Maxwell cogió las llaves, el teléfono y el mando a distancia del garaje. Comprobó que su cartera estaba en el abrigo colgado de la percha, junto a la entrada. Cerró la puerta tras girar la cerradura en cuatro ocasiones y se introdujo en el ascensor pensando que se había dejado la luz encendida.
El sol estaba bajo y percibía que el aire sabía casi a limpio. Maxwel avanzaba hacia el hospital otro viernes más, dispuesto a trabajar en su última urgencia. Tenía un rostro alargado y rubicundo, una nariz grande, un mostacho que recordaba al de un viejo explorador y una calva prominente, oculta tras un gorro de visera que le confería un aspecto británico. Tenía sesenta y tres años. Había envejecido en los quirófanos, tejiendo colgajos, juntando arterias, desbrozando tejidos necróticos, recomponiendo cuerpos humanos.
El tiempo transcurre a gran velocidad cuando estás en el quirófano. Veinte años antes, asumía que ciertos accidentes no se podían resolver porque no se tenía conocimientos ni medios. Una vez superado el accidente agudo, Maxwell trabajaba sobre las secuelas paulatinamente, a lo largo de meses y años. Pero el día antes de su jubilación ya no era así. El experto cirujano intentaba dejar a sus pacientes lo mejor posible en el primer golpe. Después de tanto tiempo, aún le asombraba que la cirugía hubiera evolucionado tanto. Maxwell decía que el tiempo se había condensado prácticamente en un solo gesto, en un solo corte. Al menos, esa era la sensación que tenía, aunque hubiera estado en el quirófano más de diez horas. Después, cuando salía de una operación, sentía cómo todo se lentificaba, percibía que todo iba más despacio, como una película rodada a cámara lenta. Al llegar a casa, le preguntaba a su mujer qué día era. No sabía si había pasado un minuto o una hora.
Maxwel era director del área de cirugía plástica del hospital general de Londres. Se enfrentaba a las urgencias con pasión. A sus colegas les explicaba en los congresos que la urgencia estimulaba su imaginación. «Debes echar mano de todos los recursos culturales de que dispones para saber solucionar un caso. Eso implica agilidad e improvisación». En ocasiones, le gustaba compararse con un músico de jazz. «Repasas la partitura en diez o quince minutos y después ejecutas».
Tras dejar el maletín en su despacho, se dirigió a la sala de quemados. En la habitación 301 descansaba un paciente con quemaduras en más del cincuenta por ciento de su cuerpo. Mientras caminaba por el pasillo recordaba el protocolo: le diría que el hombre soporta lo que le echen, que el proceso de adaptación es asombroso. Pero en su larga experiencia como cirujano sabía que no había sufrimiento más dramático que el de un quemado.
El informe médico decía que era un minero nacido en Southapton. Una explosión de grisú y todo se fue al traste. El muchacho tenía veinticinco años y no era seguro que salvara sus piernas. Estaba aislado de los demás pacientes mientras el equipo de cirugía plástica observaba su evolución. Maxwel había escrito en una ponencia que los quemados tienen una sensación de muerte inicial tan agresiva, que viven el accidente con absoluta lucidez. También había escrito que la soledad aumenta el dolor agudo de las víctimas. Nadie mejor que un quemado para escribir sobre la muerte.
«Pero una vez que aceptas el dolor, construyes la vida», dejó escrito en su diario. Lo volvió a leer, antes de recoger sus cosas del despacho. Quizá esa era la única lección que había aprendido en cincuenta años encerrado en un hospital. Antes de cerrar la puerta de su despacho, volvió a leer su nombre grabado en la placa de su puerta: John W. Maxwell. Se fue en silencio, creyendo que todo su esfuerzo carecía de valor si no era para que otro pudiera seguir el camino en el punto exacto donde él lo había dejado.
Le gustaba pensar que el conocimiento sólo tiene sentido si a través de él era capaz de ofrecier a los demás la oportunidad de comprender todo aquello que había sufrido y los demás le concedía la oportunidad de asimilar lo que habían sufrido ellos. De esta forma, aceptaba que su vida era un eslabón de la cadena humana sin gran dramatismo. Una vez que aceptaba el dolor, construía su vida.
"Hijos de puta, si os dejo con vida es por que habréis de amortajárme como a un ángel"
jueves, 30 de diciembre de 2010
Cuento de Navidad
viernes, 24 de diciembre de 2010
Cuento de Navidad
La verdad os hará libres. Repitió la frase un par de veces, mientras se hacía una composición del lugar que habitaría los próximos días, hasta que el juez dictara un auto sobre su extradición. La verdad os hará libres, volvió a repetir mientras el funcionario le indicaba de forma aséptica y burocrática dónde podía hacer sus necesidades.
«Tranquilo, aquí se sentirá cómodo, nadie le molestará», le indicó el sargento Perkins antes de despedirse con una amable sonrisa y cerrar la puerta de acero. Assange no pudo evitar una irónica sonrisa, después de comprobar que su celda no tenía ventanas y que el espacio que ocupaba apenas permitía otra cosa que dar cuatro pasos desde la puerta hasta la pared, la misma distancia que recorría la cama, sin tropezarse con el lavabo y un sucio retrete.
Sus manos palparon los muros de cemento blanco y ladrillo. Se miró al espejo mientras desanudaba la corbata, el primer acto racional que su cuerpo ejecutaba después de haber declarado en la comisaría. Lo que había sucedido con antelación se representaba en su cabeza como un relámpago de hechos que lo habían conducido hasta allí: una confesión de inocencia, una detención, un relato sumario de sus derechos y la oscuridad de un furgón que lo trasladaría hasta Wandsworth.
Le habían denegado un ordenador, pero gozaba del extraño privilegio de poder vestir como un hombre cualquiera, en un lugar exótico, de manera que no tendría que abotonarse el incómodo uniforme de presidiario que vestían los demás reclusos del ala destinada a delincuentes sexuales pendientes de extradición. Curiosamente, aquello le hizo sentirse por un momento un extraño, un intruso. Las cosas no habían cambiado.
En Wandsworth, las paredes transmiten mensajes de otros presos. Sintió curiosidad por saber en qué celda se había hospedado Oscar Wilde, antes de ser trasladado al penal de Reading, pero evitó pensar que él fuera otro mártir. Quiso hablar con su madre, pero estaba incomunicado; esperó a tener contacto con su abogada, pero cualquier llamada se dilataba entre permisos burocráticos. Después, sobre la cama, dibujó en su mente un organigrama del Proyecto. Lo llamaba así. El Proyecto. Todo estaba controlado. Le había ganado la partida al sistema. Se durmió fundiéndose en un sueño, creyendo que Wikileaks era un susurro que almacenaba millones de cables, pequeños susurros escondidos en la memoria ram de un ordenador que desnudarían la diplomacia del mundo en cuestión de segundos. Antes de que despertara, su figura ya se había fundido con el millón de cables que había destapado. Si un hombre encarna la verdad y sólo la verdad, entonces es Dios, se dijo a sí mismo, un dios que desvelaba al mundo millones de palabras, frames, pixels, átomos y explosiones cuánticas que contenían la naturaleza del poder, de la guerra, de la muerte, de la mentira, de la locura, del odio. Cuando se despertó, se imaginó Wandsworth como el corazón de todos los secretos y que allí mismo se abriría el abismo que él había creado para que los hombres pudieran conocer, en algún momento de su vida, la verdad que escondían los demonios.
La verdad os hará libres, ronronea mientras devora el arroz que le han servido de cena. Al otro lado del muro, Matheus cumple condena por abusos sexuales y también tiene secretos como Julian. «Yo soy inocente», le dice, antes de apagar la luz de su celda. «Y como la mía, tu verdad tampoco es inocente».
«Tranquilo, aquí se sentirá cómodo, nadie le molestará», le indicó el sargento Perkins antes de despedirse con una amable sonrisa y cerrar la puerta de acero. Assange no pudo evitar una irónica sonrisa, después de comprobar que su celda no tenía ventanas y que el espacio que ocupaba apenas permitía otra cosa que dar cuatro pasos desde la puerta hasta la pared, la misma distancia que recorría la cama, sin tropezarse con el lavabo y un sucio retrete.
Sus manos palparon los muros de cemento blanco y ladrillo. Se miró al espejo mientras desanudaba la corbata, el primer acto racional que su cuerpo ejecutaba después de haber declarado en la comisaría. Lo que había sucedido con antelación se representaba en su cabeza como un relámpago de hechos que lo habían conducido hasta allí: una confesión de inocencia, una detención, un relato sumario de sus derechos y la oscuridad de un furgón que lo trasladaría hasta Wandsworth.
Le habían denegado un ordenador, pero gozaba del extraño privilegio de poder vestir como un hombre cualquiera, en un lugar exótico, de manera que no tendría que abotonarse el incómodo uniforme de presidiario que vestían los demás reclusos del ala destinada a delincuentes sexuales pendientes de extradición. Curiosamente, aquello le hizo sentirse por un momento un extraño, un intruso. Las cosas no habían cambiado.
En Wandsworth, las paredes transmiten mensajes de otros presos. Sintió curiosidad por saber en qué celda se había hospedado Oscar Wilde, antes de ser trasladado al penal de Reading, pero evitó pensar que él fuera otro mártir. Quiso hablar con su madre, pero estaba incomunicado; esperó a tener contacto con su abogada, pero cualquier llamada se dilataba entre permisos burocráticos. Después, sobre la cama, dibujó en su mente un organigrama del Proyecto. Lo llamaba así. El Proyecto. Todo estaba controlado. Le había ganado la partida al sistema. Se durmió fundiéndose en un sueño, creyendo que Wikileaks era un susurro que almacenaba millones de cables, pequeños susurros escondidos en la memoria ram de un ordenador que desnudarían la diplomacia del mundo en cuestión de segundos. Antes de que despertara, su figura ya se había fundido con el millón de cables que había destapado. Si un hombre encarna la verdad y sólo la verdad, entonces es Dios, se dijo a sí mismo, un dios que desvelaba al mundo millones de palabras, frames, pixels, átomos y explosiones cuánticas que contenían la naturaleza del poder, de la guerra, de la muerte, de la mentira, de la locura, del odio. Cuando se despertó, se imaginó Wandsworth como el corazón de todos los secretos y que allí mismo se abriría el abismo que él había creado para que los hombres pudieran conocer, en algún momento de su vida, la verdad que escondían los demonios.
La verdad os hará libres, ronronea mientras devora el arroz que le han servido de cena. Al otro lado del muro, Matheus cumple condena por abusos sexuales y también tiene secretos como Julian. «Yo soy inocente», le dice, antes de apagar la luz de su celda. «Y como la mía, tu verdad tampoco es inocente».
viernes, 10 de diciembre de 2010
Atrapados en la incertidumbre
Vivir atrapado en una permanente incertidumbre, ésa es la clave de nuestra vida diaria, desde que se desencadenó esta crisis económica que ha conseguido que el dinero se convierta en un escudo que confiere inmunidad espiritual a quien lo posee. El dinero, quién nos lo iba a decir, ofrece un espacio para la meditación. Pero ahora no hay dinero, tan sólo un espacio vacío que, lejos de ofrecer cierta paz en el individuo, crea una burbuja bajo la que aflora la incertidumbre.
Me gusta pensar que la incertidumbre de las bolsas, el trajín de los parqués, se ha extendido sobre las aceras que revisten la rutina de nuestra vida diaria. La incertidumbre es ese dinero silencioso, inestable e invisible de las cotizaciones bursátiles que se teje en los despachos de un banco. Frente al billete verde, perfectamente definido en su color, su olor y su textura, cobra más presencia el dinero eléctrico que recorre millones de kilómetros a través de redes a una velocidad infinitamente superior a la de una mano cuando se va al bolsillo para arañar un billete de cinco euros.
Los billetes eran una buena metáfora del dinero, del poder e incluso, para los calvinistas, un buen recurso para dar corporeidad al propio Dios. A veces me pregunto en qué momento llegó esta incertidumbre, cuándo el dinero se hizo gaseoso, volátil y, por lo tanto, inflamable. Quizás ese momento tuvo lugar cuando el dinero que no ocupaba espacio sustituyó al billete que se amontonaba en las cajas de seguridad de los bancos.
Uno de los efectos del dinero invisible es que crea incertidumbre y para domesticar la incertidumbre se impone el capitalismo autoritario de los gobiernos democráticos, que necesitan respirar en una atmósfera de incertidumbres para definir los límites de su propio poder. La incertidumbre justifica que los mercados internacionales impongan la desaparición del Estado del bienestar social para poder mantener su confianza en los gobiernos. La incertidumbre también explica por qué el rescate de Grecia o Irlanda son expresados como explosiones de pánico financiero similares a los atentados sufridos en Nueva York, Londres o Madrid. La incertidumbre, querido y desocupado lector, es el nuevo sistema nervioso de las sociedades que perciben el miedo económico con el mismo pánico que los gobiernos extienden sobre sus ciudadanos cada vez que alguien se olvida una mochila en una estación de tren.
Todos los gobiernos occidentales tratan de frenar la incertidumbre de este modo y, curiosamente, sólo consiguen crear más incertidumbre. La Unión Europea y los EE UU también viven en este estado de incertidumbre, así que aplican cualquier medida ante un problema, como si vivieran una compulsión supersticiosa por salvarse del abismo que ellos mismos han creado. Los países del euro defienden los rescates financieros como único instrumento que puede salvar el sistema económico de los estados y garantizar su capacidad de pagos. Sin embargo, todos los estados sienten que los rescates los hundirán mucho más en la miseria, porque supone sacrificar algo relativamente material, como es la soberanía, a cambio de un dinero que sigue siendo volátil. Es lo que tiene la incertidumbre.
Uno se pregunta si el plan de rescate aprobado para Irlanda es realmente una medida sostenible que pretende ayudar a quienes están más necesitados, una especie de socialismo ejercido desde la derecha que dominan el eje franco-alemán, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional. Realmente no es así o lo es en un sentido muy singular, pues el objetivo primordial no es ayudar a los pobres, sino a los ricos; no a aquellos que piden prestado, sino a aquellos que prestan. La ironía suprema es que el rescate del sistema bancario sólo es aceptable cuando sirve para salvar el capitalismo y no al tipo que le han cortado la luz, ay.
Me gusta pensar que la incertidumbre de las bolsas, el trajín de los parqués, se ha extendido sobre las aceras que revisten la rutina de nuestra vida diaria. La incertidumbre es ese dinero silencioso, inestable e invisible de las cotizaciones bursátiles que se teje en los despachos de un banco. Frente al billete verde, perfectamente definido en su color, su olor y su textura, cobra más presencia el dinero eléctrico que recorre millones de kilómetros a través de redes a una velocidad infinitamente superior a la de una mano cuando se va al bolsillo para arañar un billete de cinco euros.
Los billetes eran una buena metáfora del dinero, del poder e incluso, para los calvinistas, un buen recurso para dar corporeidad al propio Dios. A veces me pregunto en qué momento llegó esta incertidumbre, cuándo el dinero se hizo gaseoso, volátil y, por lo tanto, inflamable. Quizás ese momento tuvo lugar cuando el dinero que no ocupaba espacio sustituyó al billete que se amontonaba en las cajas de seguridad de los bancos.
Uno de los efectos del dinero invisible es que crea incertidumbre y para domesticar la incertidumbre se impone el capitalismo autoritario de los gobiernos democráticos, que necesitan respirar en una atmósfera de incertidumbres para definir los límites de su propio poder. La incertidumbre justifica que los mercados internacionales impongan la desaparición del Estado del bienestar social para poder mantener su confianza en los gobiernos. La incertidumbre también explica por qué el rescate de Grecia o Irlanda son expresados como explosiones de pánico financiero similares a los atentados sufridos en Nueva York, Londres o Madrid. La incertidumbre, querido y desocupado lector, es el nuevo sistema nervioso de las sociedades que perciben el miedo económico con el mismo pánico que los gobiernos extienden sobre sus ciudadanos cada vez que alguien se olvida una mochila en una estación de tren.
Todos los gobiernos occidentales tratan de frenar la incertidumbre de este modo y, curiosamente, sólo consiguen crear más incertidumbre. La Unión Europea y los EE UU también viven en este estado de incertidumbre, así que aplican cualquier medida ante un problema, como si vivieran una compulsión supersticiosa por salvarse del abismo que ellos mismos han creado. Los países del euro defienden los rescates financieros como único instrumento que puede salvar el sistema económico de los estados y garantizar su capacidad de pagos. Sin embargo, todos los estados sienten que los rescates los hundirán mucho más en la miseria, porque supone sacrificar algo relativamente material, como es la soberanía, a cambio de un dinero que sigue siendo volátil. Es lo que tiene la incertidumbre.
Uno se pregunta si el plan de rescate aprobado para Irlanda es realmente una medida sostenible que pretende ayudar a quienes están más necesitados, una especie de socialismo ejercido desde la derecha que dominan el eje franco-alemán, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional. Realmente no es así o lo es en un sentido muy singular, pues el objetivo primordial no es ayudar a los pobres, sino a los ricos; no a aquellos que piden prestado, sino a aquellos que prestan. La ironía suprema es que el rescate del sistema bancario sólo es aceptable cuando sirve para salvar el capitalismo y no al tipo que le han cortado la luz, ay.
domingo, 28 de noviembre de 2010
Un premio previsible y decepcionante
El Festival de cine de Gijón clausura esta edición con la refrescante y divertida «No controles» del realizador vasco Borja Cobeaga, que ya nos tenía acostumbrados a su estilo y humor con películas anteriores como la innombrable «Pagafantas» y el programa de la televisión vasca «Vaya semanita». Debo confesar que esta comedia romántica donde chico trata de reconquistar a chica me ha producido el mismo efecto que produce la botella de champán al ser descorchada: una sensación de alivio después de intentar digerir todos los traumas contenidos en mi retina a lo largo de esta semana. El silencio, la soledad, el miedo y otras miserias se han diluido como la espuma gracias al efecto balsámico de la risa. «No controles» no tiene mayor pretensión que la de hacer pasar al espectador un buen rato. La acción y los gags se suceden constantemente, en un guión y una dirección perfectamente medida y planificada. La película cuenta con un buen reparto de secundarios que acompañan a sus protagonistas, Unax Ugalde y Alexandra Jiménez. Julián López y Secun de la Rosa levantan esta película que consigue que a uno se le olviden las depresiones.
Inmediatamente después de disfrutar «No controles» se conocía el palmarés de esta edición, en la que el jurado ha premiado a la rumana «Marti, dupa Craciun (Tuesday, alter Chsristmas)», de Radu Muntean, como el mejor largometraje. La cinta se ha llevado, además, el premio al mejor actor y a la mejor actriz y «Aurora», el plúmbeo relato de tres horas dirigido por el rumano Cristi Puiu, el premio «Gil Parrondo» a la mejor dirección artística. Confieso que era un título que se repetía constantemente en la boca de la prensa desde su proyección ya que era considerada como la película que más se acercaba al perfil de este festival, de modo que el jurado no se arriesgaría a premiar otras producciones. Los periodistas acertaron de pleno y el jurado ha apostado por el cine rumano, lo que me hace pensar que se ha tirado el rollo de premiar lo extravagante, lo aburrido, lo previsible que es en este caso lo inestrenable.
El que escribe no comprende cómo «Animal Kingdom» se ha quedado simplemente con una palmadita en la espalda y se va del festival sin un solo premio, después de merecerlos todos. Me parece una injusticia y un disparate que haya pasado completamente desapercibida. De todos modos, en este venturoso caso, ustedes no tardarán mucho tiempo en disfrutarla en las salas comerciales y dejará su huella en la retina de los espectadores que llenaron las salas de Gijón estos días, para vivir en el seno de una familia de gansgters que sabe pisar por los callejones del odio, el terror y la traición. Lástima que no se llevara el premio a la mejor película, al mejor guión o a la mejor dirección.
La misma expectación tuve con el western de Kelly Reichartd, «Meek's Cutoff», galardonada con el premio al mejor director, aunque resultara una absoluta decepción, por su carencia de ritmo, el buenismo antropológico que desprendía y la anodina dirección, apoyada constantemente en el paisaje desértico de las llanuras de Oregón para poder hacerla un poco más digerible.
El cine mexicano pasó sin pena ni gloria. Afortunadamente, «Alamar» no será recordada, después de este festival que tuvo un ramalazo new age que daba pavor. Sin embargo, no se preocupen, «Año Bisiesto», del australiano Michael Rowe, no tardará en ser reconocida por alguna luminaria, después del escalofriante trabajo interpretativo de la mexicana Mónica del Carmen, muy superior al de las galardonadas por este jurado, gran conocedor de las vanguardias del Este, pero absolutamente ciego.
Lo mismo sucede con las dos películas españolas que llegaron a concurso. Ni el joven Jonás Trueba con su Madrid literario, ni Martín Cuenca, con su Almería fordiana han logrado llevarse ni un premio. Supongo que ahora mismo pensarán que han sido timados.
Finalmente, me sorprende que el jurado haya concedido el premio especial a la serbia Tilva Rosh, una película previsible, inútil y carente de valor cinematográfico, cuando largometrajes como la rusa «How I ended this summer» se arriesgaban con una película que exponía, con crudeza y belleza torturante, la condición humana a través de la caza de dos hombres en el círculo polar ártico.
A pesar de esas horrorosas circunstancias han existido algunas películas que me han servido para ser feliz unas horas, películas fuera de la sección oficial que justifican el festival, aunque la mayoría de las que iban a concurso me provocaran una angustia motivada, mayormente, por el aburrimiento. A estas alturas, lo más beneficioso para el festival es que los jurados no sean estratégicos, miopes o perversos, y que por un momento sean honestos consigo mismos y se dejen llevar por las emociones. A fin de cuentas, el cine, antes que una subvención, es una emoción.
Inmediatamente después de disfrutar «No controles» se conocía el palmarés de esta edición, en la que el jurado ha premiado a la rumana «Marti, dupa Craciun (Tuesday, alter Chsristmas)», de Radu Muntean, como el mejor largometraje. La cinta se ha llevado, además, el premio al mejor actor y a la mejor actriz y «Aurora», el plúmbeo relato de tres horas dirigido por el rumano Cristi Puiu, el premio «Gil Parrondo» a la mejor dirección artística. Confieso que era un título que se repetía constantemente en la boca de la prensa desde su proyección ya que era considerada como la película que más se acercaba al perfil de este festival, de modo que el jurado no se arriesgaría a premiar otras producciones. Los periodistas acertaron de pleno y el jurado ha apostado por el cine rumano, lo que me hace pensar que se ha tirado el rollo de premiar lo extravagante, lo aburrido, lo previsible que es en este caso lo inestrenable.
El que escribe no comprende cómo «Animal Kingdom» se ha quedado simplemente con una palmadita en la espalda y se va del festival sin un solo premio, después de merecerlos todos. Me parece una injusticia y un disparate que haya pasado completamente desapercibida. De todos modos, en este venturoso caso, ustedes no tardarán mucho tiempo en disfrutarla en las salas comerciales y dejará su huella en la retina de los espectadores que llenaron las salas de Gijón estos días, para vivir en el seno de una familia de gansgters que sabe pisar por los callejones del odio, el terror y la traición. Lástima que no se llevara el premio a la mejor película, al mejor guión o a la mejor dirección.
La misma expectación tuve con el western de Kelly Reichartd, «Meek's Cutoff», galardonada con el premio al mejor director, aunque resultara una absoluta decepción, por su carencia de ritmo, el buenismo antropológico que desprendía y la anodina dirección, apoyada constantemente en el paisaje desértico de las llanuras de Oregón para poder hacerla un poco más digerible.
El cine mexicano pasó sin pena ni gloria. Afortunadamente, «Alamar» no será recordada, después de este festival que tuvo un ramalazo new age que daba pavor. Sin embargo, no se preocupen, «Año Bisiesto», del australiano Michael Rowe, no tardará en ser reconocida por alguna luminaria, después del escalofriante trabajo interpretativo de la mexicana Mónica del Carmen, muy superior al de las galardonadas por este jurado, gran conocedor de las vanguardias del Este, pero absolutamente ciego.
Lo mismo sucede con las dos películas españolas que llegaron a concurso. Ni el joven Jonás Trueba con su Madrid literario, ni Martín Cuenca, con su Almería fordiana han logrado llevarse ni un premio. Supongo que ahora mismo pensarán que han sido timados.
Finalmente, me sorprende que el jurado haya concedido el premio especial a la serbia Tilva Rosh, una película previsible, inútil y carente de valor cinematográfico, cuando largometrajes como la rusa «How I ended this summer» se arriesgaban con una película que exponía, con crudeza y belleza torturante, la condición humana a través de la caza de dos hombres en el círculo polar ártico.
A pesar de esas horrorosas circunstancias han existido algunas películas que me han servido para ser feliz unas horas, películas fuera de la sección oficial que justifican el festival, aunque la mayoría de las que iban a concurso me provocaran una angustia motivada, mayormente, por el aburrimiento. A estas alturas, lo más beneficioso para el festival es que los jurados no sean estratégicos, miopes o perversos, y que por un momento sean honestos consigo mismos y se dejen llevar por las emociones. A fin de cuentas, el cine, antes que una subvención, es una emoción.
Otra vez la soledad
La soledad suele ser un tema recurrente en las películas que compiten en la sección oficial del Festival Internacional de Gijón. Ya lo vimos en la rusa «How I ended this summer», también en la mexicana «Año bisiesto», y podría seguir mencionando películas hasta quedarme completamente solo. En esta ocasión, Manuel Martín Cuenca, quien nos sorprendió con «La flaqueza del bolchevique», presenta su último largometraje, «La mitad de Óscar», protagonizada por Rodrigo Sáenz de Heredia y Verónica Echegui. La cinta relata un incesto que es, sobre todo, la crónica de un amor imposible; sin embargo, sobre una trama perfecta y sencilla subyace la enésima reflexión sobre el hombre solitario que ve incumplidos sus deseos, remarcada intencionadamente por un paisaje almeriense que evoca, en algunos momentos, la atmósfera del western fordiano.
Me gustaría advertir a los lectores de que esta película comienza a percutir en la conciencia del espectador cuando han pasado ya unas cuantas horas y que antes deja un regusto amargo y una sensación extraña de vacío. Es entonces cuando uno toma conciencia de otros temas que permanecen latentes en el subsuelo de la película: la incomunicación, la enfermedad y la muerte, raíces presentes en este trabajo expresado con un lenguaje mínimo y suficiente para contar una historia, a priori, poco trascendente.
Martín Cuenca confía excesivamente en el silencio para poder contar a través de imágenes el desierto de una vida, aunque es capaz de permitirse digresiones que no rompen la unidad de la cinta e, incluso, logran que la película, un auténtico drama, acaricie por unos minutos la comedia. En cualquier caso, el experimento de no contar las cosas desde el principio provoca una sensación de amargura intensa, quizá porque las salinas de Almería y los acantilados de su costa constituyen un territorio sentimental donde emergen con facilidad la compulsión, el fatalismo y la desolación
Finalmente, la tarde concluyó con «Aurora», del rumano Cristi Puiu, otra reflexión sobre la soledad narrada a través de un hombre divorciado que vive en los suburbios de Bucarest. La película, de tres horas, me deja frío, quizá porque en ella no sucede nada que tenga verdadero interés, de manera que el que escribe, después de tres cuartos de hora siguiendo a un hombre de la calle anodino y plano, prefirió salir a la calle a ver otros hombres que contaban mucho más. Debería estar prohibida esta tortura, pero qué le vamos a hacer, esto es un festival.
Me gustaría advertir a los lectores de que esta película comienza a percutir en la conciencia del espectador cuando han pasado ya unas cuantas horas y que antes deja un regusto amargo y una sensación extraña de vacío. Es entonces cuando uno toma conciencia de otros temas que permanecen latentes en el subsuelo de la película: la incomunicación, la enfermedad y la muerte, raíces presentes en este trabajo expresado con un lenguaje mínimo y suficiente para contar una historia, a priori, poco trascendente.
Martín Cuenca confía excesivamente en el silencio para poder contar a través de imágenes el desierto de una vida, aunque es capaz de permitirse digresiones que no rompen la unidad de la cinta e, incluso, logran que la película, un auténtico drama, acaricie por unos minutos la comedia. En cualquier caso, el experimento de no contar las cosas desde el principio provoca una sensación de amargura intensa, quizá porque las salinas de Almería y los acantilados de su costa constituyen un territorio sentimental donde emergen con facilidad la compulsión, el fatalismo y la desolación
Finalmente, la tarde concluyó con «Aurora», del rumano Cristi Puiu, otra reflexión sobre la soledad narrada a través de un hombre divorciado que vive en los suburbios de Bucarest. La película, de tres horas, me deja frío, quizá porque en ella no sucede nada que tenga verdadero interés, de manera que el que escribe, después de tres cuartos de hora siguiendo a un hombre de la calle anodino y plano, prefirió salir a la calle a ver otros hombres que contaban mucho más. Debería estar prohibida esta tortura, pero qué le vamos a hacer, esto es un festival.
La palabra filmada
La competición oficial recibió ayer la ópera prima del parisino Oliver Laxe «Todos vós sodes capitáns», galardona con el premio «Fipresci» de la Quincena de Realizadores de Cannes de este año. Su primer trabajo pretende ser una reflexión sobre la naturaleza del cine, contemplada como un instrumento al servicio del conocimiento. Ahí es nada. Una descripción más mundana nos informa que el largometraje narra la experiencia del director en Tánger al frente de un taller de cine dirigido a los niños de una escuela, aunque sobre la trama subyace la idea del proceso cinematográfico como un juego que logra robar al tiempo un pedazo de belleza.
Laxe debuta con un largometraje situándose como un protagonista asceta, de inspiración religiosa, diría yo, que impone los dogmas y la disciplina de un cine de clara afiliación francesa a unos muchachos con más instinto cinematográfico que el propio autor. Después de ver esta cinta, podríamos describir a Laxe como un enviado de Bresson a la tierra, con un mensaje mesiánico que trata de aportar una verdad a los espectadores a través de ese instrumento mágico al que todos adoramos llamado cinematógrafo. Lo que pasa es que esa verdad divina no la encuentro por ninguna parte. Quizá sea la resaca, que me impide ver a un cineasta o lo deforma hasta el punto de convertirlo en un militante más del cine que necesita de la palabra y la interpretación para poder dotar a sus imágenes de un contenido concreto. En cualquier caso, a lo largo de los 78 minutos de este trabajo, siento que «Todos vós sodes capitáns» resulta artificiosa, retórica y falsamente accidental. Me remuevo en el asiento ante un ejercicio de vanidad insólita, tanto peor cuando el director se escapa de la escena y se sitúa definitivamente detrás de la cámara para capturar elaboradas composiciones de plano que convierten la imagen cinematográfica en aquello que precisamente no pretendía ser: una bonita postal de Marruecos.
Por otra parte, la tarde nos trajo «Der Räuber», una producción austro-alemana del director Benjamin Heisenberg. La película reconstruye el caso real de Johann Rettenberg, un ladrón de bancos de los años ochenta que logra ganar varias maratones. A pesar de ello, el protagonista continúa con sus atracos y también se enamora otra vez. Tengo que reconocer que las persecuciones con la Policía me mantuvieron atento, pero la interpretación de los protagonistas es tan plana que necesita de las sirenas de la pasma para mantener despierto al espectador. Desgraciadamente, la película tiene las hechuras de un telefilme de sobremesa. Esperemos que la jornada de mañana nos depare algo mejor.
Laxe debuta con un largometraje situándose como un protagonista asceta, de inspiración religiosa, diría yo, que impone los dogmas y la disciplina de un cine de clara afiliación francesa a unos muchachos con más instinto cinematográfico que el propio autor. Después de ver esta cinta, podríamos describir a Laxe como un enviado de Bresson a la tierra, con un mensaje mesiánico que trata de aportar una verdad a los espectadores a través de ese instrumento mágico al que todos adoramos llamado cinematógrafo. Lo que pasa es que esa verdad divina no la encuentro por ninguna parte. Quizá sea la resaca, que me impide ver a un cineasta o lo deforma hasta el punto de convertirlo en un militante más del cine que necesita de la palabra y la interpretación para poder dotar a sus imágenes de un contenido concreto. En cualquier caso, a lo largo de los 78 minutos de este trabajo, siento que «Todos vós sodes capitáns» resulta artificiosa, retórica y falsamente accidental. Me remuevo en el asiento ante un ejercicio de vanidad insólita, tanto peor cuando el director se escapa de la escena y se sitúa definitivamente detrás de la cámara para capturar elaboradas composiciones de plano que convierten la imagen cinematográfica en aquello que precisamente no pretendía ser: una bonita postal de Marruecos.
Por otra parte, la tarde nos trajo «Der Räuber», una producción austro-alemana del director Benjamin Heisenberg. La película reconstruye el caso real de Johann Rettenberg, un ladrón de bancos de los años ochenta que logra ganar varias maratones. A pesar de ello, el protagonista continúa con sus atracos y también se enamora otra vez. Tengo que reconocer que las persecuciones con la Policía me mantuvieron atento, pero la interpretación de los protagonistas es tan plana que necesita de las sirenas de la pasma para mantener despierto al espectador. Desgraciadamente, la película tiene las hechuras de un telefilme de sobremesa. Esperemos que la jornada de mañana nos depare algo mejor.
Animales de compañía
Hace dos noches volví a sentir escalofríos con la maravillosa y sombría «Animal Kingdom» del director australiano David Michôd. Se podría decir brevemente que se trata de una película trágica y violenta, en ocasiones poderosamente fría cuando no profundamente sentimental, de ésas cuya trama te mantiene clavado en la butaca hasta el último plano. Michôd, galardonado con esta cinta en el Festival de Sundance, nos relata con gran maestría ante la cámara el ambiente criminal de Melbourne en los años ochenta a través del precario equilibro de una familia de ladrones acosada por la Policía. La aparición de Joshua, un joven de 17 años que ha perdido a su madre y nieto de la matriarca del clan, alterará los planes del grupo, que paulatinamente se irá descomponiendo como consecuencia de sus propios errores.
El éxito de este trabajo se debe no sólo a su director, sino también a la interpretación de todo el reparto. Honestamente, se me eriza la piel con Jakie Weaver, la mamma de los Cody, una loba con piel de cordero capaz de anunciar tu muerte mientras prepara un estofado, sin que se le tuerza la sonrisa; y sufro con James Frecheville, el joven Joshua "J Cody", un muchacho hermético, frágil y traumatizado, incapaz de comprender la naturaleza de sus actos. Por otra parte, Ben Mendelson, actor desconocido, interpreta un gran papel, encarnando al mayor de los Cody, un tipo sin escrúpulos dispuesto a destruir todo lo que crezca a su paso, con tal de salvar su pellejo, y Guy Pearce resuelve con soltura el reto de encarnar al único hombre honesto de toda la ciudad, un inspector de la brigada antirrobo que hará todo lo que está en su mano para salvar al joven Joshua de la red arácnida en la que se ha visto atrapado.
Más allá de la estructura del guión, compleja y sin ningún cabo suelto, lo realmente interesante de la película es el logrado retrato de personas que resuelven sus problemas al margen de la ley, de hombres y mujeres que luchan con monstruos y nunca salen ilesos. David Michôd recrea un mundo que se rige por sus propias y terribles reglas que no es sino una puesta al día, con acento australiano, de lo que Coppola tan bien supo exponer en «El Padrino», David Cronnemberg en «Promesas del este» y Clint Eastwood en «Mystic River», embarnizando toda la película de una atmósfera ominosa en la que la violencia ronda de forma continua a los personajes y amenaza su existencia.
«Animal Kingdom» es una película lúgubre y abisal, de un amargor terrible, concentrada en un universo cínico en el que la maldad está omnipresente, la sociedad corrupta o impotente y el individuo no tiene otro recurso que tomarse la justicia por su mano.
Más a ras de suelo, el concurso siguió con la ambiciosa y frustrada «How i ended this summer», la historia de un veterano analista ruso y su joven e inexperto ayudante, en una estación meteorológica del Ártico. La muerte de la familia del primero en un accidente desencadenará una cacería entre ambos. A pesar de que la trama está bien resuelta gracias a la interpretación de ambos actores, la acción tarda mucho en despegar, los planos del paisaje ártico se eternizan y uno acaba tan saturado por el océano, el viento y el frío, que se queda tan tieso como un témpano de hielo, a la espera de que suceda algo interesante que los derrita.
Finalmente, el cine social abrió las puertas de este certamen en la tarde de ayer con la argentina «Los labios», de los directores Ivan Fund y Santiago Loza. La cinta, galardonada en Cannes, retrata con un estilo que roza el documental, la labor de tres asistentes sociales en un pueblo marginado de la región de Santa Fe. La película trata de forma digna y emotiva la vida de un pueblo arruinado en la miseria y termina siendo un canto al optimismo antropológico al que parece haberse abrazado este año su director, quizá por esas cosas de la crisis. Ay.
El éxito de este trabajo se debe no sólo a su director, sino también a la interpretación de todo el reparto. Honestamente, se me eriza la piel con Jakie Weaver, la mamma de los Cody, una loba con piel de cordero capaz de anunciar tu muerte mientras prepara un estofado, sin que se le tuerza la sonrisa; y sufro con James Frecheville, el joven Joshua "J Cody", un muchacho hermético, frágil y traumatizado, incapaz de comprender la naturaleza de sus actos. Por otra parte, Ben Mendelson, actor desconocido, interpreta un gran papel, encarnando al mayor de los Cody, un tipo sin escrúpulos dispuesto a destruir todo lo que crezca a su paso, con tal de salvar su pellejo, y Guy Pearce resuelve con soltura el reto de encarnar al único hombre honesto de toda la ciudad, un inspector de la brigada antirrobo que hará todo lo que está en su mano para salvar al joven Joshua de la red arácnida en la que se ha visto atrapado.
Más allá de la estructura del guión, compleja y sin ningún cabo suelto, lo realmente interesante de la película es el logrado retrato de personas que resuelven sus problemas al margen de la ley, de hombres y mujeres que luchan con monstruos y nunca salen ilesos. David Michôd recrea un mundo que se rige por sus propias y terribles reglas que no es sino una puesta al día, con acento australiano, de lo que Coppola tan bien supo exponer en «El Padrino», David Cronnemberg en «Promesas del este» y Clint Eastwood en «Mystic River», embarnizando toda la película de una atmósfera ominosa en la que la violencia ronda de forma continua a los personajes y amenaza su existencia.
«Animal Kingdom» es una película lúgubre y abisal, de un amargor terrible, concentrada en un universo cínico en el que la maldad está omnipresente, la sociedad corrupta o impotente y el individuo no tiene otro recurso que tomarse la justicia por su mano.
Más a ras de suelo, el concurso siguió con la ambiciosa y frustrada «How i ended this summer», la historia de un veterano analista ruso y su joven e inexperto ayudante, en una estación meteorológica del Ártico. La muerte de la familia del primero en un accidente desencadenará una cacería entre ambos. A pesar de que la trama está bien resuelta gracias a la interpretación de ambos actores, la acción tarda mucho en despegar, los planos del paisaje ártico se eternizan y uno acaba tan saturado por el océano, el viento y el frío, que se queda tan tieso como un témpano de hielo, a la espera de que suceda algo interesante que los derrita.
Finalmente, el cine social abrió las puertas de este certamen en la tarde de ayer con la argentina «Los labios», de los directores Ivan Fund y Santiago Loza. La cinta, galardonada en Cannes, retrata con un estilo que roza el documental, la labor de tres asistentes sociales en un pueblo marginado de la región de Santa Fe. La película trata de forma digna y emotiva la vida de un pueblo arruinado en la miseria y termina siendo un canto al optimismo antropológico al que parece haberse abrazado este año su director, quizá por esas cosas de la crisis. Ay.
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