron fortunas a velocidad de crucero ahora muerden el polvo. Él ha sobrevivido a la crisis del petróleo y la crisis inmobiliaria con una industria sólida basada en la inversión tecnológica y el esfuerzo», encadena.
Álvarez Viña revolucionó los laboratorios de la antigua Uninsa, luego Ensidesa, y fue el precursor de protocolos que permitían controlar la calidad de los materiales, cuando la industria se regía por sistemas pasados de siglo. En España todo estaba por hacer y él buscó en Europa nuevas ideas para construir la economía del país. «Nunca cerró una puerta, aunque tampoco fue cómplice del régimen; resistió para ganar», matiza Guillot.
Tras la muerte de Franco, el empresario inicia «un nuevo proceso vital», vinculado a la firma Plibrico, que ahora forma parte de la multinacional Calderys Solutions. Esta industria líder en materiales refractarios monolíticos tiene su sede española en Tremañes. Guillot apunta: «Ramón Álvarez Viña se plantea la empresa con espíritu cervantino, como un reto, como una aventura. Para él y para los otros, porque crea empleo y cubre un espacio económico que nadie estaba desarrollando».
Su libro, promovido por la Fundación Álvarez Viña, es el resultado de seis meses de trabajo. El material recabado se traslada al papel «desde la premisa periodística más americana», explica Víctor Guillot, que ha recurrido a todos los géneros posibles, desde la crónica a la entrevista -se incluye una amplia conversación con el protagonista-, para condensar 82 años de recuerdos, vivencias y realidad histórica.
A la superficie no sólo sale el Ramón Álvarez Viña empresario. O el devoto del hidalgo de La Mancha que ha movido los molinos de la literatura española. Guillot también bucea bajo la discreción de la persona. «Tiene grabado a fuego los bombardeos de la Legión Cóndor. Y está muy marcado por la muerte de su padre, cuando él tenía 4 años», son las pinceladas de algunos de los episodios más personales que se detallan en el libro.
La biografía de Álvarez Viña, hijo predilecto de su pueblo natal e hijo adoptivo de Gijón, se presentará esta tarde en el salón de actos del Antiguo Instituto Jovellanos. En el acto, que comenzará a las 20.00 horas, intervendrán la alcaldesa de Gijón, Paz Fernández Felgueroso; el director de la Fundación Álvarez Viña, Jesús Menéndez Peláez, y el propio autor del libro. Se espera la presencia del homenajeado.
«Su educación espartana y su discreción lo alejan de la escena pública, pero bien merecería una medalla de oro al Mérito en el Trabajo», defiende Víctor Guillot, ahora que conoce en detalle la trayectoria de uno de los empresarios más representativos de Asturias.
Carta a «Voxpopulis»
Querido «Voxpopulis»: Menuda has liado esta vez. Cómo molas, tío. Después de leer la noticia que firmaba Chus Neira en este periódico ayer, he pensado que eras un tipo legal. Hay un mundo en que legal es el delincuente que hace bien su trabajo. La palabra alcanza valor y sentido cuando se vacía todo su contenido jurídico y administrativo, periodístico y criminal y se aplica a un hombre vivo, actuante, culpable, heroico, revolucionario. Has vuelto a llenar de contenido un adjetivo desde el lado marginal de la vida, desde la insurgencia que es internet. Legal vuelve a ser un vocablo lleno de movimiento (como si fuera un verbo) y es un hombre el que lo habita.
No tardarán en decir que eres un delincuente, un pirata que abusa de su poder infiltrándose en las comunicaciones privadas de los funcionarios de una institución. Pero para la mayoría de los ciudadanos eres un tipo legal. Yo diría que eres un romántico que actúa hasta las últimas consecuencias, el tipo legal que no tenía detrás de sí sino una genealogía subversiva de internautas que, de pronto, iluminan la verdad, desde el crimen.
Con tu acción confirmas lo que el lector ya sospechaba, que en el Ayuntamiento de Oviedo hay maturranga con el «caso Villa Magdalena». Pero la relación entre escándalo político y confianza política está mediada por la atmósfera cultural e ideológica en la que estalla la noticia. Quiere decirse que a nadie sorprenden los negocios, trapicheos y cachondeos que hay en Oviedo, quizá porque hay una especie de «spleen», de niebla, de cansancio del escándalo que reduce el impacto de la información. Lo irónico de todo esto es que los medios de comunicación corren el riesgo de verse desacreditados cuando desempeñan un papel en la propagación de los escándalos y la deslegitimación de las instituciones. De modo que la noticia, colega, querido «Voxpopulis», eres tú. El mensaje es el medio y tú has conseguido, a través de internet, remover de sus asientos a unos cuantos funcionarios que se desayunaron la prensa con los calzoncillos manchados.
Gabino y los suyos han levantado una oligocracia, una oligarquía que gobierna. Gabino, que dio muy bien el salto del caballo doméstico al caballo histórico y logra, como en las malas películas de vaqueros, engañar a los indios cada cuatro años. Pero entre todos siempre hay un piel roja al que nada ni nadie consigue meter en cintura. Así que al leer tu noticia, me ha venido a la mente la figura de Julian Assange, la sombra de Wikileaks y de toda la basca de Anonymous. Como ellos, pones en evidencia que la información es poder y que en el siglo XXI ya no es de unos pocos, sino de todos. La acción vuelve a cobrar sentido en internet, donde siempre es de noche y los corruptos duermen abrazados a la impunidad.
Me gusta pensar que mañana volverás a actuar contra la oligocracia ovetense, que tus mensajes serán otro nuevo calambrazo en el sistema nervioso del Ayuntamiento, los mismos que convierten en oro, para nuestros ojos, cada uno de sus remordimientos.
No tardarán en decir que eres un delincuente, un pirata que abusa de su poder infiltrándose en las comunicaciones privadas de los funcionarios de una institución. Pero para la mayoría de los ciudadanos eres un tipo legal. Yo diría que eres un romántico que actúa hasta las últimas consecuencias, el tipo legal que no tenía detrás de sí sino una genealogía subversiva de internautas que, de pronto, iluminan la verdad, desde el crimen.
Con tu acción confirmas lo que el lector ya sospechaba, que en el Ayuntamiento de Oviedo hay maturranga con el «caso Villa Magdalena». Pero la relación entre escándalo político y confianza política está mediada por la atmósfera cultural e ideológica en la que estalla la noticia. Quiere decirse que a nadie sorprenden los negocios, trapicheos y cachondeos que hay en Oviedo, quizá porque hay una especie de «spleen», de niebla, de cansancio del escándalo que reduce el impacto de la información. Lo irónico de todo esto es que los medios de comunicación corren el riesgo de verse desacreditados cuando desempeñan un papel en la propagación de los escándalos y la deslegitimación de las instituciones. De modo que la noticia, colega, querido «Voxpopulis», eres tú. El mensaje es el medio y tú has conseguido, a través de internet, remover de sus asientos a unos cuantos funcionarios que se desayunaron la prensa con los calzoncillos manchados.
Gabino y los suyos han levantado una oligocracia, una oligarquía que gobierna. Gabino, que dio muy bien el salto del caballo doméstico al caballo histórico y logra, como en las malas películas de vaqueros, engañar a los indios cada cuatro años. Pero entre todos siempre hay un piel roja al que nada ni nadie consigue meter en cintura. Así que al leer tu noticia, me ha venido a la mente la figura de Julian Assange, la sombra de Wikileaks y de toda la basca de Anonymous. Como ellos, pones en evidencia que la información es poder y que en el siglo XXI ya no es de unos pocos, sino de todos. La acción vuelve a cobrar sentido en internet, donde siempre es de noche y los corruptos duermen abrazados a la impunidad.
Me gusta pensar que mañana volverás a actuar contra la oligocracia ovetense, que tus mensajes serán otro nuevo calambrazo en el sistema nervioso del Ayuntamiento, los mismos que convierten en oro, para nuestros ojos, cada uno de sus remordimientos.
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