Espejo de villanos

"Hijos de puta, si os dejo con vida es por que habréis de amortajárme como a un ángel"

viernes, 17 de junio de 2011

Vivir la oposición

El Grupo parlamentario Socialista asturiano apoyó al PP en la investidura del conservador Fernando Goñi como presidente de la Junta del Principado. Qué barbaridad, clama la izquierda, que no comprende todavía los vaivenes políticos de la FSA.

Lo ha dicho Justo Braga, secretario de la UGT asturiana: «Es la primera vez que una fuerza de la izquierda le da su apoyo a una de la derecha como mal menor, ellos sabrán qué es lo que han planteado; yo, desde la UGT, no tengo más que ser respetuoso con eso, pero personalmente no lo comparto».

Ciertamente, la mayoría de los socialistas no comparte esta decisión que explica cómo el socialismo asturiano ha perdido el rumbo desde que supo que sería el grupo parlamentario mayoritario de la oposición. Lo cierto es que parece no haber asumido el papel que le corresponde y camina desorientado desde el pasado 22 de mayo, sin brújula que oriente el papel que debe jugar los próximos cuatro años. Valga como ejemplo lo sucedido en Cangas del Narcea el sábado pasado, cuando cuatro concejales socialistas votaron al candidato del PP con tal de impedir que el municipio tuviera un alcalde de IU. A las pocas horas, Jesús Gutiérrez anunció los respectivos expedientes y unos días más tarde, justificaba una votación en el Parlamento con un discurso escasamente coherente con todo lo anterior.

Lo cierto es que la irrupción de Francisco Álvarez-Cascos ha roto la dialéctica que enfrentaba a la izquierda y la derecha a través de los dos partidos mayoritarios durante estos últimos treinta años. La llegada de un tercero ha cambiado las reglas del juego y ahora el PSOE no sabe quiénes son sus aliados ni sus enemigos. De alguna manera, de la votación en la Junta uno debería entender, querido y desocupado lector, que la derecha es ahora Cascos y que el PP se ha convertido, por efecto de los votos y del desplazamiento en los asientos de la Junta, en un partido moderado con el que la izquierda, quién lo diría, podrá alcanzar acuerdos de esta envergadura. La idea sería hasta cierto punto razonable si no hubiera otros partidos de izquierda en el Parlamento y, sobre todo, si no fuera porque Javier Fernández, secretario de los socialistas asturianos explicó durante la campaña electoral hasta la extenuación que Foro Asturias y Partido Popular eran la misma derecha pero con dos cabezas.

La pregunta más inmediata que la izquierda debe plantear a los socialistas asturianos es, después de esta votación, hasta donde pretende llegar el PSOE junto al PP con tal de reducir el poder y la influencia de Foro Asturias en las instituciones. Realmente, ¿existe un límite político a esta componenda en apariencia improvisada y fuera de cualquier lógica? Clara Costales, diputada socialista, justifica desde su muro, en Facebook, que la decisión adoptada ha sido puramente táctica. El Grupo parlamentario Socialista trataría de evitar que Foro Asturias controlase sin límite alguno los asuntos que deberían discutirse en la asamblea, colocando a un diputado del PP en la Presidencia de la Mesa. El razonamiento podría parecer válido si no fuera porque la lógica invita a pensar que debería ser un diputado socialista el que presidiera la asamblea de los asturianos, a tenor de la representación alcanzada por la FSA. Dicho de otra forma, de algo han de servir los votos que convirtieron a la FSA en la primera fuerza más votada. Desde el burladero, parece que esa legitimidad ha quedado reducida a una anécdota.

De todo lo visto y oído hasta ahora, concluimos que la organización desea un Gobierno inestable y que no descarta empujar a Francisco Álvarez-Cascos a la convocatoria de unas elecciones dentro de unos meses. De ser cierta esta reflexión, el socialismo podría estar abriendo, sin quererlo, la puerta a una mayoría absoluta en la Junta; pero no sería precisamente la suya. Ay.

jueves, 9 de junio de 2011

«Necesitamos resucitar la memoria, reconquistar la verdad del pasado»

La siguiente entrevista con el político y escritor Jorge Semprún, fallecido anteayer en París, fue realizada hace tres años, durante su estancia en Gijón, para participar en la «Semana negra». Se trata de un texto en su mayor parte inédito, del que apenas se entresacaron unos minutos para su emisión en un programa audiovisual, en el que Semprún reflexiona sobre la memoria y sobre su vocación literaria.

 

Gijón, Víctor GUILLOT

El III Ejército de Patton abrió las puertas de Buchenwald un domingo de abril. Ese día un joven estudiante español de 22 años volvía a ver la luz tras dos años recluido en el campo de reeducación alemán. Ese día nació un escritor que forjaría una leyenda como resistente en el frente francés, comunista clandestino, intelectual de la izquierda europea y ministro de Cultura en el Gobierno de Felipe González. Vivió a caballo entre la escritura y la muerte, de la que sólo lograba escabullirse cuando lograba evadirse de su máquina de escribir. Hombre lúcido, vitalista y resistente.

-Usted reconoce en su libro «La escritura o la vida» que tardó mucho tiempo en descubrir a Marcel Proust; en cambio, de la lectura de su obra dedicada a la memoria de Buchenwald, el lector extrae la conclusión de que Proust le ha servido para evocar lo que ha sido su propio pasado familiar y sus pasos en los campos de concentración.

-Cuando digo que he tardado mucho en leer a Proust no es ninguna broma. Desde la adolescencia, su indagación en la memoria no me interesó mucho, quizá porque me resultaba excesivamente familiar. Tenía la impresión de que al describir a aquella familia, también estaba contando historias de mi propia familia. De modo que había demasiada proximidad entre mis historias familiares y las suyas. Lo que me resultaba extraño entonces era que todo el mundo creía que yo me inspiraba directamente en Proust y quizás esto se deba al tipo de descripción que hace de la familia y, sobre todo, a ese tipo de frase proustiana tan extraña en la tradición literaria francesa y, en cambio, tan próxima a la tradición española.

-No creo que los franceses se tomaran a bien que alguien insinuara que Proust escribe como un español.

-No sé si alguien ha indagado en los orígenes de esa frase interminable de Proust, llena de incisos y subproposiciones, que es una forma de escribir prosa típicamente española. A mí, desde luego, no me parecía tan novedosa como sí les resultó a tantos jóvenes escritores franceses del momento. Por entonces, después de publicarse «El largo viaje», se estaba escribiendo una tesis húngara sobre mi literatura que hablaba de la influencia proustiana en Jorge Semprún. Yo no había leído a Proust todavía. Lo que está claro es que debe haber una simpatía o semejanza en mi forma de escribir y la forma de Proust. Sin embargo, desde que la influencia de Proust se hizo consciente en mí, después de leerlo y estudiarlo ya nadie me dice nada, salvo porque ambos trabajamos la literatura desde la memoria.

-¿Y cuál es el motor que le impulsa a escribir y a recordar sus dos años en Buchenwald?

-Por definición o por necesidad, en mi literatura, ya sea política o puramente novelesca, la memoria tiene un papel fundamental, porque es sinónimo de identidad. Para alguien que ha tenido tantas identidades y tan diferentes como yo, que ha estado dudando si era español o francés, si era escritor o político, la única forma de permanencia de su identidad, de estar seguro de lo que era, se expresaba a través de la memoria. Puedo ser español o francés, pero soy aquel que recuerda que en 1931 sucedió esto y en 1936 esto otro. En la memoria encuentro el clavo al que me aferro para alcanzar la identidad.

-¿Qué valoración hace de los intentos de recuperar su memoria histórica en España?

-Todos los países de Europa tienen un problema con su propia memoria, porque la historia de Europa en el siglo XX es una historia trágica y sangrienta y, por consiguiente, tienen la necesidad de olvidar. Francia tiene un problema de memoria histórica porque no ha asumido plenamente lo que fue el Gobierno parafascista de Vichy. En cambio, la memoria histórica del pueblo estadounidense no tiene esos problemas. Continuamente se hacen películas sobre la guerra de Vietnam y no tardarán en hacerse sobre la guerra de Irak. En EE UU no hay ese recelo. Sin embargo, en España hemos tenido durante mucho tiempo la necesidad vital de la desmemoria, si no de la amnesia. No podíamos estar recordando cada día lo que fue la Guerra Civil y la represión porque teníamos que construir algo en común entre todos, entre los hijos de unos y los hijos de otros. 

viernes, 3 de junio de 2011

«Los Izquierdos», ¿te suenan? - II parte

Se conocían de los bares, de los escenarios y de la noche, que crea sus propios vasos comunicantes. Karras y Txolo caminan por Gijón huérfanos de banda desde que se disolvió la Tuscany Valley Experience, pero esta situación sólo se prolongará hasta que entren en contacto con Manuel Tamargo Cuevas, el Tamar, un muchacho de 33 años que tocaba en grupos como Pantano y Black Horde, profesor de guitarra nacido en Oviedo e hijo de un profesor de matemáticas y una funcionaria. Su propuesta es componer canciones junto al bajo y la voz de una banda que comienza a germinar.. Después de tres o cuatro cervezas en un bar, surgen nombres para un grupo con ganas de grabar canciones que van del rock and roll hasta el punk. Matalica II, Rajoy División o Danza Invisible….son motivo de burla y cachondeo hasta que uno de ellos propone, casi como un bautismo, que se llamen Los Izquierdos.
15 años antes, una familia desjarretaba a tiros a medio pueblo en el sur de España. Mientras Karras lee un suceso en las noticias similar, se le ocurre que la banda puede llamarse así. “Nos gusta la parte truculenta de la vida. No porque haya muerto gente. La de los hermanos Izquierdo es una historia de violencia, de gente sin civilizar. “Cómo puede ser que a un tipo le parezca normal agarrar una escopeta descargarla en los vecinos del pueblo es algo que todavía no me explico y que, sin embargo, me sigue produciendo morbo. Quizá son historias que sorprenden por su crudeza”, explica Txolo.
El padre Karras, Txolo, Paulino y Tamar componen la banda original que llega con cuentagotas a los escenarios de Gijón y serias dudas de continuar el proyecto. Los primeros conciertos muestran una formación conjuntada a la que le queda mucho por ensayar canciones compuestas por Juan Miguel, Marcos y Manuel. A mitad de este nuevo camino, Paulino F. Berdales, el baterista original, se descuelga fruto del cansancio. Su lugar será ocupado por Manu Maroto, uno de los músicos más prestigioso de Asturias de 46 años con mucha carretera a sus espaldas en bandas como Kashmir, que había teloneado a Joaquín Sabina, Los Suaves e, incluso, los Escorpions. El hijo de este minero nacido en Villamazan, un pueblo de Turón transmite temple y altas dosis de ironía al grupo y una estabilidad que permitirá pocos meses después grabar un disco con el productor Paco Loco en el Puerto de Santa María, Cádiz. La experiencia en los estudios de grabación no pudo ser más positiva. El productor, según afirma Txolo, aporto unas dosis de genialidad que dan sentido a las canciones a través de arreglos y otra forma de ver el disco.
Asegura Boni Pérez, novelista y letrista de Los Locos, que “a pesar de lo que afirma la Geometría, Los Izquierdos saben que en toda figura hay un lado irregular, que los cuadrados o los hexágonos no son perfectos. Ahí, en ese lado rebelde, arisco y casi siempre poco iluminado, pasan ellos el tiempo y buscan los materiales que dan forma y color a sus canciones. No se trata de la búsqueda de un estilo concreto –objetivo que declaran no perseguir-, sino del acercamiento a una esencia siempre fugitiva que está en el núcleo del rocanrol y también de la vida”
“Que trabajen las máquinas” es el primer LP que llega a las tiendas y presenta a una banda fresca, divertida, que va del rock and roll al punk con una facilidad pasmosa. Se trata de un manojo de canciones que expresan la realidad de una banda heterogénea y heterodoxa, capaz de hacernos reir y de hacernos pensar, todo al mismo tiempo.

«Los Izquierdos», ¿te suenan?- I parte

Más de doscientas personas se pusieron a gritar cuando «Los Izquierdos», la nueva banda del Padre Karras y Txolo, comenzó a tocar sobre el pequeño escenario del Savoy Club. Ninguno de los dos había experimentado una recepción igual desde que se despidieran de los escenarios con la «Tuscany Valley Experience», aquel magnífico proyecto musical liderado por el guitarrista Rafa Kas. El grupo no se veía perfectamente conjuntado, pero al graderío no parecía importarle mucho. Los amigos y los fieles del Savoy querían escuchar a cuatro de los músicos más genuinos y carismáticos de Gijón, abrazados intensamente al sonido punk.

Al finalizar el concierto, el Txolo abandonó entre aplausos el escenario fingiendo ante el público que todo había salido bien. Se acercó a la barra y vio que Karras, empapado en sudor, alargaba la mano para aceptar una cerveza fría. No tardó mucho en vaciarla de un trago. Después, silencioso y dubitativo, se perdió entre el gentío. Hubo que esperar diez meses para volver a escucharlos, esta vez en El Barucu, en un concierto semiclandestino, dos días antes de que grabaran junto al productor Paco Loco su primer disco en El Puerto de Santa María, Cádiz. Cuatro meses después, mañana, viernes, presentan su primer elepé, «Que trabajen las máquinas», en la sala Albéniz. Apenas quedan entradas.

En alguna entrevista el Txolo asegura que «Los Izquierdos» nacieron en un bar producto de la promiscuidad musical del Tamar -guitarra líder de bandas como «Black Horde» y «Pantano»- y la tenacidad escénica del Padre Karras y él mismo -bajo y voz, respectivamente, y antiguos miembros de la mítica «Tuscany Valley Experience», y anteriormente de «The Trilobeates»-. En sus inicios, hace dos años aproximadamente, la formación se completaba con Paulino F. Berdiales, baterista de grupos como «The Gang», «Tuscany» o «Fe de Ratas». Su puesto sería posteriormente ocupado por Manu Maroto, un músico legendario de formaciones como «Kashmir» y «Banda Nocturna».

No era extraño que «Los Izquierdos» derivaran en una banda punk. Desde su adolescencia, tanto Marcos Manuel Cocaño Blanco, alias «Padre Karras», como Juan Miguel Álvarez, «Txolo», se habían sentido identificados con el costado impopular de la calle, la misma que gritaba sobre los escenarios de los años ochenta una rebeldía que provenía de la nada y no tenía conexión con ningún otro tipo de música. «Quizá fueron los años más felices, aquellos años de instituto. Éramos conscientes de que manejábamos un lenguaje propio, uno códigos que sólo nosotros comprendíamos. No es que viviéramos al margen de la realidad, simplemente comenzábamos a ser conscientes de una singularidad propia que a los demás les era ajena. Tocábamos sin plantearnos que aquel sonido podía gustar o no. Sin darnos cuenta, resultó que sabíamos tocar una guitarra. Aquello comenzaba a sonar», recuerda Txolo.

Marcos Cocaño Blanco, más conocido popularmente como el «Padre Karras», nació en Gijón en 1971. Hijo de un delineante de la Duro Felguera y de una ordenanza de geriátricos, su vida transcurrió en el barrio de El Llano. Alumno del Colegio Rey Pelayo primero y del Instituto Jovellanos después, consiguió graduarse en la Escuela de Peritos y hoy imparte clases de Diseño de Estructuras en la Universidad Laboral. La vida de Karras había transcurrido desde la infancia junto a su amigo Juan Miguel, al que todos han llamado desde entonces «Txolo Gioberti», en homenaje a su padre, Zoilo Álvarez Tejón, fallecido en el año 73, cuando Juan Miguel apenas tenía dos años.

A sus cuarenta, Txolo, hijo de una cigarrera, relata una adolescencia marcada por «la necesidad vital o el impulso de experimentar la realidad como un adulto». Su vida es mucho más espontánea que la de su hermano mayor, Alejandro, que ocupa el rol de hijo responsable, prudente y ordenado, según describe Txolo. Al finalizar el Bachillerato, los estudios de Veterinaria le trasladan a la Universidad de Lugo y durante cuatro años dedicará el tiempo a conocer el mundo.

Es probable que exista un hilo de oro que comunique la vocación musical del Padre Karras con la afición de su abuelo, saxofonista en la banda municipal de Sama y en la orquesta «Luna». En cualquier caso, a los 16 años comenzó a tocar el bajo influido por grupos como «Dead Kennedys», «The Clash», Elvis Costello, «Los Ilegales» o «Siniestro Total». En 1986 Txolo y Karras fundaron su primera banda: «Los W.C.». «Éramos colegas. Nos lo cocinábamos sin ayuda de nadie y nos lo pasábamos muy bien. Aprendimos a tocar sin lecciones de ningún tipo, cómo funcionaba un bajo, una guitarra o un ampli. Era un trabajo completamente autodidacta», asegura Karras.

En 1989, con la salida de Txolo de la banda, tras iniciar sus estudios de Veterinaria en Lugo, Karras inicia una nueva andadura en «Los Vendidos», una banda con pretensiones musicales más serias que versiona éxitos del rock and roll más puntero de la época y también interpreta sus propias canciones. César Moreno, Martín Campo Amor, «Johnny MePeino», y Jesús Rodríguez Lafuente, «El Patuqui», serán buenos maestros de los que Karras trata de aprender al máximo. Su etapa en «Los Vendidos» no pasará del año 92, cuando el nieto del saxofonista conoce a Gustavo Campos, «El Alacrán», «un genio capaz de conseguir cualquier cosa de una guitarra». Karras se une a su banda, «The Presence», de la que no se separará durante tres años. «Gustavo era un músico de verdad, que nos enseñó a aprender a través de la intuición».

El regreso de Txolo sin el título de veterinario marcó el comienzo de una nueva etapa. Unido durante un breve espacio de tiempo a los «Gin Lemon», no tarda en engancharse al Padre Karras, que toca en el grupo «The Trilobeates» canciones propias con un estilo enérgicamente pop. Simultáneamente, Karras es miembro de otra banda conocida como los «Be Noise», junto a un baterista procedente de la formación «Fe de Ratas» llamado Paulino, y un virtuoso de la guitarra eléctrica, melena y barba rojas al que todos conocen como Rafa Kas. Juntos versionan canciones hard rock de «Led Zeppelin», «Black Sabbath» o «AC/DC». Cuando «The Trilobeates» se disuelve Txolo se une a Paulino, Rafa Kas y el Padre Karras. «Be Noise» se convierte en la memorable «Tuscany Valley Experience», y su primer concierto tendrá lugar en la «Semana negra».

Rafa Kas es un tigre del rock, un guardián de la armonía. Respira la música, la domestica cada noche desde los escenarios. Es un obrero de la música y, sobre todo, un artista. «Nos enseñó lo que vale y lo que no sobre las tablas», recuerda Karras. «Estar con Rafa noches seguidas en el Savoy supuso dar un salto cualitativo muy importante, porque nos vimos tocando delante de 300 o 400 pollos que venían a nuestros conciertos por Rafa antes que por nosotros».

A finales de 2009 la «Tuscany Valley Experience» se extingue y sus cuatro miembros no volverán a coincidir juntos sobre un escenario salvo en momentos puntuales y con un sentido nostálgico. En los últimos meses de vida de la banda, el Padre Karras y Txolo comienzan a experimentar la necesidad de tomar otro rumbo. «La pena de Rafa ha sido su actitud hacia este negocio. Se le echa de menos una banda estable que le sirva para dar rienda suelta a sus proyectos. No sabemos por qué no acaba de hacerlo. Debería luchar por sus canciones, las que él ha compuesto a lo largo de los años», indica Karras. Estamos hablando de un guitarrista que tocó en el top de la música española en los años ochenta con bandas como «Los Ilegales», «La Unión» o «Toreros Muertos», al que parece que siempre le ha interesado más la música en directo que la grabación de un disco. A juicio de Txolo: «Karras, Paul y yo teníamos ganas de hacer algo nuestro, con canciones propias. En su momento, nos pareció inviable con el formato de "Tuscany", una banda pensada para el directo, para el Savoy o la "Semana Negra". Estábamos convencidos de que un repertorio propio no nacería con la misma facilidad».

Comienza un desafío

La óptica del mundo, desde esta ciudad, ha cambiado completamente; la realidad ha dado la vuelta en el último año y se resuelve políticamente con una salida ultra-conservadora. En una democracia moderna se puede engañar a la mayoría de la gente la mayor parte del tiempo, pero hay que pagar un precio. Tras la última reforma laboral, el PSOE ya sabe cuál es.

Según los últimos sondeos, una gran parte de los gijoneses tenía una opinión favorable de sus servicios públicos. En cambio, en cuanto se les propone privatizarlos con el fin de ahorrar dinero e incrementar su eficiencia, curiosamente, se callan.

Nueve concejales de FAC y cinco del PP en el Ayuntamiento de Gijón demuestran que ha triunfado una derecha que presenta a gestores antes que a políticos, que convierte la política en un vicio y la gestión neutra en una virtud natural. Hablamos de la misma ideología que consigue reducir la administración pública a un aparato personalista, alejada del papel decisivo que juega en la política cultural, social y económica de los pueblos.

La crisis económica ha jugado un papel determinante en la debacle del PSOE en toda Asturias y, especialmente, en Gijón, pero no es menos cierto que el PSOE debe hacer una reflexión profunda de todos sus planteamientos políticos, ideológicos y organizativos. En Gijón se hace necesario un congreso local que, en puridad, permita al partido rearmarse para jugar un papel decisivo en los próximos años, ya sea con un gobierno en minoría o, directamente, en la oposición.

Tengo la sensación de que el PSOE suprimió el debate genuino que ha vivido la izquierda durante los dos últimos años. Cómo gestionar una crisis desde la izquierda es difícil y la mayoría de los vecinos de Gijón ha castigado al partido porque no se siente partícipe de este debate. Se le dice qué pensar y cómo hacerlo. Se le hace sentir incompetente en cuanto entra en detalles cuando no se le hace creer que los problemas ya fueron resueltos hace tiempo o no tienen solución, invocando el sacrificio.

Definitivamente, se hace necesario un congreso extraordinario, donde la militancia se mire a los ojos y acepte el reto de responder si está preparado para asumir cuatro años de oposición, si tiene cuadros suficientes, si debe democratizar sus estructuras internas, si está dispuesto a abrirlas a la sociedad civil. Me pregunto qué marco moral puede proponer para explicar sus objetivos y justificar sus metas y encuentro que la respuesta está en un congreso. Siento que comienza un desafío y es en el corazón de la izquierda.

Democracia y suicidio

Es probable que, después de estas elecciones municipales, la izquierda española deba replantearse completamente los presupuestos ideológicos sobre los que se asienta. La marabunta de jóvenes parados asentados en la Puerta del Sol expone que las grandes masas de obreros y las élites progresistas se han quedado aisladas en este nuevo mundo del poder, donde los bancos son realmente quienes toman las decisiones: un aislamiento que aunque por una parte ha preservado cierta claridad y limpieza mental, también las ha vuelto conservadoras. Por tanto, comenzamos a observar un conformismo de izquierdas.

Entre los partidos de la izquierda y la joven sociedad española se ha abierto un abismo insuperable que se concreta en el manejo de lenguajes diferentes. Ni unos ni otros lograrán comprenderse, porque la representatividad de los primeros sobre los segundos, en estos momentos, está rota. El conformismo oficial, nacional, el del sistema, se ha vuelto más conformista a partir del momento en el que el poder financiero ha ido tomando las riendas de nuestras vidas. Es un poder infinitamente más eficaz que cualquier otro anterior. La nueva-vieja opción que plantea la juventud española que se declara de izquierdas es la abstención. Ningún partido los representa. Han determinado cuáles son sus problemas y reprochan a los partidos la ausencia de soluciones. Se expresan en régimen asambleario y no aceptan ninguna jerarquía. Nadie está delante ni detrás de sus decisiones. Sin embargo, contrasta este entusiasmo anarcoide con la realidad de su tiempo; de modo que al tiempo que reclaman una democracia más real, entre pancartas y proclamas, dibujan a su alrededor un inmenso vacío, el vacío de una generación perdida que no distingue, en su lucidez, ningún atisbo de horizonte.

La abstención es un suicidio político, en ningún caso una protesta. La abstención entendida como suicidio, y en el mejor de los casos, mutilación, no deja de ser un modo de ejercer la venganza sobre un régimen partitocrático que paulatinamente degenera en sistemas de corrupción legalizada. En estas elecciones, como proclamaba «El País» en uno de sus titulares, también se presenta la corrupción. De modo que los jóvenes apostados en la plaza Mayor, más que una reivindicación, han decidido suicidarse, ejercer la venganza más antigua, casi eterna, un gesto deprecativo del vencido que vierte su sangre sobre el vencedor. Ay.

martes, 10 de mayo de 2011

Gerónimo

Los cables secretos de Wikileaks desvelaron hace unos meses la principal obsesión de los asesores del presidente de la Casa Blanca: matar a Osama Bin Laden. Los mismos cables publicados por la organización de Julian Assange constataban la presencia del líder talibán en Pakistán y la desidia de los servicios secretos paquistaníes en la búsqueda y captura del hombre que encabezaba hasta hace unos días la organización terrorista más peligrosa del planeta. Curiosamente, los mismos cables también registraban la opinión del embajador americano en Nueva Delhi o la convicción de algunos asesores militares en Tayikistán. Todos ellos concluían que más que desidia, el ISI, el siniestro servicio de inteligencia paquistaní, permitía a Osama Bin Laden vivir en libertad.

El pasado lunes, la humanidad conocía la muerte del terrorista saudí. Diez años después de la caída de las Torres Gemelas, el mayor atentado terrorista de la historia, Bin Laden era ejecutado de un disparo en la mansión de Abbottabad, situada a sesenta kilómetros de Islamabad, convertida hoy en lugar de peregrinación. La llamada «operación Gerónimo», desarrollada por veinte soldados SEAL estadounidenses y helicópteros Black Hawk, concluyó con un tiroteo, según informó John Brennan, el consejero para la lucha antiterrorista del presidente de los EE UU, que pondría fin a la vida de Osama. Según Brennan, el cuerpo sería hundido en el mar conforme al rito funerario islámico.

La Casa Blanca anunciaba el miércoles que no publicaría las fotos que certifican el cadáver de Bin Laden porque no las considera necesarias para verificar su muerte y porque al Gobierno de Barack Obama no le gusta enseñar sus trofeos. Al instante surgieron las primeras preguntas: ¿cómo diablos murió?, ¿planteó resistencia? o por el contrario ¿fue una ejecución? La maquinaria de desinformación del Gobierno norteamericano comenzó a funcionar desde el primer minuto. Osama Bin Laden no tuvo oportunidad de defenderse con ninguna arma, pero planteó la suficiente resistencia como para justificar su muerte, explicaba el portavoz de la Casa Blanca, Jay Carney: «La resistencia no requiere de un arma de fuego». Por el contrario, su ambigüedad, el tono con el que siempre se extiende la desinformación, no ha sido esta vez la suficiente para ocultar lo que «The New York Times» confirmaba ayer: la «operación Gerónimo» no dio opción alguna al puñado de guardaespaldas de Bin Laden para plantear batalla frente a los veinte soldados de élite americanos.

El relato de lo que fue Gerónimo es ambiguo y muta al paso de las horas, pero encierra el deseo de muchos americanos que fue vertido, como decíamos antes, en los cables de Wikileaks: la venganza. En cualquier caso, la muerte de Bin Laden pone de manifiesto otros hechos de estremecedora relevancia. El ejercicio continuo de la tortura en cárceles secretas para acceder a confesiones o declaraciones de escaso valor en la lucha contra el terrorismo islámico continúa siendo una rutina en el primer Gobierno de Barack Obama, la opacidad informativa transmitida desde el despacho oval del presidente negro sigue siendo tan ominosa como la de su predecesor. La acción militar al margen de los procedimientos legales se rige bajo la premisa de los hechos consumados. Desgraciadamente, sobre esta pauta, resulta muy difícil aceptar la legitimidad de la muerte del enemigo número uno del mundo. Desde el lunes, ya no podemos saber qué habría pasado si Osama Bin Laden hubiera sido apresado y sometido a un juicio, como sucedió, al menos, con Saddan Hussein o con tantos monstruos nacidos al albur de la pesadilla nacional-socialista, en los tribunales de Nuremberg. En España sabemos muy bien que descabezar una organización terrorista no implica necesariamente su destrucción.

Finalmente, la muerte de Osama Bin Laden también ha servido para reconocer cuál ha sido la actitud del resto de países que participan en Afganistán en la lucha contra el terrorismo islámico y, en especial, la de España. El hombre que lidera la alianza de civilizaciones, José Luis Rodríguez Zapatero, expresaba su posición de forma contundente: «Es muy probable que el destino de Bin Laden sea un destino buscado por él mismo después de su sanguinaria trayectoria». Con este tipo de declaraciones, tiene razón Gaspar Llamazares, nuestro Presidente está irreconocible.