La Sección Octava de la Audiencia Provincial del Tribunal Superior de Asturias ha dado un fuerte espaldarazo a la instrucción seguida por López Pandiella al considerar que existen indicios suficientes para considerar que José Luis Iglesias Riopedre debe ser imputado en la llamada «operación Marea». Al ex consejero de Educación y Ciencia se le acusa de siete delitos contra la Administración pública. Las palabras escritas en el auto son determinantes: «Constan motivos bastantes para considerarle criminalmente responsable de dichos delitos en consideración al resultado de las investigaciones llevadas a cabo en el curso de esta instrucción». Las intervenciones telefónicas y la documentación requisada constituyen suficientes medios probatorios para poder hablar con rigor de indicios que justifiquen la instrucción. No obstante, la Audiencia ha decretado la libertad bajo fianza de 100.000 euros de Riopedre en atención a su estado de salud y a la disminución del riesgo existente en la manipulación o destrucción de las pruebas incriminatorias.
Ayer nos desayunábamos con otras declaraciones de la fiscalía, mientras se discutía la excarcelación de Riopedre: «El supuesto mal estado de salud de este señor no le impidió estar trabajando hasta que el verano pasado dimitió de su cargo; sus padecimientos los tiene desde hace muchos años, no son nuevos, y siguió desempeñando su trabajo hasta que decidió dimitir. Cuando se levante el secreto de sumario, sabremos algo más del porqué». Cuentan que poco tiempo después, las palabras de María Luisa García, fiscal encargada de la instrucción, fueron considerablemente rebajadas, pues colocaban la pelota de esta trama de corrupción sobre el tejado de Vicente Álvarez Areces. Sin embargo, quedó grabado aquel «porqué» y así constará en adelante como una dura insidia.
Probablemente, el auto de libertad bajo fianza es una forma de equilibrar la balanza entre el poder ejecutivo y el poder judicial. Habrá quien diga que este último aprovechó una buena oportunidad para lavarse la cara. En cualquier caso, a Riopedre se le ofrece una oportunidad para salir de la cárcel al tiempo que una instancia superior confirma la instrucción de López Pandiella. Pero independientemente de la interpretación que se haga, el auto es una buena noticia, pues tiene un valor político imprescindible para poder mantener la confianza en las instituciones. El auto de la Sección Octava de la Audiencia Provincial salvaguarda la actuación del poder judicial, al entrar en el contenido de la instrucción y considerar que existen indicios suficientes para imputar a los tres cargos públicos en la «operación Marea». Debemos recordar que hasta ayer, la presunción de inocencia y la presunción de legalidad en la justicia asturiana colisionaban en la opinión pública de los asturianos, creando un estado de incertidumbre político insólito en treinta años de democracia. Hasta ayer, no sólo estaba en entredicho la legalidad de tres responsables públicos, también se enjuiciaba la imparcialidad y transparencia de un sistema judicial encarnado en una juez que, hasta hace poco tiempo, ocupaba un asiento en los Juzgados de familia. Se dijo de ella que era inexperta, que actuaba impulsada por instintos que transcendían más allá del cumplimiento de la legalidad, que se regía desde la parcialidad política. En definitiva, trató de desautorizarse su instrucción, dando la espalda a la investigación que la Policía Nacional había llevado a cabo durante más de un año y medio. En pocas horas, la violencia y el menosprecio se desataron en la boca de muchos, fruto de la desconfianza y el partidismo que, como ya dijimos aquí, se extiende como la peste en cuanto se demuestra que está justificada. También se habló de deslealtades, de cuchilladas, pero nada se dijo sobre la trama o, sencillamente, se redujo artificialmente su importancia, convirtiéndola en la simple y obscena corruptela de una funcionaria. Sólo Javier Fernández ha manifestado públicamente la necesidad del esclarecimiento, caiga quien caiga. Lo dijo hace un mes y lo volvió a repetir hace unos días.
A pesar de todo, la gran mayoría de los ciudadanos sólo esperamos que el caso se resuelva lo antes posible, pues entendemos que el valor de la política está en juego desde que Iglesias Riopedre ingresó en la cárcel. A partir de ahora, habrá que enfriar las emociones y estar más atento al procedimiento que se sigue contra el ex consejero, María Jesús Otero y Marta Renedo, incluso, mordiéndose la lengua si es preciso. De nada sirven los arrebatos sentimentales, pues la política es algo más que una emoción, aunque esté impregnada de muchas o no se pueda entender sin ellas. Aunque el auto supone un afianzamiento de la instrucción, no creo que haya un solo asturiano que no desee el levantamiento del secreto de sumario, el único auto que verdaderamente podrá poner orden y concierto en el poder ejecutivo y judicial que, a lo largo de un mes, han vivido sometidos a la peor de las sospechas.
Tan esencial como imposible será para los asturianos que este asunto se resuelva antes de las elecciones. Quiere decirse que las próximas votaciones estarán enturbiadas con este asunto, con Riopedre o sin él en la cárcel.
Coda: Tiempo. Ésa es la clave. Para algunos, comienza a jugar a favor. A partir del próximo 5 de marzo, Francisco Álvarez-Cascos será proclamado candidato al Gobierno del Principado por su partido. Los que le conocen saben que será una auténtica ametralladora política. El tiempo, como digo, corre a su favor. Para la gran mayoría, en contra.
"Hijos de puta, si os dejo con vida es por que habréis de amortajárme como a un ángel"
lunes, 28 de febrero de 2011
Espaldarazo judicial
«La radio es mi ropa gastada, con la que me siento más cómodo y confortable»
Lleva dos meses en la radio. Dirige un magacín de cuatro horas y media de lunes a viernes en la RPA. Pachi Poncela es el maestro de ceremonias de «La radio es mía» y, en muy poco tiempo, ha recuperado a sus fieles con un programa ameno y divulgativo que devuelve el protagonismo a todos los asturianos ofreciéndoles su micrófono desde las diez de la mañana hasta las dos y media de la tarde.
-¿Cómo fue su primera entrevista?
-Fue a un paisano que llegó a Moscú en bicicleta. Mi jefe me metió en un estudio, me indicó cuáles eran los aparatos y me dijo: esto es para hablar tú, esto es para que hable el otro y después me dejó solo. De manera que yo no tenía mucha idea, pero entonces, como ahora, había una voz que me decía «O lo haces o lo haces». Bueno, pues lo hice.
-¿Los buenos periodistas aprendieron en situaciones desesperadas?
-Puede ser. Me acuerdo de una entrevista a Francisco Álvarez-Cascos en el año 91. Entonces debía ser diputado y secretario del Partido Popular. Yo estaba solo. Trabajaba en Radio Minuto. Era Navidad y por esas fechas Álvarez-Cascos solía acercarse a los estudios para felicitar las Fiestas. Ese día estaba solo y me dije: «Coño, Álvarez-Cascos. Tiene una entrevista». Con la mala suerte de que yo todavía no sabía manejar los mandos del estudio. Así que en lugar de dar a la palanca que debía le di a otra, de manera que tanto Cascos como yo nos escuchábamos con retardo. Eso hacía que los dos balbuceáramos al hablar y así se nos debió de escuchar. Fue un desastre. Lo pasé tan mal que no recuerdo qué diablos le pregunté.
-¿Qué le pasa a uno por la cabeza cuando abandona la publicidad y decide regresar a la radio?
-Piensas que vistes una ropa prestada, que no es la tuya, y cuando ya comienzas a acostumbrarte a esa ropa, de pronto se presenta la oportunidad de volver a vestir tu propia indumentaria, la de la radio, que ya es una ropa gastada, incluso con algún furaco, pero, a fin de cuentas, es tu ropa, con la que te sientes más caliente y confortable.
-¿En estos dos meses de programa ha visto algo en la profesión que antes no habías percibido?
-Que todos son mejores que yo. Cuando yo comencé, había gente que salía de la Facultad y muchos que surgían de modo espontáneo y, sin embargo, encajaban muy bien en la profesión. En cambio, por lo que respecta a los nuevos periodistas, creo que saben menos trucos de cocinero que antes. Dicho de otra manera, conocen la alta cocina, pero les falta todavía acertar con el punto de cocción. Son muy buenos profesionales pero, en ocasiones, no encuentro que tengan ganas de contar, de comunicar. A lo mejor, la espontaneidad de la comunicación se ha desvanecido. Por otra parte, en la radio y la tele siguen saliendo los mismos políticos, los mismos nombres, las mismas caras de siempre. Los mismos de hace veinte años. Y si no son los mismos nombres, son sus herederos.
-¿Se entrevista mirando a la pantalla del ordenador antes que a los ojos de los entrevistados?
-Creo que sí. Eso es algo que me llama mucho la atención. Trabajamos asistidos por monitores de ordenador. Antes mirabas a los ojos de las personas que entrevistabas, sus gestos, su postura. Todo eso decía mucho del personaje al que preguntabas. Ahora, por desgracia, es todo más frío.
-Imagínese que su vida es un western y que la radio supone su regreso al poblado después de unos años. De pronto, observa la ausencia de alguien.
-Yo creo que no falta nadie. Es probable que quien sobre sea yo.
-Eso es un exceso de modestia.
-No, no es cuestión de modestia. El pueblo sigue siendo el mismo, aunque las reglas, el marco o el ambiente, efectivamente, han cambiado. A lo mejor, han redecorado el «saloon», que ha perdido su mal olor y sus vomitonas y tampoco se puede beber ni fumar. Aun así, creo que la gente sigue siendo la misma.
-¿Siente nostalgia del pasado?
-No, porque no ha pasado tanto tiempo y hago lo mismo que hacía en el pasado. Siento otras cosas: comunicar es contar las cosas y cada uno tiene una forma, unos mejor y otros peor. Yo tengo la mía propia. No cambió tanto el lugar ni yo tampoco he cambiado tanto como para que haya una sorpresa o una nostalgia. Personalmente, me encuentro bastante intacto.
-¿Se cumplen las expectativas del programa?
-Alguien me dijo: «Cuatro horas y media de programa, vas a chiflar». De momento no ha sido así. Me siento como ese guaje que juega por vez primera en un campo nuevo. Al principio me asusté un poco. Ahora estoy tomando las medidas del campo. Desde dentro y desde fuera. Estamos indagando dónde hay que trabajar más y dónde no tanto, qué temas hay que tratar con más calma y qué otras con más celeridad. No obstante, también estamos empezando a disfrutar, pero seguimos rodando.
-Cuando analizaba la actualidad, decía que la veía exactamente igual a su época anterior. Desde un punto político, ¿el país necesita una regeneración política?
-No me gusta como suena. Lamento decir que cuando alguien me habla de regeneración me sale un sarpullido. De pronto tengo la impresión de que todo se hizo hasta ahora mal. Y es que regenerar suena a sajar, cortar, limpiar y operar. Seguro que habrá muchos que levanten la mano para regenerar y realmente no tengan la cura. Lo que encuentro realmente es una gran desilusión en la sociedad. Por otra parte es lógico con una crisis como ésta y casi cinco millones de parados. Creo que necesitamos un poco más de aire, que llegue savia nueva con un mensaje distinto, aunque suene muy utópico. Y no me refiero sólo a los políticos. Yo también me siento muy desilusionado.
-¿Con qué se siente desilusionado?
-Quizá con el sistema en general, que es un sistema acomodaticio. A lo mejor es que ya no tengo esperanzas en el género humano y vivo en el desencanto.
-¿Cree que la profesión se ha banalizado?
-Creo que sí. Vivimos sometidos a las audiencias y la publicidad. Vivimos la mercantilización de la profesión, tanto en prensa, televisión como en radio. Creo que todo se canaliza, se dirige desde arriba, a la vez que se trata de dar una respetabilidad a una profesión que nunca fue respetablemente seria, en el sentido de que siempre cobró mal. La respetabilidad de un periodista, actualmente, procede de la obligación de tener un título. Sin embargo, siempre hay alguien que se lucra a costa de una supuesta profesionalidad y de una vocación o ilusión que nunca menguó, a pesar del escaso salario que se gana. Incluso sentimos apuro por ganar perres en lo que nos gusta. Pero hay que reconocer que en el sector hay mucha gente que se dedicó al periodismo y otra mucha gente que nunca peleó por una noticia o estuvo en una redacción. Quizá todo mejorase si trabajáramos en buenas condiciones. Al final, todo eso repercute después en la cantidad de gente que trabaja en medios y no tiene una buena agenda ni referencias de nombres del pasado, que saben lo que ocurre pero no saben por qué. Descubro la falta de inquietud por saber lo que había antes. Y, además, asumo el error de generalizar.
-Pero eso no deja de sonar extraño, cuando quien lo dice se arriesga con un programa de cuatro horas y media.
-Vuelvo a la radio por necesidad personal de contar historias y lo hago también por mi hijo. Mi hijo, siempre que le preguntan en el colegio por el trabajo de su padre, dice que trabaja en la radio. Sin embargo, hasta no hace mucho tiempo me dedicaba a la publicidad y tenía la sensación de que lo que contaba era cierto y no lo era. Ahora puede decir con absoluta propiedad que su padre trabaja en al radio.
-¿Y cuando su chiquillo le pregunta qué es ser periodista?
-Mi hijo no pregunta lo obvio, porque en casa tiene a su padre, a su madre y a su tío. Prácticamente vive en una redacción. Para él, ver a su madre o a su padre en la televisión o escucharme en la radio es rutina.
-¿Tiene madera de periodista?
-No me gustaría que se dedicara a esto, pero reconozco que, incluso, cuando cuenta las cosas lo hace impostando la voz y describiéndolas con pelos y señales.
-¿Cómo fue su primera entrevista?
-Fue a un paisano que llegó a Moscú en bicicleta. Mi jefe me metió en un estudio, me indicó cuáles eran los aparatos y me dijo: esto es para hablar tú, esto es para que hable el otro y después me dejó solo. De manera que yo no tenía mucha idea, pero entonces, como ahora, había una voz que me decía «O lo haces o lo haces». Bueno, pues lo hice.
-¿Los buenos periodistas aprendieron en situaciones desesperadas?
-Puede ser. Me acuerdo de una entrevista a Francisco Álvarez-Cascos en el año 91. Entonces debía ser diputado y secretario del Partido Popular. Yo estaba solo. Trabajaba en Radio Minuto. Era Navidad y por esas fechas Álvarez-Cascos solía acercarse a los estudios para felicitar las Fiestas. Ese día estaba solo y me dije: «Coño, Álvarez-Cascos. Tiene una entrevista». Con la mala suerte de que yo todavía no sabía manejar los mandos del estudio. Así que en lugar de dar a la palanca que debía le di a otra, de manera que tanto Cascos como yo nos escuchábamos con retardo. Eso hacía que los dos balbuceáramos al hablar y así se nos debió de escuchar. Fue un desastre. Lo pasé tan mal que no recuerdo qué diablos le pregunté.
-¿Qué le pasa a uno por la cabeza cuando abandona la publicidad y decide regresar a la radio?
-Piensas que vistes una ropa prestada, que no es la tuya, y cuando ya comienzas a acostumbrarte a esa ropa, de pronto se presenta la oportunidad de volver a vestir tu propia indumentaria, la de la radio, que ya es una ropa gastada, incluso con algún furaco, pero, a fin de cuentas, es tu ropa, con la que te sientes más caliente y confortable.
-¿En estos dos meses de programa ha visto algo en la profesión que antes no habías percibido?
-Que todos son mejores que yo. Cuando yo comencé, había gente que salía de la Facultad y muchos que surgían de modo espontáneo y, sin embargo, encajaban muy bien en la profesión. En cambio, por lo que respecta a los nuevos periodistas, creo que saben menos trucos de cocinero que antes. Dicho de otra manera, conocen la alta cocina, pero les falta todavía acertar con el punto de cocción. Son muy buenos profesionales pero, en ocasiones, no encuentro que tengan ganas de contar, de comunicar. A lo mejor, la espontaneidad de la comunicación se ha desvanecido. Por otra parte, en la radio y la tele siguen saliendo los mismos políticos, los mismos nombres, las mismas caras de siempre. Los mismos de hace veinte años. Y si no son los mismos nombres, son sus herederos.
-¿Se entrevista mirando a la pantalla del ordenador antes que a los ojos de los entrevistados?
-Creo que sí. Eso es algo que me llama mucho la atención. Trabajamos asistidos por monitores de ordenador. Antes mirabas a los ojos de las personas que entrevistabas, sus gestos, su postura. Todo eso decía mucho del personaje al que preguntabas. Ahora, por desgracia, es todo más frío.
-Imagínese que su vida es un western y que la radio supone su regreso al poblado después de unos años. De pronto, observa la ausencia de alguien.
-Yo creo que no falta nadie. Es probable que quien sobre sea yo.
-Eso es un exceso de modestia.
-No, no es cuestión de modestia. El pueblo sigue siendo el mismo, aunque las reglas, el marco o el ambiente, efectivamente, han cambiado. A lo mejor, han redecorado el «saloon», que ha perdido su mal olor y sus vomitonas y tampoco se puede beber ni fumar. Aun así, creo que la gente sigue siendo la misma.
-¿Siente nostalgia del pasado?
-No, porque no ha pasado tanto tiempo y hago lo mismo que hacía en el pasado. Siento otras cosas: comunicar es contar las cosas y cada uno tiene una forma, unos mejor y otros peor. Yo tengo la mía propia. No cambió tanto el lugar ni yo tampoco he cambiado tanto como para que haya una sorpresa o una nostalgia. Personalmente, me encuentro bastante intacto.
-¿Se cumplen las expectativas del programa?
-Alguien me dijo: «Cuatro horas y media de programa, vas a chiflar». De momento no ha sido así. Me siento como ese guaje que juega por vez primera en un campo nuevo. Al principio me asusté un poco. Ahora estoy tomando las medidas del campo. Desde dentro y desde fuera. Estamos indagando dónde hay que trabajar más y dónde no tanto, qué temas hay que tratar con más calma y qué otras con más celeridad. No obstante, también estamos empezando a disfrutar, pero seguimos rodando.
-Cuando analizaba la actualidad, decía que la veía exactamente igual a su época anterior. Desde un punto político, ¿el país necesita una regeneración política?
-No me gusta como suena. Lamento decir que cuando alguien me habla de regeneración me sale un sarpullido. De pronto tengo la impresión de que todo se hizo hasta ahora mal. Y es que regenerar suena a sajar, cortar, limpiar y operar. Seguro que habrá muchos que levanten la mano para regenerar y realmente no tengan la cura. Lo que encuentro realmente es una gran desilusión en la sociedad. Por otra parte es lógico con una crisis como ésta y casi cinco millones de parados. Creo que necesitamos un poco más de aire, que llegue savia nueva con un mensaje distinto, aunque suene muy utópico. Y no me refiero sólo a los políticos. Yo también me siento muy desilusionado.
-¿Con qué se siente desilusionado?
-Quizá con el sistema en general, que es un sistema acomodaticio. A lo mejor es que ya no tengo esperanzas en el género humano y vivo en el desencanto.
-¿Cree que la profesión se ha banalizado?
-Creo que sí. Vivimos sometidos a las audiencias y la publicidad. Vivimos la mercantilización de la profesión, tanto en prensa, televisión como en radio. Creo que todo se canaliza, se dirige desde arriba, a la vez que se trata de dar una respetabilidad a una profesión que nunca fue respetablemente seria, en el sentido de que siempre cobró mal. La respetabilidad de un periodista, actualmente, procede de la obligación de tener un título. Sin embargo, siempre hay alguien que se lucra a costa de una supuesta profesionalidad y de una vocación o ilusión que nunca menguó, a pesar del escaso salario que se gana. Incluso sentimos apuro por ganar perres en lo que nos gusta. Pero hay que reconocer que en el sector hay mucha gente que se dedicó al periodismo y otra mucha gente que nunca peleó por una noticia o estuvo en una redacción. Quizá todo mejorase si trabajáramos en buenas condiciones. Al final, todo eso repercute después en la cantidad de gente que trabaja en medios y no tiene una buena agenda ni referencias de nombres del pasado, que saben lo que ocurre pero no saben por qué. Descubro la falta de inquietud por saber lo que había antes. Y, además, asumo el error de generalizar.
-Pero eso no deja de sonar extraño, cuando quien lo dice se arriesga con un programa de cuatro horas y media.
-Vuelvo a la radio por necesidad personal de contar historias y lo hago también por mi hijo. Mi hijo, siempre que le preguntan en el colegio por el trabajo de su padre, dice que trabaja en la radio. Sin embargo, hasta no hace mucho tiempo me dedicaba a la publicidad y tenía la sensación de que lo que contaba era cierto y no lo era. Ahora puede decir con absoluta propiedad que su padre trabaja en al radio.
-¿Y cuando su chiquillo le pregunta qué es ser periodista?
-Mi hijo no pregunta lo obvio, porque en casa tiene a su padre, a su madre y a su tío. Prácticamente vive en una redacción. Para él, ver a su madre o a su padre en la televisión o escucharme en la radio es rutina.
-¿Tiene madera de periodista?
-No me gustaría que se dedicara a esto, pero reconozco que, incluso, cuando cuenta las cosas lo hace impostando la voz y describiéndolas con pelos y señales.
jueves, 3 de febrero de 2011
Teoría de la corrupción
Algo tan lamentable como escalofriante de la corrupción es su naturaleza incalculable. La corrupción parece gigantesca, pero, a tenor de las sucesivas informaciones publicadas desde hace un par de semanas, parece no tener medida. Sin embargo, uno cree que, precisamente, su desmesura forma parte de su identidad. El escaso control que los sistemas jurídicos ejercen sobre los corruptos hasta que estos acaban en manos de la justicia nos indica que la corrupción no posee medida, resulta prácticamente imposible de calibrar y se acerca tanto a la esencia de las emociones que es inútil advertir el punto exacto del que procede y, lo que es peor aún, cuál será su devenir.
A estas alturas, el «caso Marea» es un cúmulo de cifras que nos hablan de malversación, cohecho y otros tantos delitos. En dos semanas, ya no alcanzamos a estimar su profundidad y extensión. Los lectores tienen la sensación de que la magnitud de esta formidable monstruosidad alcanza un grado que desdice su graduación y, en consecuencia, su calificación aproximada. Se trata, por tanto, de una corrupción tan difícil de calificar que la socorrida nominación de «trama política» o «trama administrativa» apenas sirve para percibir las dimensiones de un acontecimiento cuya complejidad ha estallado precisamente por su naturaleza perversa.
La izquierda y la derecha suelen fantasear constantemente con su honestidad, su voluntad y capacidad para controlar y, en su caso, castigar a aquellos que asumen el soborno como un estilo de vida. ¿Pero cuál ha sido hasta ahora ese control? El interés de las autoridades ha sido comprobar, a posteriori, que sus muchas medidas de control no producían efecto alguno. Ninguno de los organismos fiscalizadores de la Administración asturiana ha servido para detectar el mal o, al menos, parte de ese mal; ni siquiera cuando Marta Renedo fue destituida tras detectarse alguno de sus desafueros.
El «caso Marea» incluye en su relato el juego de las apariencias. Hombres y mujeres de aparente austeridad pasan sus días en la cárcel, mientras sus amigos se lamentan públicamente de su desgracia y hacen gala de su amistad. Resulta curioso que sea la apariencia de esa austeridad la que justifique su inocencia y valía, argumento que, realmente, va en contra de los imputados, pues lo único que consigue es que se incremente el grado de perversión. Me gusta pensar que la corrupción no tiene forma y, por lo tanto, su apariencia puede ser la de un hombre vestido de cualquiera.
La corrupción es la expresión moral y económica de El Mal: crea pánico, vergüenza y resignación entre quienes gobiernan y son gobernados, en coherencia con su alma desmedida o acaso infinita. Observamos por la naturaleza del «caso Marea» que la corrupción no se sacia, engulle millones de euros y deja en la cuneta infinidad de víctimas políticas: sistemas políticos, partidos y ciudadanos, que mueren ahogados en el océano de la desilusión.
La corrupción se extiende sin coto, como un virus contagioso o una célula cancerosa que conduce al organismo a la metástasis de la desafección. La corrupción logra que toda la realidad sea sospechosa de ser corrupta y destruye la confianza, la seguridad, la esperanza, abriendo la puerta a otros monstruos que, en último término, la consagran, invocando su pureza. La corrupción, querido y desocupado lector, es el heraldo negro del terror que llamará próximamente a su puerta.
A estas alturas, el «caso Marea» es un cúmulo de cifras que nos hablan de malversación, cohecho y otros tantos delitos. En dos semanas, ya no alcanzamos a estimar su profundidad y extensión. Los lectores tienen la sensación de que la magnitud de esta formidable monstruosidad alcanza un grado que desdice su graduación y, en consecuencia, su calificación aproximada. Se trata, por tanto, de una corrupción tan difícil de calificar que la socorrida nominación de «trama política» o «trama administrativa» apenas sirve para percibir las dimensiones de un acontecimiento cuya complejidad ha estallado precisamente por su naturaleza perversa.
La izquierda y la derecha suelen fantasear constantemente con su honestidad, su voluntad y capacidad para controlar y, en su caso, castigar a aquellos que asumen el soborno como un estilo de vida. ¿Pero cuál ha sido hasta ahora ese control? El interés de las autoridades ha sido comprobar, a posteriori, que sus muchas medidas de control no producían efecto alguno. Ninguno de los organismos fiscalizadores de la Administración asturiana ha servido para detectar el mal o, al menos, parte de ese mal; ni siquiera cuando Marta Renedo fue destituida tras detectarse alguno de sus desafueros.
El «caso Marea» incluye en su relato el juego de las apariencias. Hombres y mujeres de aparente austeridad pasan sus días en la cárcel, mientras sus amigos se lamentan públicamente de su desgracia y hacen gala de su amistad. Resulta curioso que sea la apariencia de esa austeridad la que justifique su inocencia y valía, argumento que, realmente, va en contra de los imputados, pues lo único que consigue es que se incremente el grado de perversión. Me gusta pensar que la corrupción no tiene forma y, por lo tanto, su apariencia puede ser la de un hombre vestido de cualquiera.
La corrupción es la expresión moral y económica de El Mal: crea pánico, vergüenza y resignación entre quienes gobiernan y son gobernados, en coherencia con su alma desmedida o acaso infinita. Observamos por la naturaleza del «caso Marea» que la corrupción no se sacia, engulle millones de euros y deja en la cuneta infinidad de víctimas políticas: sistemas políticos, partidos y ciudadanos, que mueren ahogados en el océano de la desilusión.
La corrupción se extiende sin coto, como un virus contagioso o una célula cancerosa que conduce al organismo a la metástasis de la desafección. La corrupción logra que toda la realidad sea sospechosa de ser corrupta y destruye la confianza, la seguridad, la esperanza, abriendo la puerta a otros monstruos que, en último término, la consagran, invocando su pureza. La corrupción, querido y desocupado lector, es el heraldo negro del terror que llamará próximamente a su puerta.
viernes, 28 de enero de 2011
La corrupción o el sistema
Los carrozas de la corrupción, los trujamanes y trileros de la corrupción. Sorprende que sean capaces de soportar el insulto, la mierda, el menosprecio, la guerra, la humillación, el jarrapellejos en que se ha convertido este país, que no aguanta un solo instante la prueba del algodón, por una cuenta en Suiza o, peor todavía, por unas joyas y un abrigo de visón.
La corrupción o el sistema. No es un verso de Vicente Aleixandre, es un titular que explica la actualidad política asturiana, que ha dado un giro radical en tres días y amenaza con permanecer sobre nuestras cabezas durante los próximos tres meses. Comienzo a pensar que el sistema es la corrupción y yo no suelo sentir ningún tipo de desafección política. Cualquiera que tenga dos dedos de frente y viva la política como una pasión, se da cuenta de que se necesita tener el hígado destrozado para aceptar el sistema. Me jode pensar que esta vida se ha hecho para viejos sobredorados que van para viejas, mientras los parados se suicidan y los banqueros se agarran a la pasta canalla.
Está claro que el peor enemigo de un político es otro político de su mismo partido. José Luis Riopedre ha ejecutado la mejor traición hacia su partido. Ahora tiene tema para sus memorias, esas que sirven para cerrar las puertas del olvido. De modo que hoy nos desayunamos con la corrupción, la perplejidad de Vicente Álvarez Areces, la presunción de inocencia, el ejercicio legítimo del Estado de derecho, y así en este plan, una letanía de presunciones que se repiten como un tedioso formulario.
Todo nuestro mundo occidental y crispado nos está dando el espectáculo enfrentado de los viejos políticos, los agiotistas carcaveras, los ancianos estofados de la tribu, que presiden este primer tercio de milenio bajo un palio de seda y crimen. Camps en Valencia, Millet en Barcelona, Muñoz en Marbella y ahora Riopedre en Asturias. Sospecho que han aceptado el soborno como un estilo de vida. Se han dejado seducir por el oro de la corrupción, ese brillo especial que tiene la mierda cuando el político se acerca un poco para saber a qué huele.
Mientras el viejo dominico, ex militante del PCE, aprende a vivir la libertad de los presos, la socialdemocracia asturiana agoniza, a menos de 120 días de las próximas elecciones autonómicas. Emociona y conmociona escuchar las explicaciones de Javier Fernández por algo que no hizo mientras otros cumplen al pie de la letra la ley del silencio. Sería imperdonable que el socialismo asturiano perdiera estas elecciones por un amigo con graves problemas de corazón. Pero lo peor de la corrupción no es el trinque, pues a ése desgraciadamente ya nos hemos acostumbrado. Lo peor es que la nueva situación anuncia otro Gobierno y otro sistema tan corrupto como éste y peor. La corrupción, querido y desocupado lector, es también la antesala del fascismo, que ya planea como un buitre sobre la carnaza mientras los viejos predicadores se quedan solos en la paz de la trena, escriben sus memorias y, de vez en cuando, se rilan. Ay.
La corrupción o el sistema. No es un verso de Vicente Aleixandre, es un titular que explica la actualidad política asturiana, que ha dado un giro radical en tres días y amenaza con permanecer sobre nuestras cabezas durante los próximos tres meses. Comienzo a pensar que el sistema es la corrupción y yo no suelo sentir ningún tipo de desafección política. Cualquiera que tenga dos dedos de frente y viva la política como una pasión, se da cuenta de que se necesita tener el hígado destrozado para aceptar el sistema. Me jode pensar que esta vida se ha hecho para viejos sobredorados que van para viejas, mientras los parados se suicidan y los banqueros se agarran a la pasta canalla.
Está claro que el peor enemigo de un político es otro político de su mismo partido. José Luis Riopedre ha ejecutado la mejor traición hacia su partido. Ahora tiene tema para sus memorias, esas que sirven para cerrar las puertas del olvido. De modo que hoy nos desayunamos con la corrupción, la perplejidad de Vicente Álvarez Areces, la presunción de inocencia, el ejercicio legítimo del Estado de derecho, y así en este plan, una letanía de presunciones que se repiten como un tedioso formulario.
Todo nuestro mundo occidental y crispado nos está dando el espectáculo enfrentado de los viejos políticos, los agiotistas carcaveras, los ancianos estofados de la tribu, que presiden este primer tercio de milenio bajo un palio de seda y crimen. Camps en Valencia, Millet en Barcelona, Muñoz en Marbella y ahora Riopedre en Asturias. Sospecho que han aceptado el soborno como un estilo de vida. Se han dejado seducir por el oro de la corrupción, ese brillo especial que tiene la mierda cuando el político se acerca un poco para saber a qué huele.
Mientras el viejo dominico, ex militante del PCE, aprende a vivir la libertad de los presos, la socialdemocracia asturiana agoniza, a menos de 120 días de las próximas elecciones autonómicas. Emociona y conmociona escuchar las explicaciones de Javier Fernández por algo que no hizo mientras otros cumplen al pie de la letra la ley del silencio. Sería imperdonable que el socialismo asturiano perdiera estas elecciones por un amigo con graves problemas de corazón. Pero lo peor de la corrupción no es el trinque, pues a ése desgraciadamente ya nos hemos acostumbrado. Lo peor es que la nueva situación anuncia otro Gobierno y otro sistema tan corrupto como éste y peor. La corrupción, querido y desocupado lector, es también la antesala del fascismo, que ya planea como un buitre sobre la carnaza mientras los viejos predicadores se quedan solos en la paz de la trena, escriben sus memorias y, de vez en cuando, se rilan. Ay.
viernes, 14 de enero de 2011
Escocia
En tiempos de crisis, el personal se echa a los bares, aunque sólo sea para fumarse un cigarrillo a la puerta y comenzar una nueva historia de encuentros y desencuentros encadenados por el humo de un par de cigarrillos, que como el gran libro de Richard Klein, son sublimes. Venimos echando en falta el Escocia, el tono marítimo que tenían ciertas coctelerías de Gijón que han sido, como en Madrid, nuestro Chicote. Me cuenta Alfredo González hijo que, después de cerrar por obra el viejo Escocia, abrirá próximamente en abril, probablemente en otra calle y otro barrio, pero con el mismo ambiente mondaine y la misma encantadora canalla que ha venido parando desde hace cincuenta años.
El Escocia se ha convertido en un gran pedazo de la historia de Gijón. Alfredo no es sólo un gran tipo, es un buen cronista de la vida lánguida, noctámbula y palpitante de la ciudad, relatada a través de los cócteles que preparaba su padre, don Alfredo.
Hablar con don Alfredo es tratar con uno de los hosteleros más inteligentes, cultos y perrerus de Gijón. Cuenta, como Heródoto, la historia íntima de la ciudad, que son sus bares, sus clientes, en definitiva, la sabia oscura que nos da la vida. Como me cuenta su hijo, en aquella época no era el tiempo lo que más interesaba a los lectores de la prensa, sino el «Cóctel del día» que su padre publicaba en «Voluntad», junto a la previsión del tiempo y la hora de las mareas.
Uno puede pasar a la historia por haber escrito un gran libro o por haber inventado un gran cóctel. Don Alfredo nos recompensa con la leche pantera y su proverbial erudición, siempre campechana y playa, en materia de alcohol. Me gusta pensar que padre e hijo descubrieron en algún momento de su vida que se puede vivir, comer y beber, mantenerse a flote en el mundo indefinidamente sin más esfuerzo que sosteniendo una copa en la mano. Si hay una teoría de la fiesta y lo mondaine, sin lugar a dudas debe ser ésta.
Cuando la burguesía finolis concluía la farra en el Club de Regatas, el personal continuaba en El Mesón del Gallo, Montmart o Escocia. Entonces, como ahora, se practicaba una vida sentimental regida por la improvisación, el flechazo, la circunstancia, la conveniencia, el flirt, el tonteo, el ligue, el lío y el desmadre. Agatha Liz bailaba en el «Playboy» al son de las maracas de Machín y las flappers retrasadas del franquismo se dejaban llevar por el ruido americano del «Dúo Dinámico».
Hoy, Alfredo, a su modo y manera, continúa la historia que inició su padre, celebrando aniversarios, sirviendo copas, bebiéndoselas, desvelando el misterio de la noche en el sonido del whisky derramado en la copa, en los vicios de cada esquina, en la alevosía criminal de cada sombra, y nos devuelve la fiesta, esa atmósfera que nos sitúa en la superficie de las cosas, la vida mondaine, que como toda vida es necesario aprenderla para poder sobrevivirla.
El Escocia se ha convertido en un gran pedazo de la historia de Gijón. Alfredo no es sólo un gran tipo, es un buen cronista de la vida lánguida, noctámbula y palpitante de la ciudad, relatada a través de los cócteles que preparaba su padre, don Alfredo.
Hablar con don Alfredo es tratar con uno de los hosteleros más inteligentes, cultos y perrerus de Gijón. Cuenta, como Heródoto, la historia íntima de la ciudad, que son sus bares, sus clientes, en definitiva, la sabia oscura que nos da la vida. Como me cuenta su hijo, en aquella época no era el tiempo lo que más interesaba a los lectores de la prensa, sino el «Cóctel del día» que su padre publicaba en «Voluntad», junto a la previsión del tiempo y la hora de las mareas.
Uno puede pasar a la historia por haber escrito un gran libro o por haber inventado un gran cóctel. Don Alfredo nos recompensa con la leche pantera y su proverbial erudición, siempre campechana y playa, en materia de alcohol. Me gusta pensar que padre e hijo descubrieron en algún momento de su vida que se puede vivir, comer y beber, mantenerse a flote en el mundo indefinidamente sin más esfuerzo que sosteniendo una copa en la mano. Si hay una teoría de la fiesta y lo mondaine, sin lugar a dudas debe ser ésta.
Cuando la burguesía finolis concluía la farra en el Club de Regatas, el personal continuaba en El Mesón del Gallo, Montmart o Escocia. Entonces, como ahora, se practicaba una vida sentimental regida por la improvisación, el flechazo, la circunstancia, la conveniencia, el flirt, el tonteo, el ligue, el lío y el desmadre. Agatha Liz bailaba en el «Playboy» al son de las maracas de Machín y las flappers retrasadas del franquismo se dejaban llevar por el ruido americano del «Dúo Dinámico».
Hoy, Alfredo, a su modo y manera, continúa la historia que inició su padre, celebrando aniversarios, sirviendo copas, bebiéndoselas, desvelando el misterio de la noche en el sonido del whisky derramado en la copa, en los vicios de cada esquina, en la alevosía criminal de cada sombra, y nos devuelve la fiesta, esa atmósfera que nos sitúa en la superficie de las cosas, la vida mondaine, que como toda vida es necesario aprenderla para poder sobrevivirla.
sábado, 8 de enero de 2011
La radio es mía
La radio, en aquella vieja y cruel infancia, era aquel mueble pequeño colocado en la cocina. La radio, que la escuchábamos con la misma admiración que guarda un niño a su abuelo, era de madera oscura y tallada, con una ventanita de tela que nunca se abría; tenía unos botones gordos y un ojo mágico, luminoso y rojo, que era el ojo cosmológico por el que se veía el mundo en la casa de los pobres. Los pobres, como los ciegos, siempre hemos percibido la verdad a través de los oídos.
A diferencia del periódico, la radio es el único medio capaz de desnudarnos; es imposible colar una sola mentira a través de ella, de modo que en política, tahúres y fulleros descubren sus cartas en cuanto asoman el morro ante el micrófono. En la radio de nada valen las trampas, así que vuelvo a la radio porque ha vuelto Pachi Poncela con un nuevo programa en la RPA. Pachi regresa con «La radio es mía», un programa de cuatro horas y media que servirá para conocer la actualidad y la vida cotidiana de todos los asturianos. Este regreso de Poncela a la radio nos transmite la idea del periodismo como una enfermedad o, si acaso, como una adicción necesaria para quien lo ejerce y para quien lo disfruta realmente, comprendiendo lo que sucede más allá de lo que ven sus ojos.
El regreso de Pachi nos confirma lo que ya dejé escrito en otra ocasión: de pronto, uno lo deja todo, su trabajo, su rutina, su estabilidad y vuelve a lo suyo, a lo que mamó toda su vida, a lo que estuvo enganchado desde siempre, eso que se convierte en oficio y que logra, casi como quien obra un milagro, que a uno se le dispare la adrenalina.
Pachi Poncela es un agitador irónico que vive como habla, capaz de llenar las horas de buenas historias, conversar y cachondeo. No es un predicador, ni un panfletario. Rehúye del dogmatismo y nunca se toma la patria a pecho ni a sobaco, quizá porque sabe que no es necesario inventarse nada para poder conectar con los asturianos.
Así como el periodismo americano busca un protagonista individual y el periodismo europeo prefiere el rigor del colectivo, Pachi Poncela se sitúa entre los dos ríos para encontrar, en la anécdota, el nervio de la historia de esta región. Con Pachi Poncela descubrimos a un periodista de raza, de esos que levantan las emisoras cuando llega y las deja tambaleantes cuando marcha, que ha entendido su oficio como vida y su vida como oficio. Gracias a él, la vida cotidiana vuelve a adquirir la dignidad de lo desconocido. Y es que el sentido de la vida está hecho de esa cotidianidad que sólo un periodista es capaz de describir con ironía, resignación y simpatía, a través de una voz que no descansa nunca porque nadie se cansa de vivir.
A diferencia del periódico, la radio es el único medio capaz de desnudarnos; es imposible colar una sola mentira a través de ella, de modo que en política, tahúres y fulleros descubren sus cartas en cuanto asoman el morro ante el micrófono. En la radio de nada valen las trampas, así que vuelvo a la radio porque ha vuelto Pachi Poncela con un nuevo programa en la RPA. Pachi regresa con «La radio es mía», un programa de cuatro horas y media que servirá para conocer la actualidad y la vida cotidiana de todos los asturianos. Este regreso de Poncela a la radio nos transmite la idea del periodismo como una enfermedad o, si acaso, como una adicción necesaria para quien lo ejerce y para quien lo disfruta realmente, comprendiendo lo que sucede más allá de lo que ven sus ojos.
El regreso de Pachi nos confirma lo que ya dejé escrito en otra ocasión: de pronto, uno lo deja todo, su trabajo, su rutina, su estabilidad y vuelve a lo suyo, a lo que mamó toda su vida, a lo que estuvo enganchado desde siempre, eso que se convierte en oficio y que logra, casi como quien obra un milagro, que a uno se le dispare la adrenalina.
Pachi Poncela es un agitador irónico que vive como habla, capaz de llenar las horas de buenas historias, conversar y cachondeo. No es un predicador, ni un panfletario. Rehúye del dogmatismo y nunca se toma la patria a pecho ni a sobaco, quizá porque sabe que no es necesario inventarse nada para poder conectar con los asturianos.
Así como el periodismo americano busca un protagonista individual y el periodismo europeo prefiere el rigor del colectivo, Pachi Poncela se sitúa entre los dos ríos para encontrar, en la anécdota, el nervio de la historia de esta región. Con Pachi Poncela descubrimos a un periodista de raza, de esos que levantan las emisoras cuando llega y las deja tambaleantes cuando marcha, que ha entendido su oficio como vida y su vida como oficio. Gracias a él, la vida cotidiana vuelve a adquirir la dignidad de lo desconocido. Y es que el sentido de la vida está hecho de esa cotidianidad que sólo un periodista es capaz de describir con ironía, resignación y simpatía, a través de una voz que no descansa nunca porque nadie se cansa de vivir.
jueves, 30 de diciembre de 2010
Cuento de Navidad
Maxwell cogió las llaves, el teléfono y el mando a distancia del garaje. Comprobó que su cartera estaba en el abrigo colgado de la percha, junto a la entrada. Cerró la puerta tras girar la cerradura en cuatro ocasiones y se introdujo en el ascensor pensando que se había dejado la luz encendida.
El sol estaba bajo y percibía que el aire sabía casi a limpio. Maxwel avanzaba hacia el hospital otro viernes más, dispuesto a trabajar en su última urgencia. Tenía un rostro alargado y rubicundo, una nariz grande, un mostacho que recordaba al de un viejo explorador y una calva prominente, oculta tras un gorro de visera que le confería un aspecto británico. Tenía sesenta y tres años. Había envejecido en los quirófanos, tejiendo colgajos, juntando arterias, desbrozando tejidos necróticos, recomponiendo cuerpos humanos.
El tiempo transcurre a gran velocidad cuando estás en el quirófano. Veinte años antes, asumía que ciertos accidentes no se podían resolver porque no se tenía conocimientos ni medios. Una vez superado el accidente agudo, Maxwell trabajaba sobre las secuelas paulatinamente, a lo largo de meses y años. Pero el día antes de su jubilación ya no era así. El experto cirujano intentaba dejar a sus pacientes lo mejor posible en el primer golpe. Después de tanto tiempo, aún le asombraba que la cirugía hubiera evolucionado tanto. Maxwell decía que el tiempo se había condensado prácticamente en un solo gesto, en un solo corte. Al menos, esa era la sensación que tenía, aunque hubiera estado en el quirófano más de diez horas. Después, cuando salía de una operación, sentía cómo todo se lentificaba, percibía que todo iba más despacio, como una película rodada a cámara lenta. Al llegar a casa, le preguntaba a su mujer qué día era. No sabía si había pasado un minuto o una hora.
Maxwel era director del área de cirugía plástica del hospital general de Londres. Se enfrentaba a las urgencias con pasión. A sus colegas les explicaba en los congresos que la urgencia estimulaba su imaginación. «Debes echar mano de todos los recursos culturales de que dispones para saber solucionar un caso. Eso implica agilidad e improvisación». En ocasiones, le gustaba compararse con un músico de jazz. «Repasas la partitura en diez o quince minutos y después ejecutas».
Tras dejar el maletín en su despacho, se dirigió a la sala de quemados. En la habitación 301 descansaba un paciente con quemaduras en más del cincuenta por ciento de su cuerpo. Mientras caminaba por el pasillo recordaba el protocolo: le diría que el hombre soporta lo que le echen, que el proceso de adaptación es asombroso. Pero en su larga experiencia como cirujano sabía que no había sufrimiento más dramático que el de un quemado.
El informe médico decía que era un minero nacido en Southapton. Una explosión de grisú y todo se fue al traste. El muchacho tenía veinticinco años y no era seguro que salvara sus piernas. Estaba aislado de los demás pacientes mientras el equipo de cirugía plástica observaba su evolución. Maxwel había escrito en una ponencia que los quemados tienen una sensación de muerte inicial tan agresiva, que viven el accidente con absoluta lucidez. También había escrito que la soledad aumenta el dolor agudo de las víctimas. Nadie mejor que un quemado para escribir sobre la muerte.
«Pero una vez que aceptas el dolor, construyes la vida», dejó escrito en su diario. Lo volvió a leer, antes de recoger sus cosas del despacho. Quizá esa era la única lección que había aprendido en cincuenta años encerrado en un hospital. Antes de cerrar la puerta de su despacho, volvió a leer su nombre grabado en la placa de su puerta: John W. Maxwell. Se fue en silencio, creyendo que todo su esfuerzo carecía de valor si no era para que otro pudiera seguir el camino en el punto exacto donde él lo había dejado.
Le gustaba pensar que el conocimiento sólo tiene sentido si a través de él era capaz de ofrecier a los demás la oportunidad de comprender todo aquello que había sufrido y los demás le concedía la oportunidad de asimilar lo que habían sufrido ellos. De esta forma, aceptaba que su vida era un eslabón de la cadena humana sin gran dramatismo. Una vez que aceptaba el dolor, construía su vida.
El sol estaba bajo y percibía que el aire sabía casi a limpio. Maxwel avanzaba hacia el hospital otro viernes más, dispuesto a trabajar en su última urgencia. Tenía un rostro alargado y rubicundo, una nariz grande, un mostacho que recordaba al de un viejo explorador y una calva prominente, oculta tras un gorro de visera que le confería un aspecto británico. Tenía sesenta y tres años. Había envejecido en los quirófanos, tejiendo colgajos, juntando arterias, desbrozando tejidos necróticos, recomponiendo cuerpos humanos.
El tiempo transcurre a gran velocidad cuando estás en el quirófano. Veinte años antes, asumía que ciertos accidentes no se podían resolver porque no se tenía conocimientos ni medios. Una vez superado el accidente agudo, Maxwell trabajaba sobre las secuelas paulatinamente, a lo largo de meses y años. Pero el día antes de su jubilación ya no era así. El experto cirujano intentaba dejar a sus pacientes lo mejor posible en el primer golpe. Después de tanto tiempo, aún le asombraba que la cirugía hubiera evolucionado tanto. Maxwell decía que el tiempo se había condensado prácticamente en un solo gesto, en un solo corte. Al menos, esa era la sensación que tenía, aunque hubiera estado en el quirófano más de diez horas. Después, cuando salía de una operación, sentía cómo todo se lentificaba, percibía que todo iba más despacio, como una película rodada a cámara lenta. Al llegar a casa, le preguntaba a su mujer qué día era. No sabía si había pasado un minuto o una hora.
Maxwel era director del área de cirugía plástica del hospital general de Londres. Se enfrentaba a las urgencias con pasión. A sus colegas les explicaba en los congresos que la urgencia estimulaba su imaginación. «Debes echar mano de todos los recursos culturales de que dispones para saber solucionar un caso. Eso implica agilidad e improvisación». En ocasiones, le gustaba compararse con un músico de jazz. «Repasas la partitura en diez o quince minutos y después ejecutas».
Tras dejar el maletín en su despacho, se dirigió a la sala de quemados. En la habitación 301 descansaba un paciente con quemaduras en más del cincuenta por ciento de su cuerpo. Mientras caminaba por el pasillo recordaba el protocolo: le diría que el hombre soporta lo que le echen, que el proceso de adaptación es asombroso. Pero en su larga experiencia como cirujano sabía que no había sufrimiento más dramático que el de un quemado.
El informe médico decía que era un minero nacido en Southapton. Una explosión de grisú y todo se fue al traste. El muchacho tenía veinticinco años y no era seguro que salvara sus piernas. Estaba aislado de los demás pacientes mientras el equipo de cirugía plástica observaba su evolución. Maxwel había escrito en una ponencia que los quemados tienen una sensación de muerte inicial tan agresiva, que viven el accidente con absoluta lucidez. También había escrito que la soledad aumenta el dolor agudo de las víctimas. Nadie mejor que un quemado para escribir sobre la muerte.
«Pero una vez que aceptas el dolor, construyes la vida», dejó escrito en su diario. Lo volvió a leer, antes de recoger sus cosas del despacho. Quizá esa era la única lección que había aprendido en cincuenta años encerrado en un hospital. Antes de cerrar la puerta de su despacho, volvió a leer su nombre grabado en la placa de su puerta: John W. Maxwell. Se fue en silencio, creyendo que todo su esfuerzo carecía de valor si no era para que otro pudiera seguir el camino en el punto exacto donde él lo había dejado.
Le gustaba pensar que el conocimiento sólo tiene sentido si a través de él era capaz de ofrecier a los demás la oportunidad de comprender todo aquello que había sufrido y los demás le concedía la oportunidad de asimilar lo que habían sufrido ellos. De esta forma, aceptaba que su vida era un eslabón de la cadena humana sin gran dramatismo. Una vez que aceptaba el dolor, construía su vida.
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